Cuento.
(Manuel Mejía Vallejo)
Los ojos oblicuos miraron hacia arriba, arrugaron el entrecejo, y en las pupilas comenzó la tormenta.
-¡Diablos, el invierno!
Zumbó el viento en las alas de los sombreros, en las ramazones, en los gruesos ponchos.
-¡El invierno!
Zumbó en las puertas golpeantes, en el campanario, en los aleros de paja.
-¡Diablos!
Goterones con viento aporrearon sus toscas habitaciones se fueron errando las nueves y sobre la tierra empezó a llover.
De día. De noche.
Por los ranchos pajizos chorreó el agua hacia los caños, en los caños se formaron arroyos, de los arroyos nacieron torrentes, los torrentes se volvieron ríos que arrasaban los sembrados. De día. De noche.
Fue entonces una voz de los indios, hacia un mismo punto sus miradas, contra igual silencio su desesperación. Se acabaron las oraciones, se acabó la paciencia, se acabaron las velas de cera al pie de las imágenes. Y revivieron escondidos ancestros.
En la cumbre pedían a los dioses de sus antepasados, a los protectores de la huerta y la montaña. Un poco de sol para sus maizales. Para sus cafetos. Para sus patatas. Un poco de sol para sus pájaros. Y los dioses no escucharon el temblor murmurante de los labios indígenas.
El agua seguía cayendo en chorros. De día. De noche. Se dañaron las espigas. Se dañaron las mazorcas tiernas. Se dañaron los tubérculos de papa y yuca. Se dañó la esperanza.
-Estamos solo- dijeron, y parecía que no hubieran hablado.
Sentían dolor físico al golpear el aguacero contra las plantas, al llanto de los niños, al aullido de los perros. En su complejo del olvido creían natural el olvido del cielo, del Dios cristiano, de sus antiguos dioses. Pero iban donde el cura para decirle:
-rece o mande rezar.
-se pudren las maticas.
En las cumbres, la jerga del brujo intercedía para que cayera el sol en la espalda de hombres y cerros. Rezaba a los duendes del aire y la montaña, a los señores del trueno y de las nubes. Pero el agua no menguaba y un día fueron hasta el brujo y le dijeron:
-Tus rezos no sirven.
-No te escuchan los dioses.
-Te mataremos.
Y con sus machetes lo descuartizaron. Dos ídolos se salpicaron con la sangre del brujo, pero la sangre se coaguló y las piedras siguieron impávidas ante el sacrificio, bajo los nubarrones sin espacio para el sol de las plantas.
De día. De noche.
Desde cada choza vigilaban el firmamento. Los perros tiritaban, fijos sus ojos en las gotas al caer en los baches. Despabilaban a la luz de un relámpago y volvían al parpadeo tardío. Agua y más agua desde arriba anegaba los pejugales. Un poco de sol para las hojas, para los grumos, para las pupilas indígenas hacia arriba, desoladas.
De la desesperación nació otra fe, y así los indios, inclinados para resistir el chubasco, acudieron al Cura de la aldea, que había predicado nuevos dioses, Uno, y sus santos, amos de cielo y tierra. A veces creían más en el perro de San Roque, en el caballo que en Santiago Apóstol.
-Llama y cruz, nube y piedra.
Pero iban a misa porque el latín sonaba a palabras de magia aptas para la comunicación con las deidades. Quemaban incienso salvaje igual que a sus ídolos. Sin embargo el sol no venía y protestaron ante el Cura:
-No reza bien tu rezador.
-Cambia de rezador, o lo matamos.
-Como al brujo mataremos a tu rezador.
Desconfiaban del sacristán porque compraba a menos precio las cosechas, porque amenazaba con las fauces del siete infiernos, porque menospreciaba sus costumbres.
El Cura recibía ofrendas y rezaba para que cayera sol a las plantas. Y el sol no caía y los indios volvieron a la casa parroquial
-No sirve tu rezador, tata.
-Cambia de rezador que no sirve.
-Humo y oscurana tiene en su corazón.
Lo asustó la calma de las frases. Desde el púlpito soltó su voz:
-Paciencia, Dios los está probando.
Se mostraba duro ese Dios con los humildes. Y era el Dios de los humildes y lo amaban porque sufría azotado por unos soldados extraños, atado a una columna, punzado en el corazón, crucificado contra unos maderos.
-Siendo Dios, ¿porqué se dejó matar?
-No sería bastante bravo.
-Era la bondad infinita.
-Lo amaban a su modo, con El se identificaban al repartir los panes y peces, al llorar su cuerpo sangre en los olivos. Pero ya en su trono se volvía inaccesible. No les gustaba contemplarlo en la gloria de la resurrección, en la comodidad de un cielo entre coros de arcángeles, era como si se apartara de ellos, como si se elevara a un punto tan distante, que el viento no podría llevarle la voz de las campanas, ni los invisible protectores alcanzarían a susurrarles las palabras mágicas del latín, querían al Cristo y seguían rogándole. Y el agua no dejaba de llover.
Veinte días. Veinte noches.
-Padre, las rogativas.
-Tenemos rabia con Dios.
-No nos gusta ya el Dios.
El Cura los echó de la Iglesia.
-¡indios bárbaros!
El sacristán reiteró: ¿no se lo dije, Padre? Son brutos, no entienden ni les importa la religión. Hoy no tocaré las campanas y el agua siguió cayendo. De día. De noche. Sobre los ranchos, sobre las yucas, sobre el café, sobre el maíz, sobre las papas, sobre los niños. Y volvieron a la iglesia y dijeron bajo la lluvia:
-Que toquen las campanas.
-Ya no nos gusta el Dios.
-El rezador no nos gusta.
Roncos sonaban los goterones al caer a sombreros de caña, a los ponchos. El sacerdote se restregaba las manos para calentárselas, para librarse del temor, para implorar paciencia.
-Aguanten buenos hombres, Dios los está probando.
-Ojalá le sepamos a mierda pa que no nos pruebe más.
El Cura volvió a echarlos del templo.
De regreso a sus ranchos pensaron que Dios estaba enojado porque veía enojado con el Cura, y odiaron con mayor odio y mayor silencio. Silencio que se oyó cuando todos hablaron por uno, como si no tuvieran bocas:
-Queremos rogativas. Queremos sol.
