(Eleodoro Vargas Vicuña)
Aprendí a quererla por un real a la hija de la Lucen. Pablo Vásquez, mi único amigo, me enseñó. Cerrada la tarde, junto al río, en la chacra de don Alfonso Garrido.
Cuando estábamos orinando de impaciencia, en eso, llegó Sila.
Ya pues, de una vez - dijo.
- Aquí está - contestó Pablo, adelantándose.
- ¿Eso no más? - dijo Sila.
- Marcelo también te dará - agregó Pablo.
Yo le di rápidamente lo que tenía. Del pan de la tía Rosa, del amasijo; lo que tenía separado para comprar bolas.
Después nos quedamos lavándonos en el río. Más que lavarnos, yo a lo menos, me limpiaba una mancha que había cometido. Ella se fue sin voltear.
- ¡Perros! - la oí decir antes, pero no entendí nadita. Sería su modo de hablar. Su mirada con sonrisa.
Así las cosas durante el verano y el invierno, y durante otro verano. Nos acostumbramos de veras.
Ya no le daba plata, sino del pan que le robaba a mi tía. A veces le llevaba bollos de manteca. Comíamos juntos. Nadie más que yo la quería. (El Pablo andaba por las minas buscando trabajo). Cómo remojábamos los pies en el agua cuando venía a lavar. Nos habíamos acostumbrado, de tal modo, que nos hacíamos falta.
- Tú creerás que estoy viniendo - me decía habladora, como no queriendo; después se iba contenta.
Me gustaba Sila. Aunque a veces no me gustaba. Sino con los días. Parece que con el calor o con el aliento de los corrales, o con algo que me llegaba desde todas partes. Pero a todo esto, no sabía en qué pararían estos encuentros. No sabía.
Mi patrona conversaba con su primo:
- ¡Parece que ya está hombre! ¿Con quién será?
No me daba cuenta. (En la escuela decían los muchachos que solamente los papás eran hombres). Un día, entre una de sus bromas, le dijo mi patrón a su mujer:
- Para eso se tiene más disposición que para aprender a escribir.
- Como nosotros - dijo la vieja, con la cara que se le caía-. De tanto ir al puquio resultó el muchacho.
Me di cuenta por un momento, me olvidé después. Para asegurarme pregunté a Sila, qué quería decir ir al puquio y tener hijo.
- Como tú que vienes al río - me contestó.
- Pero ellos no iban al río - me acuerdo que le respondí muy seguro.
- En el puquio o en la punta del cerro. La cosa es cuando te subes - me dijo.
Me reí hasta hacerla caer de susto. Me había acordado descaradamente de un toro barroso que tenía esa costumbre. Cómo reiría comprendiendo. Luego con la calma del río me callé.
"Un hijo", pensé, como el que piensa en un torito.
Y los meses. Y las lluvias. Y por fin otro verano. De ese verano me acuerdo. Un día, antes de la tarde, en el recojo de chala, pasada la cosecha de maíz, Sila comenzó a hincharse. No, qué ha de ser. Ya estaría hinchada.
La miré largo rato, convenciéndome. Ella por no mirarme, seguía el vuelo de un gallinazo. Entonces, de una baja de ojos la observaba, como quien no ve. ¡Vergonzosa ella!
Desde allí muy de raro en raro nos encontrábamos. Ya ni llegaba. ¿Por qué sería? ¿Por qué me decían flojo?
Una vez volvió a lavar ropa a nuestro sitio.
- ¿Por eso no vienes? - le pregunté, señalándole la barriga con las cejas.
- ¿Por cuál eso? - dijo, negándome.
- ¡Nada! - dije asustado: pero no estaba asustado. Me sucedió como si me hubiese ido de ese lugar, y en otro sitio, más tarde o más temprano, río abajo la esperara a ella ya su hijo.
En adelante, solamente la veía pasar. (¿Por qué?) No quería verse conmigo. (¿Le dirían que no podía trabajar?). Y la aguaitaba de noche, cerca de su casa, detrás del camino del Shala Loma. De noche mirando estrellas o qué cosas.