Aunque los sabía irreductibles, tenía fe en la obra, en la perseverancia. ¿No habían construido, acaso una iglesia? La iglesia creció. Nunca pudo crecer la aldea, es verdad, porque se resistían a grandes concentraciones, querían estar con sus animales, sobre su palada de tierra, en el rancho, entre sus árboles.
Irreductibles y extraños. Recordaban las originales confesiones en vísperas de primer viernes o en trances definitivos:
-“Me acuso que robé”.
-“no vuelvas a roba”.
-“volveré a robar si necesito”.
-“lo prohíbe la santa madre iglesia”.
-“¡…!
-“lo prohíbe Dios”
-“ dígale al Dios que maté con un rayo al Jacín Cua”
-“es pecado pedir tal cosa”.
-“es malo el Jacín Cua?”
-“no debemos desear la muerte al prójimo”.
-“el Jacín Cua no es prójimo, es dañero”.
-“Tenemos que perdonar a nuestros enemigos”.
-“dígale al Dios que liquide al Jacin Cua, o yo lo liquidaré”.
Sin embargo lo conmovían ciertos detalles de la superstición indígena, ese querer destruir a los dioses cuando no escuchaban, más que la súplica del hombre, la orden de servirlo. Aquellas imprecaciones de una rebeldía desolada:
-“eres mal nacido porque te rogamos por las plantas y las arrasaste; porque te pedimos ayuda y nos arruinaste; porque te tragaste las oraciones y no cumpliste el deber retornándolas en obras…”
Y la del más desgarrado corazón ante la indiferencia de los dioses.
-“nosotros los hombres somos vuestro espectáculo y vuestro teatro de quienes os reís y regocijáis. Nuestros caminos y obras no están en nuestras manos sino en las manos de quien nos mueve.
Le habéis hecho vuestra silla en la que os asentáis, y los habéis hecho como flauta vuestra”.
Por eso se preocupó cuando dijo el sacristán:
-Tengo miedo, saquemos a San Isidro en rogativas.
El padre escudriñó el cielo plomizo.
-No es tiempo, creo que no escucharía San Isidro.
El sacristán miraba con temor marrullero.
¿desconfiaría el sacerdote de la mediación del buen Isidro?. Sabía que los caminos del cielo son inescrutables y trata de adivinarlos sería pretensión hermana de la soberbia. Si se equivocaba en los designios celestiales ¿no sería grande el daño contra la fe de esas gentes?. De ahí que el sacristán lo viera atisbar con un seño fruncido los horizontes, y exclamar:
-todavía no asomará el sol, no es tiempo de Rogativas. Que aguarden estos indios, tócales bien las campanas.
El sacristán tocó solemnemente las campanas, y los indios se animaron al oír esa voz formidable que debía ser oída por los dioses de la tierra y de los hombres. Sol para sus matas. Para sus miradas tendidas contra las nueves.
-¡oigan las campanas hasta que revienten- renegaba el campanero-sacristán a cada jalón de los rejos- ¿quieren más, indios brutos? ¡por tantos diezmos que traen! ¡Por tantas gallinas!
Pero el agua seguía. Agua polvorosa corrió al principio por los caños. Agua con hojas secas. Agua con barro y hojas verdes. Agua con barro y frutillas. Pantano y agua sucia después. Días. Noches.
Cuando salía un rayo de sol, aparecían pequeños pájaros que se llevaban en el pico a los rastrojos. Y por los caños el agua arrastraba pichones sin plumas.
Con sus raíces descubiertas las matas se doblegaban sobre el terreno pegajoso. Las flores de los cafetos desaparecieron, desaparecieron los frutos recién nacidos. Los indios volvieron a la aldea, en silencio rabioso, y hablaron al sacristán:
-no sirvieron tus campanazos.
-dijimos que rezaras fuerte pa que oyera Cristico.
-te dio pereza y te dio sueño.
-venimos a matarte.
Los ojos del sacristán tomaron el brillo opaco de los machetes que desenvainaban. El llamado a dioses se volvió llamado a muerte, despertó en los indios una sombría urgencia de exterminar en réplica humana a lo infinito, en desesperado acto de rebeldía.
A medida que los indios se le acercaban, más se aferraban sus manos a los rejos que movían los badajos en la honda canción de agonizantes. Los ojos se abrieron del todo para desbordar el terror. Pero con el primer golpe quisieron reventar, hasta que se quedaron fijos cuando otros machetazos picaron su cuerpo. La sangre se diluyó en los charcos, a poco fue un barrizal sanguinolento en el agua que bajaba por los muros de la iglesia.
-¡beban sangre dioses crueles!- dijeron todos por uno al cielo cerrado.
-¡beban sangre!
El Cura vio desde el balcón de la casa parroquial y quiso huir pero le salió al paso la masa de indios, ensangrentados sus machetes en los puños inmóviles. Su frío era otro ingrediente del terror, pero ellos miraban sin remordimiento, empapados los harapos y los sobreros de paja.
-lo matamos porque no le oía el Dios.
-porque era mal rezador.
-te dijimos que cambiaras de rezador.
-que sacaras al Santo pa las Rogativas.
-claro, hijos, cuando quieran sacamos al buen Santo, El les traerá sol, les resucitará las matas, les…
-queremos al Santo pa cargarlo ya.
-vamos a cargar ya mismo al Santo.
El Padre fue seguido por los indios, se arrodillaron, prendieron sus últimas candelas al pie del crucifijo. Y empezaron a rezar como si no tuvieran boca:
-mándanos sol, Tatica Dios. El maíz se muere, se muere el plátano y el trigo y los repollos y el cafeto y moriremos también nosotros. Y si morimos, morirás tu, porque te alimentas con nuestros diezmos, nuestras candelas, con nuestros rezos. Mándanos sol o te mataremos de hambre porque no rezaremos, porque no daremos diezmos, porque no prenderemos candelas. Oye las campanas y abre el cielo pa que alumbre el sol en los hojas, en los ranchos, en el pantano. Se nos muere el maíz, se nos muere el café, Tata Dios…
El Cura tañía las campanas como nunca nadie tañó un par de campanas. Para despertar a Dios. Para despertar a San Isidro. Para invocar a los coros celestiales.
-Vamos a salir con el Santo en Rogativas.
-nos acompañarás en las Rogativas con el Santo.
Cuando dijeron, ya traían en andas la imagen de San Isidro Labrador, parecido a ellos en su angustia vieja.
El sacerdote los vio acercarse silenciosos, crueles, amargos. No alcanzarían a diferenciar un rostro: era una inmensa cosa gris.
Antes podía distinguir la cara y la voz de Pedro:
-aquí está la gallinita, gracias por los rezos.
Antes podía distinguir la voz y el rostro del Anselmo:
-pinta buena la cosecha, tendrá su misa el Santo y una turega de chócolos.
Antes podía distinguir la sonrisa de la Cata, el sueño del niño aferrado al pecho:
-bonito el mamantón, lo cristianamos con la luna llena.
Ahora únicamente veía algo sin forma, reptante, que hacía con el Santo un objeto animalizado frente a él, bajo el aguacero de la tarde.
-rece de modo que oiga Tata Dios- exigieron los indios por boca de todos, sin abrirla nadie.
El Cura salió con el aguacero encima
-“Señor, que nos des y nos conserves los frutos de la tierra. Te rogamos que nos oigas”.
-no va a oír El.
-alto, de modo que Oiga.
Y el Cura levantó la voz, golpeado por el chubasco su rostro al cierro cerrado:
-Danos Señor, Tus bondades y Tus bendiciones.
- no tiene magia el rezo- reclamaron los indios, sin boca para la exigencia. Entonces el Cura empezó a orar en latín, idioma de palabras mágicas para la indiada. Se alegraron por dentro al oír el habla que hablaba y entendía Dios, con el habla de las campanas, altas en la torre para que las captar más fácilmente.
-“glorifica mi alma el Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha puesto Sus ojos en la bajeza de Su esclava…
Difícil recordar todas las palabras mágicas en tales circunstancias. A veces no era latín sino un idioma que inventó su miedo. Dios oiría y le perdonaría, el miedo de los justos es amable al corazón de lo alto.
Pero fue sintiendo vergüenza, y una dignidad olvidada enjuagó su expresión, hizo rítmico el paso, armónicos los gestos, segura la voz que salía no de la presión indígena, sino de su corazón refrescado. Y el habla era él mismo en tranquila elección:
-No está solo el hombre, Señor. Oye el silencia de los que no quieren odiarte, escucha a Tus criaturas, barro del barro que formaste, imagen de Tu perdón. Dános un poco de sol, brilla Tu en él para que brille la esperanza de estos hombres oscuros, la esperanza de todos nosotros, los hombres…
Los indios veían caer el aguacero sobre el Santo, resbalar el agua por su rostro descolorido. Uno se quedó mirándolo, hasta que subió por sobre los hombros de los cargadores y sin detener nadie el paso se quitó el sombrero de caña, grande para la cabeza de la escultura, pequeño para su deseo de abrigo. Otro subió también, tomó el sombrero y vistió a la imagen con el poncho. Volvió a colgar el sombrero en la cabeza de madera antes de bajarse, amorfo en la romería silenciosa.
Las últimas casas de la aldea se perdían entre el espeso aguacero, de ahí en adelante se multifurcaba en andaderos las chozas.
-iremos por estos sembraos con el Santo.
En los barrizales se hundían los pies del Cura y de los romeros. También sus silencios sabían a oración.
-queremos seguir solos, Tata.
-llevaremos al Santo por los rincones pa que vea el invierno.
-lo llevaremos nosotros solos, Tata Cura.
-pa que el Santo vea el daño que nos hace.
La oración del sacerdote siguió anegando la fe desvalida de los indios, que ya se alejaban con las andas por un camino desigual hacia la ruina de sus siembras.
-dáles, Señor, la fe. Dáles, Señor, el sol para ellos, para sus matas, para Tu gloria.
Bajo el torrente iban despareciendo, hacia la bruma de angustia, el Santo y los indios. Bajo la lluvia las mejillas del Cura tenían agua tibia y honda.
Largo rato permaneció mirándolos, mirándose a sí mismo, con vergüenza, con esperanza. Y fue lento su paso de regreso a las campanas heladas.
Agua y más agua.
Cuarenta días. Cuarenta noches.
Estaban más bravos los indios y fueron a la imagen que seguía entre sus siembras, y le quitaron el sombrero de ala escurrida.
-pa que te mojes la cabeza porque no oíste el ruego del hombre
Al amanecer del día siguiente fue otro y lo despojó del poncho.
-pa que sepas lo que son las malas lluvias, Santo fregao.
Y el Santo se mojaba con las tupidas gotas del aguadero. De día. De noche. Agua y más agua.
Quedaba nada de sementeras. Se comieron las semillas, aullaban sus perros bajo los aleros, se encogían de frío y agua los animales domésticos. Al acabarse las palabras para el rezo, volvieron los indios al sitio donde enclavaron las andas de la imagen y con rejos y ramas lo vapulearon.
-Santo fregao, no estás oyendo al hombre.
Con la lluvia, San Isidro resistía el aguacero de azotes. Entonces volvieron con hachas y machetes y dijeron:
-te rajaremos en astillas.
-no nos quieres.
-no te queremos, Santo malo.
-Santo fregao, no te queremos
-te rajaremos en astillas.
Y a machetazos acabaron con la imagen, acabaron con ella los hachazos. Hundieron sus restos en un pantano entre las siembras.
Un día más.
Una noche más.
A la mañana siguiente en los ojos oblicuos empezó a despuntar el sol, y hubo nubes que se fueron con mejor viento, y se despejó el cielo para nueva fe, y se derramó alegre el día en los ojos y en los charcos. Y salieron los animales, y cantaron los pájaros, y la indiada fue al barrizal donde sepultó las astillas del santo.
-hay que ser duros con estos dioses-
-pa que aprendan a servir y respetar al hombre
Y empezaron a sacarlo y a lavar los restos con arrepentimiento sonreído. Los dioses estaban a su servicio, por eso les llamaban, por eso vivían vida sin tiempo
Entonces llevaron al pueblo los despojos del Santo, y el Cura de nuevo pudo reconocer los rostros de Pedro, de Juana, del Anselmo, de la Cata y de su hijo mamantón. Tuvo deseos de llorar cuando entraron en la iglesia a decirle:
-aquí está el Santico.
-haremos otro
-de buena madera lo haremos.
Este ya no nos oía, no hacía buenos milagros.