Yo pensaba a veces "seré hombre"; tratando de saber cómo sería ser hombre. Mordía una hoja de arrayán amargo, se ocultaba la luna y ya estaba soñando con ella, en mi casa.
Los enterados, maliciosos, burlándose la señalaban:
- ¡Allá va Sila!
- jYaa! - decía yo, ocultando. Dudando si alguna vez habríamos conversado.
Ella parecía ir escondida, lejos de todos siendo el hazmemirar de los cuenteros. Era la mujer del tullido con hijo del tullido.
"Qué raro que estamos lejos, Sila", me decía a mí mismo como si fuera otro. Y era oscuro.
¡Cómo entender! Si cuando estábamos juntos no sabía cuál era mi cuerpo. ¿Cómo podía ella andar lejos de nosotros? ¿No decía siempre, tocándome la frente: "mi frente, mis ojos", mirándome con mis ojos?
Diciembre y los escolares se fueron. Estos muchachos de los caseríos, a sus rumbos legítimos de la tierra. Otros, los que pasaron de curso también, los aplicados.
Yo no pasé por faltón. Ni fui a ninguna parte. Me quedé solitario, remirando el río. Viéndolo irise muy seguro. Diciendo, pensando, repitiendo.
"Ellos pasan, avanzan. Yo me quedo". (Me sentía detenido en el mismo lugar, en la misma tarde de todos los tiempos, en mí mismo). Veía pasar las nubes, al ganado, a la gente muy fresca que recorría las calles. Y me decía: "Dondequiera vayan, no pasarán de allí. No irán más allá de donde están". Como si quisiera encadenar lo pasajero, lo andante, a mi espera confusa y atontada.
Es que la vida le llega a cada cual como es. Para mí sería quedarme junto al río, en la chacra de don Alfonso Garrido, preguntando; mientras la gente como si ganados los linderos del pueblo bailara más allá de Vilcabamba.
Y esto es lo que recuerdo, de una noche en que hablaron los viejos:
- La Sila está madura.
- No se sabe de quién es.
Yo quise hablar. Hablar no más ... Qué iba a decirles que era de mí. Tampoco podía llamarla para que les contara.
Otra noche, yo mismo fui mis patrones y yo:
"La Sila está preñada", me oí decir. "No se sabe quién será el padrillo", me dije burlándome de mi mismo.
"Cómo no se sabe" dije engrosando la voz. "Hasta los árboles lo saben".
- ¡ Calla muchacho! - gritaron desde adentro los viejos.
"Calla muchacho" les remedé remedándome. Como si una criatura estuviera junto a mí.
Una sonrisa dura mordí con los labios.
Digo que esperaba el hijo como se espera una cosecha. ¡Con una ilusión! Y preguntaba cuánto tiempo.
- El tiempo de las vacas - me decían.
Yo comparaba, contaba con los dedos, para estar más seguro. Y cuando menos esperaba, ya correteaba un ternero más en el pueblo. La Sila nada.
Preguntaba dudoso:
- ¿Como las vacas?
- ¡Claro. A los nueve meses!
"Cómo será", me repetía mirando los animales. "Desde el año que nos vivimos, ya han salido varios grupos de la escuela". La gente habla de lo que no sabía, como el maestro.
Una tarde, Sila vino a mí. No me pareció raro. A quién iba a buscar, sino a mí que era el hombre.
Llegó la mujer para contarme la muerte del muerto.
- ¡Se ha muerto! - le contesté -, ¿Cómo se ha muerto? - le dije sin comprender.
Me vino una nube negra a la cabeza. Comencé a caminar junto a ella y creo estas palabras escuché de mi boca:
"Ha muerto un hombre. Ha muerto un hombre sin haber nacido. (La lluvia interminable. Los árboles fríos).
No es él. No aparece. Entonces quién soy yo. Quién está llorosa. Fantasma que tenía en su seno a mi hijo, y hoy sólo palabras trae.
Se ha muerto, dice. Se ha muerto, habla. ¿Y dónde subirse, poder, para saber de qué se trata?