-no oyó las campanas, no oyó los rezadores.
El Cura escuchaba, abstraídos los ojos en un rayo de sol que untaba el altar
-destruyeron al Santo…-dijo con dolor sereno.
-sí, quedó malito-contestaron los indios-
A todos nos jodió el invierno.
07 febrero 2012
19 enero 2012
EL FORASTERO
(Manuel Mejía Vallejo)
Había venido de lejos, todos lo sabíamos por su mirada.
—Fíjate, el que llegó.
Traía con él su mirada, como envuelto en ella, como si ella no le dejara ver. Pero observaba las calles empedradas del pueblo, sus balcones con macetas y muchachas, los zaguanes amplios, la sombra que el sol arrojaba contra las aceras: al recorrerlas parecía caminar dentro de sí
mismo para rescatar su vida de antes, su vida ligada al pueblo estancado en un tiempo de soledad, eso parecía.
No hablaba. Pero cuando le preguntamos:
- ¿ D ó n d e estuviste? ,
propició sus ojos, tendió la mirada como una pantalla grande, y todos vimos historias vividas en mares y tierras no conocidos antes por ojos distintos a los suyos.
Únicamente de lejos seguimos su paso. Nada quedó sin que lo repasara cuidadosamente. Sólo al perderse de nuevo con andar difícil llegamos a saber que detrás no quedaban balcones ni macetas ni calles ni historia, y que todo comenzaba a parecerse a un gran olvido. Porque el hombre, al
salir, se llevaba el pueblo en su mirada.
Había venido de lejos, todos lo sabíamos por su mirada.
—Fíjate, el que llegó.
Traía con él su mirada, como envuelto en ella, como si ella no le dejara ver. Pero observaba las calles empedradas del pueblo, sus balcones con macetas y muchachas, los zaguanes amplios, la sombra que el sol arrojaba contra las aceras: al recorrerlas parecía caminar dentro de sí
mismo para rescatar su vida de antes, su vida ligada al pueblo estancado en un tiempo de soledad, eso parecía.
No hablaba. Pero cuando le preguntamos:
- ¿ D ó n d e estuviste? ,
propició sus ojos, tendió la mirada como una pantalla grande, y todos vimos historias vividas en mares y tierras no conocidos antes por ojos distintos a los suyos.
Únicamente de lejos seguimos su paso. Nada quedó sin que lo repasara cuidadosamente. Sólo al perderse de nuevo con andar difícil llegamos a saber que detrás no quedaban balcones ni macetas ni calles ni historia, y que todo comenzaba a parecerse a un gran olvido. Porque el hombre, al
salir, se llevaba el pueblo en su mirada.
15 enero 2012
"La lluvia"
Cuento
Arturo Uslar Pietri
La luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como la lluvia. En la sombra acuchillada de láminas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se oía la respiración corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre del rincón.
La patinadura del aire sobre las hojas secas del maíz y de los árboles sonaba cada vez más a lluvia, poniendo un eco húmedo en el ambiente terroso y sólido.
Se oía en lo hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre girando ansiosamente.
La mujer sudorosa e insomne prestó oído, entreabrió los ojos, trató de adivinar por las rayas luminosas, atisbó un momento, miró el chinchorro, quieto y pesado, y llamó con voz agria:
—¡Jesuso!
Calmó la voz esperando respuesta y entretanto comentó alzadamente.
—Duerme como un palo. Para nada sirve. Si vive como si estuviera muerto...
El dormido salió a la vida con la llamada, desperezóse y preguntó con voz cansina:
—¿Qué pasa Usebia? ¿Qué escándalo es ese? ¡Ni de noche puedes dejar en paz a la gente!
—Cállate, Jesuso y oye.
—¿Qué?
—Está lloviendo, lloviendo, ¡Jesuso! y no lo oyes. ¡Hasta sordo te has puesto!
Con esfuerzo, malhumorado, el viejo se incorporó, corrió a la puerta, la abrió violentamente y recibió en la cara y en el cuerpo medio desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que subía por la ladera del conuco agitando las sombras. Lucían todas las estrellas.
Alargó hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una gota.
Dejó caer la mano, aflojó los músculos y recostóse en el marco de la puerta.
—¿Ves vieja loca, tu aguacero? Ganas de trabajar la paciencia. La mujer quedóse con los ojos fijos mirando la gran claridad que entraba por la puerta. Una rápida gota de sudor le cosquilleó en la mejilla. El vaho cálido inundaba el recinto.
Jesús tornó a cerrar, caminó suavemente hasta el chinchorro, estiróse y se volvió a oír el crujido de la madera en la mecida. Una mano colgaba hasta el suelo resbalando sobre la tierra del piso.
La tierra estaba seca como una piel, áspera, seca hasta en el extremo de las raíces, ya como huesos; se sentía flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba los hombres.
Las nubes oscuras como sombras de árbol se habían ido, se habían perdido tras de los últimos cerros más altos, se habían ido como el sueño, como el reposo. El día era ardiente. La noche era ardiente, encendida de luces fijas y metálicas.
En los cerros y los valles pelados, llenos de grietas como bocas, los hombres se consumían torpes, obsesionados por el fantasma pulido del agua, mirando señales, escudriñando anuncios...
Sobre los valles y los cerros, en cada rancho, pasaban y repasaban las mismas palabras.
—Cantó el carrao. Va a llover...
—¡No lloverá! Se la daban como santo y seña de la angustia.
—Ventó del abra. Va a llover...
—¡No lloverá!
Se lo repetían como para fortalecerse en la espera infinita.
—Se callaron las chicharras. Va a llover...
—¡No lloverá!
La luz y el sol eran de cal cegadora y asfixiante.
—Si no llueve, Jesuso, ¿qué va a pasar?
Miró la sombra que se agitaba fatigosa sobre el catre, comprendió su intención de multiplicar el sufrimiento con las palabras, quiso hablar, pero la somnolencia le tenía tomado el cuerpo, cerró los ojos y se sintió entrando al sueño.
Con la primera luz de la mañana Jesuso salió al conuco y comenzó a recorrerlo a paso lento. Bajo sus pies descalzos crujían las hojas vidriosas. Miraba a ambos lados las largas hileras del maizal amarillas y tostadas, los escasos árboles desnudos y en lo alto de la colina, verde profundo, un cactus vertical. A ratos deteníase, tomaba en la mano una vaina de frejol reseca y triturábala con lentitud haciendo saltar por entre los dedos los granos rugosos y malogrados.
A medida que subía el sol, la sensación y el color de aridez eran mayores. No se veía nube en el cielo de un azul llama. Jesuso, como todos los días iba, sin objeto, porque la siembra estaba ya perdida, recorriendo las veredas del conuco, en parte por inconsciente costumbre, en parte por descansar de la hostil murmuración de Usebia.
Todo lo que se dominaba del paisaje, desde la colina, era una sola variedad de amarillo sediento sobre valles estrechos y cerros calvos, en cuyo flanco una mancha de polvo calcáreo señalaba el camino.
No se observaba ningún movimiento de vida, el viento quieto, la luz fulgurante. Apenas la sombra si se iba empequeñeciendo. Parecía aguardarse un incendio.
Jesuso marchaba despacio, deteniéndose a ratos como un animal amaestrado, la vista sobre el suelo, y a ratos conversando consigo mismo.
—¡Bendito y alabado! ¿Qué va a ser de la pobre gente con esta sequía? Este año ni una gota de agua y el pasado fue un inviernazo que se pasó de aguado, llovió más de la cuenta, creció el río, acabó con las vegas, se llevó el puente... Está visto que no hay manera... Si llueve, porque llueve... Si no llueve, porque no llueve...
Pasaba del monólogo a un silencio desierto y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sintió algo inusitado, en el fondo de la vereda y alzó los ojos.
Era el cuerpo de un niño. Delgado, menudo, de espaldas, en cuclillas fijo y abstraído mirando hacia el suelo.
Jesuso avanzó sin ruido, y sin que el muchacho lo advirtiera, vino a colocársele por detrás, dominando con su estatura lo que hacía. Corría por tierra culebreando un delgado hilo de orina, achatado y turbio de polvo en el extremo, que arrastraba algunas pajas mínimas. En ese instante, de entre sus dedos mugrientos, el niño dejaba caer una hormiga.
—Y se rompió la represa... y ha venido la corriente... bruum... bruuuum... bruuuuuum... y la gente corriendo... y se llevó la hacienda de tío sapo... y después el hato de tía tara... y todos los palos grandes... zaaas... bruuuuum... y ahora tía hormiga metida en esa aguazón...
Sintió la mirada, volvióse bruscamente, miró con susto la cara rugosa del viejo y se alzó entre colérico y vergonzoso.
Era fino, elástico, las extremidades largas y perfectas, el pecho angosto, por entre el dril pardo la piel dorada y sucia, la cabeza inteligente, móviles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina. Lo cubría un viejo sombrero de fieltro, ya humano de uso, plegado sobre las orejas como bicornio, que contribuía a darle expresión de roedor, de pequeño animal inquieto y ágil.
Jesuso terminó de examinarlo en silencio y sonrió.
—¿De dónde sales muchacho?
—De por ahí...
—¿De donde?
—De por ahí.
Y extendió con vaguedad la mano sobre los campos que se alcanzaban.
—¿Y qué vienes haciendo?
—Caminando.
La impresión de la respuesta dábale cierto tono autoritario y alto, que extrañó al hombre.
—¿Cómo te llamas?
—Como me puso el cura.
Jesús arrugó el gesto, degradado por la actitud terca y huraña.
El niño pareció advertirlo y compensó las palabras con una expresión confiada y familiar.
—No seas malcriado —comentó el viejo, pero desarmado por la gracia bajó a un tono más íntimo—. ¿Por qué no contestas?
—¿Para qué pregunta? —replicó con candor extraordinario.
—Tú escondes algo. O te has ido de casa de tu taita.
—No, señor.
Preguntaba casi sin curiosidad, monótonamente, como jugando un juego.
—O has echado alguna lavativa.
—No, señor.
—O te han botado por maluco.
—No, señor.
Jesuso se rascó la cabeza y agregó con sorna:
—O te empezaron a comer las patas y te fuistes, ¿ah, vagabundito?
El muchacho no respondió, se puso a mecerse sobre los pies, los brazos a la espalda, chasqueando la lengua contra el paladar.
—¿Y para dónde vas ahora? —Para ninguna parte.
—¿Y qué estás haciendo?
—Lo que usted ve.
—¡Buena cochinada!
El viejo Jesuso no halló más que decir; quedaron callados frente a frente, sin que ninguno de los dos se atreviese a mirarse a los ojos. Al rato, molesto por aquel silencio y aquella quietud que no hallaba cómo romper, empezó a caminar lentamente como un animal enorme y torpe, casi como si quisiera imitar el paso de un animal fantástico, advirtió que lo estaba haciendo, y lo ruborizó pensar que pudiera hacerlo para divertir al niño.
—¿Vienes? —preguntó simplemente—. Calladamente el muchacho se vino siguiéndolo.
En llegando a la puerta del rancho halló a Usebia atareada encendiendo el fuego. Soplaba con fuerza sobre un montoncito de maderas de cajón de papeles amarillos.
—Usebia, mira —llamó con timidez—. Mira lo que ha llegado.
—Ujú —gruñó sin tornarse, y continuó soplando.
El viejo tomó al niño y lo colocó ante sí, como presentándolo, las dos manos oscuras y gruesas sobre los hombros finos.
—¡Mira, pues!
Giró agria y brusca y quedó frente al grupo, viendo con esfuerzo por los ojos llorosos de humo.
—¿Ah?
Una vaga dulzura le suavizó lentamente la expresión.
—Ajá. ¿Quién es?
Ya respondía con sonrisa a la sonrisa del niño.
—¿Quién eres?
—Pierdes tu tiempo en preguntarle, porque este sinverguenza no contesta.
Quedó un rato viéndolo, respirando su aire, sonriéndole, pareciendo comprender algo que escapaba a Jesuso. Luego muy despacio se fue a un rincón, hurgó en el fondo de una bolsa de tela roja y sacó una galleta amarilla, pulida como metal de dura y vieja. La dio al niño y mientras este mascaba con dificultad la tiesa pasta, continuó contemplándolos, a él y al viejo alternativamente, con aire de asombro, casi de angustia.
Parecía buscar dificultosamente un fino y perdido hilo de recuerdo.
—¿Te acuerdas, Jesuso, de Cacique? El pobre.