Esta mujer estaba conmigo años, haciéndolo, dándole nuestra sangre. Es decir, ¿¡para ahora Tata Mayo! construyendo un muerto?
Y no hay qué hacer. Que no hay consuelo en esta tierra. Que no se sabe nunca lo que nos sucede. Sólo que hay para sufrir; a veces sin comprender del todo".
Eso es lo que dije. Recordé el suelo que pisaba. Bueyes mugieron a la noche. Un rumor despertó desde lo hondo, cerca. Era el río que avanzaba con seguridad, avisando su viaje de Anciano imperturbable. Le tomé del brazo a la mujer tratando de consolarla. Me miró. Nos reconocimos como antes. Y una fuerza naciente, conocida por nosotros, me impulsó a decirle que escuchara.
- ¿Qué? - contestó sintiendo mi mano.
- El río - le dije.
- ¿Qué río? - dijo apretándose contra mí.
- El río, pues - repetí a su oído.
Como antes ella comenzó a sonreír. Como si mi rostro hubiera sido su rostro. Como antes.
10 junio 2011
18 febrero 2011
Duelo a cuarto cerrado
Ya era tarde cuando el muchacho recorrió la plaza de Balandú.
— ¡Se van a matar! —gritó con orgullo desesperado en la manera de anunciarlo.
Fue también tarde cuando el teniente salió al trote elegante hacia el local. Y tarde cuando golpeó a la puerta y la gente se apretujaba por presenciar lo que era imposible de ser presenciado.
Todos se hundieron en esa espera corta y respetuosa que intuye el ruido que debería producir la muerte: adentro el duelo era silencioso e implacable.
— ¿Quiénes?
—Ellos. Juraron darse cuchillo agarrados a un pañuelo.
En un principio fueron amigos extremos. Sólo ellos podían llegar a ser enemigos hasta la obsesión, unidos en la vida y en la muerte por ese rencor que les llenaba las horas.
Nadie respondió a los golpes del teniente, nadie respondió a los llamados del muchacho ni de la mujer vestida de negro que ponía en el grito su último vigor.
— ¡Abran la puerta!
En medio del silencio pareció abrirse paso un ruido sordo que salía del cuarto, dos respiraciones apretadas, zapatos que pisaban el suelo macizo.
— ¡Apagaron la luz!
—Se están matando en el oscuro.
El oficial hizo una seña al agente que llegó a su lado; cuando el agente regresó con un hacha y una barra, el oficial llamó de nuevo. Nadie adentro se acercó a la puerta. La mujer de negro miró al muchacho, miró al oficial, miró a la puerta. Después los ojos se sacudieron como si las miradas quisieran salir juntas.
— ¡Brutos! —dijo, y con sus manos abiertas se tapó lo que pudo de la cara. El muchacho se arrimó con la cabeza caída.
— ¡Véanla! —señaló alguien cuando el primer hachazo dio contra el borde de la chapa de gruesa llave. Unos rostros se empinaron sobre las cabezas para ver dos caminos de sangre que resbalaban debajo del portón y caían lentos al escalón del quicio. Ni una queja salía del cuarto, ni una protesta: sólo movimientos sordos, el jadeo de dos hombres en duelo a muerte.
Los de afuera empuñaron sus dedos violentamente como para no soltar el cuchillo que no empuñaban. Cuando la puerta crujió con más violencia al abrirse, empezó a crecer la sangre junto a una bota del teniente; la otra bota pisó el quicio, avanzó una mano en la oscuridad y soltó la luz.
De espaldas a lo que se volvió murmullo, el oficial ordenó al agente:
—Haga retirar a los demás.
Se fijó en el pañuelo lleno de sangre que todavía apretaban los puños de los cuerpos tendidos y que no soltaron con las cuchilladas. Sólo agregó, casi en silueta, la luz contra el poderío de su quijada:
—Estos dos ya se mataron.
Manuel Mejía Vallejo.
— ¡Se van a matar! —gritó con orgullo desesperado en la manera de anunciarlo.