La imagen del viejo perro fiel desfiló por sus memorias. Una compungida emoción los acercaba.
—Ca-ci-que... —dijo el viejo como aprendiendo a deletrear.
El niño volvió la cabeza y lo miró con su mirada entera y pura. Miró a su mujer y sonrieron ambos tímidos y sorprendidos.
A medida que el día se hacía grande y profundo, la luz situaba la imagen del muchacho dentro del cuadro familiar y pequeño del rancho. El color de la piel enriquecía el tono moreno de la tierra pisada, y en los ojos la sombra fresca estaba viva y ardiente.
Poco a poco las cosas iban dejando sitio y organizándose para su presencia. Ya la mano corría fácil sobre la lustrosa madera de la mesa, al pie hallaba el desnivel del umbral, el cuerpo se amoldaba exacto al butaque de cuero y los movimientos cabían con gracia en el espacio que los esperaba.
Jesuso, entre alegre y nervioso, había salido de nuevo al campo y Usebia se atareaba, procurando evadirse de la soledad frente al ser nuevo. Removía la olla sobre el fuego, iba y venía buscando ingredientes para la comida, y a ratos, mientras le volvía la espalda, miraba de reojo al niño.
Desde donde lo vislumbraba quieto, con las manos entre las piernas, la cabeza doblada mirando los pies golpear el suelo, comenzó a llegarle un silbido menudo y libre que no recordaba música.
Al rato preguntó casi sin dirigirse a él:
—¿Quién es el grillo que chilla?
Creyó haber hablado muy suave, porque no recibió respuesta sino el silbido, ahora más alegre y parecido a la brusca exaltación del canto de los pájaros.
—¡Cacique! —insinuó casi con verguenza—. ¡Cacique!
Mucho gozo le produjo al, oír el ¡ah! del niño.
—¿Cómo te está gustando el nombre?
Una pausa y añadió:
—Yo me llamo Usebia.
Oyó como un eco apagado:
—Velita de sebo...
Sonrió entre sorprendida y disgustada.
—¿Cómo que te gusta poner nombres? —Usted fue quien me lo puso a mí.
—Verdad es.
Iba a preguntarle si estaba contento, pero la dura costra que la vida solitaria había acumulado sobre sus sentimientos le hacía difícil, casi dolorosa, la expresión.
Tornó a callar y a moverse mecánicamente en una imaginaria tarea, eludiendo los impulsos que la hacían comunicativa y abierta. El niño recomenzó el silbido.
La luz crecía, haciendo más pesado el silencio. Hubiera querido comenzar a hablar disparatadamente de todo cuanto le pasaba por la cabeza, o huir de la soledad para hallarse de nuevo consigo misma.
Soportó callada aquel vértigo interior hasta el límite de la tortura, y cuando se sorprendió hablando ya no se sentía ella, sino algo que fluía como la sangre de una vena rota.
—Tú vas a ver como todo cambiará ahora, Cacique. Ya yo no podía aguantar más a Jesuso...
La visión del viejo oscuro, callado, seco, pasó entre las palabras. Le pareció que el muchacho había dicho "lechuzo", y sonrió con torpeza, no sabiendo si era resonancia de sus propias palabras.
—...no sé como lo he aguantado toda la vida. Siempre ha sido malo y mentiroso. Sin ocuparse de mí...
El sabor de la vida amarga y dura se concentraba en el recuerdo de su hombre, cargándolo con las culpas que no podía aceptar.
—...ni el trabajo del campo lo sabe con tantos años. Otros hubieran salido de abajo y nosotros para atrás y para atrás. Y ahora este año, Cacique...
Se interrumpió suspirando y continuó con firmeza y la voz alzada, como si quisiera que la oyese alguien más lejos:
—...no ha venido el agua. El verano se ha quedado viejo quemándolo todo. ¡No ha caído ni una gota!
La voz cálida en el aire tórrido trajo un asia de frescura imperiosa, una angustia de sed. El resplandor de la colina tostada, de las hojas secas, de la tierra agrietada, se hizo presente como otro cuerpo y alejó las demás preocupaciones.
Guardó silencio algún tiempo y luego concluyó con voz dolorosa:
—Cacique, coge esa lata y baja a la quebrada a buscar agua.
Miraba a Usebia atarearse en los preparativos del almuerzo y sentía un contento íntimo como si se preparara una ceremonia extraordinaria, como si acaso acabara de descubrir el carácter religioso del alimento.
Todas las cosas usuales se habían endomingado, se veían más hermosas, parecían vivir por primera vez.
—¿Está buena la comida, Usebia? La respuesta fue tan extraordinaria como la pregunta.
—Está buena, viejo.
El niño estaba afuera, pero su presencia llegaba hasta ellos de un modo imperceptible y eficaz.
La imagen del pequeño rostro agudo y huroneante, les provocaba asociaciones de ideas nuevas. Pensaban con ternura en objetos que antes nunca habían tenido importancia. Alpargatitas menudas, pequeños caballos de madera, carritos hechos con ruedas de limón, metras de vidrio irizado.
El gozo mutuo y callado los unía y hermoseaba. También ambos parecían acabar de conocerse, y tener sueños para la vida venidera. Estaban hermosos hasta sus nombres y se complacían en decirlos solamente.
—Jesuso...
—Usebia...
Ya el tiempo no era un desesperado aguardar, sino una cosa ligera, como fuente que brotaba.
Cuando estuvo lista la mesa, el viejo se levantó, atravesó la puerta y fue a llamar al niño que jugaba afuera, echado por tierra, con una cerbatana.
—¡Cacique, vente a comer!
El niño no lo oía, abstraído en la contemplación del insecto verde y fino como el nervio de una hoja. Con los ojos pegados a la tierra, la veía crecida como si fuese de su mismo tamaño, como un gran animal terrible y monstruoso. La cerbatana se movía apenas, girando sobre sus patas, entre la voz del muchacho, que canturreaba interminablemente:
—"Cerbatana, cerbatanita, ¿de qué tamaño es tu conuquito?"
El insecto abría acompasadamente las dos patas delanteras, como mensurando vagamente. La cantinela continuaba acompañando el movimiento de la cerbatana, y el niño iba viendo cada vez más diferente e inesperado el aspecto de la bestezuela, hasta hacerla irreconocible en su imaginación.
—Cacique, vente a comer.