Fue también tarde cuando el teniente salió al trote elegante hacia el local. Y tarde cuando golpeó a la puerta y la gente se apretujaba por presenciar lo que era imposible de ser presenciado.
Todos se hundieron en esa espera corta y respetuosa que intuye el ruido que debería producir la muerte: adentro el duelo era silencioso e implacable.
— ¿Quiénes?
—Ellos. Juraron darse cuchillo agarrados a un pañuelo.
En un principio fueron amigos extremos. Sólo ellos podían llegar a ser enemigos hasta la obsesión, unidos en la vida y en la muerte por ese rencor que les llenaba las horas.
Nadie respondió a los golpes del teniente, nadie respondió a los llamados del muchacho ni de la mujer vestida de negro que ponía en el grito su último vigor.
— ¡Abran la puerta!
En medio del silencio pareció abrirse paso un ruido sordo que salía del cuarto, dos respiraciones apretadas, zapatos que pisaban el suelo macizo.
— ¡Apagaron la luz!
—Se están matando en el oscuro.
El oficial hizo una seña al agente que llegó a su lado; cuando el agente regresó con un hacha y una barra, el oficial llamó de nuevo. Nadie adentro se acercó a la puerta. La mujer de negro miró al muchacho, miró al oficial, miró a la puerta. Después los ojos se sacudieron como si las miradas quisieran salir juntas.
— ¡Brutos! —dijo, y con sus manos abiertas se tapó lo que pudo de la cara. El muchacho se arrimó con la cabeza caída.
— ¡Véanla! —señaló alguien cuando el primer hachazo dio contra el borde de la chapa de gruesa llave. Unos rostros se empinaron sobre las cabezas para ver dos caminos de sangre que resbalaban debajo del portón y caían lentos al escalón del quicio. Ni una queja salía del cuarto, ni una protesta: sólo movimientos sordos, el jadeo de dos hombres en duelo a muerte.
Los de afuera empuñaron sus dedos violentamente como para no soltar el cuchillo que no empuñaban. Cuando la puerta crujió con más violencia al abrirse, empezó a crecer la sangre junto a una bota del teniente; la otra bota pisó el quicio, avanzó una mano en la oscuridad y soltó la luz.
De espaldas a lo que se volvió murmullo, el oficial ordenó al agente:
—Haga retirar a los demás.
Se fijó en el pañuelo lleno de sangre que todavía apretaban los puños de los cuerpos tendidos y que no soltaron con las cuchilladas. Sólo agregó, casi en silueta, la luz contra el poderío de su quijada:
—Estos dos ya se mataron.
Manuel Mejía Vallejo.
04 septiembre 2010
LA FORMA DE LA QUIETUD
Estoy así, porque me dejaste así. Y no puedo estar de otra manera. me habías dejado de tal forma que era imposible moverme. El aire me oprimía con todo su peso infinito. No me cansaba, pero me oprimía. Y después no sentía otro inconveniente. Ni estaba bien, ni estaba mal. Estaba de tal manera que podía resistir toda la vida.
La lluvia caía sobre mí. Y de mí brotaban esas plantitas que tanto me gustan. También me brotaba esa paciencia viva que tú me habías dejado al acomodarme. Luego el sol se disparaba sobre mí y me secaba hasta hacerme un desierto.
No sé qué era en verdad. Me sentía de todo tal, como también me sentía de nada tal, igual que esas cosas que aparecen en la vida, sin explicación y que alguien las encuentra y las manipula, y las olvida.
Las noches pasaban como un rumor de ríos. Se oía a la gente de todas las maneras. En los días que eran diferentes a los que te digo, otra luz que no conoces, venía a principiar esto que me he acostumbrado a llamar raíces de mi misma luz. Y a mí me gustaba. no crees ¿Verdad? Pero tenía gusto.
A veces creía que yo era el día y que la lluvia descendía a refrescarme como una piedad lo que el sol me resecaba.
Tenía la dicha de estar en tal quietud, y el tiempo se olvidaba un tiempo de mí. El tiempo que pasa por todo, menos por la quietud.