Volvió la cara y se alzó con fatiga, como si regresase de un largo viaje.
Penetró tras el viejo en el rancho lleno de humo. Usebia servía el almuerzo en platos de peltre desportillados. En el centro de la mesa se destacaba blanco el pan de maíz, frío y rugoso.
Contra su costumbre, que era estarse lo más del día vagando por las siembras y laderas, Jesuso regresó al rancho poco después del almuerzo.
Cuando volvía a las horas habituales, le era fácil repetir gestos consuetudinarios, decir las frases acostumbradas y hallar el sitio exacto en que su presencia aparecía como un fruto natural de la hora, pero aquel regreso inusitado representaba una tan formidable alteración del curso de su vida, que entró como avergonzado y comprendió que Usebia debía estar llena de sorpresa.
Sin mirarla de frente, se fue al chinchorro y echóse a lo largo. Oyó sin extrañeza como lo interpelaba.
—¡Ajá! ¿cómo que arreció la flojera?
Buscó una excusa.
—¿Y qué voy a hacer en ese cerro achicharrado?
Al rato volvió la voz de Usebia, ya dócil y con más simpatía.
—¡Tanta falta que hace el agua! Si acabara de venir un aguacero, largo y bueno. ¡Santo Dios!
—La calor es mucha y el cielo purito. No se mira venir agua de ningún lado.
—Peo si lloviera se podría hacer otra siembra.
—Sí, se podría.
—;Y daría más plata, porque se ha secado mucho conuco.
—Sí, daría.
—Con un solo aguacero se pondría verdecita toda esa falda.
—Y con la plata podríamos comprarnos un burro, que nos hace mucha falta. Y unos camisones para tí, Usebia.
La corriente de ternura brotó inesperadamente y con su milagro hizo sonreír a los viejos.
—Y para tí, Jesuso, una buena cobija que no se pase.
Y casi en coro los dos:
—¿Y para Cacique?
—Lo llevaremos al pueblo para que coja lo que le guste.
La luz que entraba por la puerta del rancho se iba haciendo tenue, difusa, oscura, como si la hora avanzase y sin embargo no parecía haber pasado tanto tiempo desde el almuerzo. Llegaba brisa teñida de humedad que hacía más grato el encierro de la habitación.
Todo el medio día lo habían pasado casi en silencio, diciendo sólo, muy de tiempo en tiempo, algunas palabras vagas y banales por lo que secretamente y de modo basto asomaba un estado de alma nuevo, una especie de calma, de paz, de cansancio feliz.
—Ahorita está oscuro —dijo Usebia, mirando el color ceniciento que llegaba a la puerta.
—Ahorita —asintió distraídamente el viejo.
E inesperadamente agregó:
—¿Y qué se ha hecho Cacique en toda la tarde?... Se habrá quedado por el conuco jugando con los animales que encuentra. Con cuanto bichito mira, se para y se pone a conversar como si fuera gente.
Y más luego añadió, después de haber dejado desfilar lentamente por su cabeza todas las imágenes que suscitaban sus palabras dichas: —...y lo voy a buscar, pues.
Alzóse del chinchorro con pereza y llegó a la puerta. Todo el amarillo de la colina seca se había tornado en violeta bajo la luz de gruesos nubarrones negros que cubrían el cielo. Una brisa aguda agitaba todas las hojas tostadas y chirriantes.
—Mira, Usebia —llamó.
Vino la vieja al umbral preguntando:
—¿Cacique está allí?
—¡No! Mira el cielo negrito, negrito.
—Ya así se ha puesto otras veces y no ha sido agua.
Ella quedó enmarcada y él salio al raso, hizo hueco con las manos y lanzó un grito lento y espacioso.
—¡Cacique! ¡Caciiiique!
La voz se fue con la brisa, mezclada al ruido de las hojas, al hervor de mil ruidos menudos que como burbujas rodeaban a la colina.
Jesuso comenzó a andar por la vereda más ancha del conuco.
En la primera vuelta vio de reojo a Usebia, inmóvil, incrustada en las cuatro líneas del umbral, y la perdió siguiendo las sinuosidades.
Cruzaba un ruido de bestezuelas veloces por la hojarasca caída y se oía el escalofriante vuelo de las palomitas pardas sobre el ancho fondo del viento inmenso que pasaba pesadamente. Por la luz y el aire penetraba una frialdad de agua.
Sin sentirlo, estaba como ausente y metido por otras veredas más torcidas y complicadas que las del conuco, más oscuras y misteriosas. Caminaba mecánicamente, cambiando de velocidad, deteniéndose y hallándose de pronto parado en otro sitio.
Suavemente las cosas iban desdibujándose y haciéndose grises y mudables, como de sustancia de agua.
A ratos parecía a Jesuso ver el cuerpecito del niño en cuclillas entre los tallos del maíz, y llamaba rápido: —"Cacique" —pero pronto la brisa y la sombra deshacían el dibujo y formaban otra figura irreconocible.
Las nubes mucho más hondas y bajas aumentaban por segundos la oscuridad. Iba a media falda de la colina y ya los árboles altos parecían columnas de humo deshaciéndose en la atmósfera oscura.
Ya no se fiaba de los ojos, porque todas las formas eran sombras indistintas, sino que a ratos se paraba y prestaba oído a los rumores que pasaban.
—¡Cacique!
Hervía una sustancia de murmullos, de ecos, de crujidos, resonante y vasta.
Había distinguido clara su voz entre la zarabanda de ruidos menudos y dispersos que arrastraba el viento.
—Cerbatana, cerbatanita...
Entre el humo vago que le llenaba la cabeza, una angustia fría y aguda lo hostigaba acelerando sus pasos y precipitándolo locamente. Entró en cuclillas, a ratos a cuatro patas, hurgando febril entre los tallos de maíz, y parándose continuamente a no oir sino su propia respiración, que resonaba grande.
Buscaba con rapidez que crecía vertiginosamente, con ansia incontenible, casi sintiéndose él mismo, perdido y llamado.
—¡Cacique! ¡Caciiiique!
Había ido dando vueltas entre gritos y jadeos, extraviado, y sólo ahora advertía que iba de nuevo subiendo la colina. Con la sombra, la velocidad de la sangre y la angustia de la búsqueda inútil, ya no reconocía en sí mismo al manso viejo habitual, sino un animal extraño presa de un impulso de la naturaleza. No veía en la colina los familiares contornos, sino como un crecimiento y una deformación inopinados que se la hacían ajena y poblada de ruidos y movimientos desconocidos.