Esta vez he creido que tú, de alguna parte ruegas por mí, para que siempre esté así, y que después de tú, otro vendrá y me dejará de esta misma forma, lo que en otro espacio.
La lluvia caía sobre mí. Y de mí brotaban esas plantitas que tanto me gustan. También me brotaba esa paciencia viva que tú me habías dejado al acomodarme. Luego el sol se disparaba sobre mí y me secaba hasta hacerme un desierto.
No sé qué era en verdad. Me sentía de todo tal, como también me sentía de nada tal, igual que esas cosas que aparecen en la vida, sin explicación y que alguien las encuentra y las manipula, y las olvida.
Las noches pasaban como un rumor de ríos. Se oía a la gente de todas las maneras. En los días que eran diferentes a los que te digo, otra luz que no conoces, venía a principiar esto que me he acostumbrado a llamar raíces de mi misma luz. Y a mí me gustaba. no crees ¿Verdad? Pero tenía gusto.
A veces creía que yo era el día y que la lluvia descendía a refrescarme como una piedad lo que el sol me resecaba.
Tenía la dicha de estar en tal quietud, y el tiempo se olvidaba un tiempo de mí. El tiempo que pasa por todo, menos por la quietud.
Esta vez he creido que tú, de alguna parte ruegas por mí, para que siempre esté así, y que después de tú, otro vendrá y me dejará de esta misma forma, lo que en otro espacio.
Etiquetas:
del libro de poesía "DÍAS DE AUSENCIA",
Pag. 61. 62
03 agosto 2010
CARTAS DE JUAN RULFO A CLARA
Ahí tienes que había una vez un muchacho más loco, que toda la vida se la había pasado sueñe y sueñe. Y sus sueños eran, como todos los sueños, puras cosas imaginarias. Primero soñó en que se encontraba de pronto con la bolsa llena de dinero y que compraba todos los dulces de todos los sabores que había en todas las tiendas del mundo. Así era de rico. Después soñó en tener una bicicleta y unos patines y una buena bola de canicas. Más tarde, soñó en ser chofer o maquinista de un tren para recorrer lugares. Y se pasaba las tardes tirado de barriga en el suelo, soñando en las cosas interesantes que habría más allá de los cerros que tenía enfrente. En el pueblo de él había unos cerros muy altos. Y a veces soñaba ser un zopilote y volar, muy suavemente como vuelan los zopilotes hasta dejar atrás aquel pueblo donde no sucedía nunca nada interesante.
Una vez vinieron los Reyes Magos y le trajeron un libro lleno de monitos donde se contaban historias de piratas que recorrían las tierras y los mares más raros que tú o yo hayamos visto. Desde entonces no tuvo otro quehacer que estarse leyendo aquella clase de libros donde él encontraba un relato parecido al de los sueños.
Se volvió muy flojo. Porque a todos los que les gusta leer mucho, de tanto estar sentados, les da flojera hacer cualquier otra cosa. Y tú sabes que el estarse sentado y quieto le llena a uno la cabeza de pensamientos. Y esos pensamientos viven y toman formas extrañas y se enredan de tal modo que, al cabo del tiempo, a la gente que eso le ocurre se vuelve loca.
Aquí tienen un ejemplo: Yo.
26 de Mayo de 1947
Una vez vinieron los Reyes Magos y le trajeron un libro lleno de monitos donde se contaban historias de piratas que recorrían las tierras y los mares más raros que tú o yo hayamos visto. Desde entonces no tuvo otro quehacer que estarse leyendo aquella clase de libros donde él encontraba un relato parecido al de los sueños.
Se volvió muy flojo. Porque a todos los que les gusta leer mucho, de tanto estar sentados, les da flojera hacer cualquier otra cosa. Y tú sabes que el estarse sentado y quieto le llena a uno la cabeza de pensamientos. Y esos pensamientos viven y toman formas extrañas y se enredan de tal modo que, al cabo del tiempo, a la gente que eso le ocurre se vuelve loca.
Aquí tienen un ejemplo: Yo.
26 de Mayo de 1947
16 julio 2010
Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio
Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. Clara: corazón, rosa, amor...
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.
Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que saba y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara:
Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.
Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que saba y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara:
Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.
12 julio 2010
"PEDRO PÁRAMO"
El día que conocí a Rulfo
Por Héctor Tizón
conocí en México a Juan Rulfo casi al mismo tiempo que a Martínez Estrada, ambos tan distintos entre sí se convirtieron, a poco del trato inicial, en amigos muy queridos; entre ambos sólo se parecían en lo esencial, por lo demás, nada más distinto. El uno caudaloso y breve hasta el hueso del otro. Ambos con un alto sentido del papel de la literatura como instrumento esencial de conocimiento y comunicación entre los hombres, y con una versasión literaria que en el caso de Rulfo tendía a disimular, quizá por innata timidez. Su pasión fue la literatura, pero también la fotografía y sus viajes por su tierra como vendedor de neumáticos, creo. Recuerdo con emoción y aún con gratitud las largas charlas __él hablaba poco y yo también, el resto lo prodigaba con binomía y hospitalidad Miguel León Portilla, dueño de casa en el Instituto Indigenista de México__, cuando Rulfo trabajaba allí y yo concurría de vago nomás. Por aquel tiempo, Rulfo, con la publicación de sus cuentos de El llano en llamas era seguramente el escritor más respetado de México y ya había empezado a escribir Pedro Páramo cuando el presidente de la república, licenciado López Mateo, le otorgó una beca de mil pesos mexicanos con lo cual quedó despreocupado del bastimento diario y se quedó a escribir en su casa de Polanco o en Tepoztlán, adonde lo visitaba asiduamente Pedro Coronel, gran pintor y bebedor cuyo nombre fue usado por Rulfo para su principal personaje de la inmortal novela. Ya, también ahora, Pedro Coronel se ha convertido en prominente alma habitante de Comala, como el propio Juan, a quien habia dejado de ver durante años hasta que me enteré de su muerte súbita leyendo la noticia en el periódico mientras viajaba en un tren italiano. Nunca más lo vería. Ni podré olvidarlo.
Por Héctor Tizón
conocí en México a Juan Rulfo casi al mismo tiempo que a Martínez Estrada, ambos tan distintos entre sí se convirtieron, a poco del trato inicial, en amigos muy queridos; entre ambos sólo se parecían en lo esencial, por lo demás, nada más distinto. El uno caudaloso y breve hasta el hueso del otro. Ambos con un alto sentido del papel de la literatura como instrumento esencial de conocimiento y comunicación entre los hombres, y con una versasión literaria que en el caso de Rulfo tendía a disimular, quizá por innata timidez. Su pasión fue la literatura, pero también la fotografía y sus viajes por su tierra como vendedor de neumáticos, creo. Recuerdo con emoción y aún con gratitud las largas charlas __él hablaba poco y yo también, el resto lo prodigaba con binomía y hospitalidad Miguel León Portilla, dueño de casa en el Instituto Indigenista de México__, cuando Rulfo trabajaba allí y yo concurría de vago nomás. Por aquel tiempo, Rulfo, con la publicación de sus cuentos de El llano en llamas era seguramente el escritor más respetado de México y ya había empezado a escribir Pedro Páramo cuando el presidente de la república, licenciado López Mateo, le otorgó una beca de mil pesos mexicanos con lo cual quedó despreocupado del bastimento diario y se quedó a escribir en su casa de Polanco o en Tepoztlán, adonde lo visitaba asiduamente Pedro Coronel, gran pintor y bebedor cuyo nombre fue usado por Rulfo para su principal personaje de la inmortal novela. Ya, también ahora, Pedro Coronel se ha convertido en prominente alma habitante de Comala, como el propio Juan, a quien habia dejado de ver durante años hasta que me enteré de su muerte súbita leyendo la noticia en el periódico mientras viajaba en un tren italiano. Nunca más lo vería. Ni podré olvidarlo.
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