El aire estaba espeso e irrespirable, el sudor le corría copioso y él giraba y corría siempre aguijoneado por la angustia.
—¡Cacique!
Ya era una cosa de vida o muerte hallar. Hallar algo desmedido que saldría de aquella áspera soledad torturadora. Su propio grito ronco parecía llamarlo hacia mil rumbos distintos, donde algo de la noche aplastante lo esperaba.
Era agonía. Era sed. Un olor de surco recién removido flotaba ahora a ras de tierra, olor de hoja tierna triturada.
Ya irreconocible, como las demás formas, el rostro del niño se deshacía en la tiniebla gruesa, ya no le miraba aspecto humano, a ratos no le recordaba la fisonomía, ni el timbre, no recordaba su silueta.
—¡Cacique!
Una gruesa gota fresca estalló sobre su frente sudorosa. Alzó la cara y otra le cayó sobre los labios partidos, y otras en las manos terrosas.
—¡Cacique!
Y otras frías en el pecho grasiento de sudor, y otras en los ojos turbios, que se empañaron.
—¡Cacique! ¡Cacique! ¡Cacique!...
Ya el contacto fresco le acariciaba toda la piel, le adhería las ropas, le corría por los miembros lasos.
Un gran ruido compacto se alzaba de toda la hojarasca y ahogaba su voz. Olía profundamente a raíz, a lombriz de tierra, a semilla germinada, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
Ya no reconocía su propia voz, vuelta en el eco redondo de las gotas. Su boca callaba como saciada y parecía dormir marchando lentamente, apretado en la lluvia, calado en ella, acunado por su resonar profundo y basto.
Ya no sabía si regresaba. Miraba como entre lágrimas al través de los claros flecos del agua la imagen oscura de Usebia, quieta entre la luz del umbral.
Arturo Uslar Pietri
La luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como la lluvia. En la sombra acuchillada de láminas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se oía la respiración corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre del rincón.
La patinadura del aire sobre las hojas secas del maíz y de los árboles sonaba cada vez más a lluvia, poniendo un eco húmedo en el ambiente terroso y sólido.
Se oía en lo hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre girando ansiosamente.
La mujer sudorosa e insomne prestó oído, entreabrió los ojos, trató de adivinar por las rayas luminosas, atisbó un momento, miró el chinchorro, quieto y pesado, y llamó con voz agria:
—¡Jesuso!
Calmó la voz esperando respuesta y entretanto comentó alzadamente.
—Duerme como un palo. Para nada sirve. Si vive como si estuviera muerto...
El dormido salió a la vida con la llamada, desperezóse y preguntó con voz cansina:
—¿Qué pasa Usebia? ¿Qué escándalo es ese? ¡Ni de noche puedes dejar en paz a la gente!
—Cállate, Jesuso y oye.
—¿Qué?
—Está lloviendo, lloviendo, ¡Jesuso! y no lo oyes. ¡Hasta sordo te has puesto!
Con esfuerzo, malhumorado, el viejo se incorporó, corrió a la puerta, la abrió violentamente y recibió en la cara y en el cuerpo medio desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que subía por la ladera del conuco agitando las sombras. Lucían todas las estrellas.
Alargó hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una gota.
Dejó caer la mano, aflojó los músculos y recostóse en el marco de la puerta.
—¿Ves vieja loca, tu aguacero? Ganas de trabajar la paciencia. La mujer quedóse con los ojos fijos mirando la gran claridad que entraba por la puerta. Una rápida gota de sudor le cosquilleó en la mejilla. El vaho cálido inundaba el recinto.
Jesús tornó a cerrar, caminó suavemente hasta el chinchorro, estiróse y se volvió a oír el crujido de la madera en la mecida. Una mano colgaba hasta el suelo resbalando sobre la tierra del piso.
La tierra estaba seca como una piel, áspera, seca hasta en el extremo de las raíces, ya como huesos; se sentía flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba los hombres.
Las nubes oscuras como sombras de árbol se habían ido, se habían perdido tras de los últimos cerros más altos, se habían ido como el sueño, como el reposo. El día era ardiente. La noche era ardiente, encendida de luces fijas y metálicas.
En los cerros y los valles pelados, llenos de grietas como bocas, los hombres se consumían torpes, obsesionados por el fantasma pulido del agua, mirando señales, escudriñando anuncios...
Sobre los valles y los cerros, en cada rancho, pasaban y repasaban las mismas palabras.
—Cantó el carrao. Va a llover...
—¡No lloverá! Se la daban como santo y seña de la angustia.
—Ventó del abra. Va a llover...
—¡No lloverá!
Se lo repetían como para fortalecerse en la espera infinita.
—Se callaron las chicharras. Va a llover...
—¡No lloverá!
La luz y el sol eran de cal cegadora y asfixiante.
—Si no llueve, Jesuso, ¿qué va a pasar?
Miró la sombra que se agitaba fatigosa sobre el catre, comprendió su intención de multiplicar el sufrimiento con las palabras, quiso hablar, pero la somnolencia le tenía tomado el cuerpo, cerró los ojos y se sintió entrando al sueño.
Con la primera luz de la mañana Jesuso salió al conuco y comenzó a recorrerlo a paso lento. Bajo sus pies descalzos crujían las hojas vidriosas. Miraba a ambos lados las largas hileras del maizal amarillas y tostadas, los escasos árboles desnudos y en lo alto de la colina, verde profundo, un cactus vertical. A ratos deteníase, tomaba en la mano una vaina de frejol reseca y triturábala con lentitud haciendo saltar por entre los dedos los granos rugosos y malogrados.
A medida que subía el sol, la sensación y el color de aridez eran mayores. No se veía nube en el cielo de un azul llama. Jesuso, como todos los días iba, sin objeto, porque la siembra estaba ya perdida, recorriendo las veredas del conuco, en parte por inconsciente costumbre, en parte por descansar de la hostil murmuración de Usebia.
Todo lo que se dominaba del paisaje, desde la colina, era una sola variedad de amarillo sediento sobre valles estrechos y cerros calvos, en cuyo flanco una mancha de polvo calcáreo señalaba el camino.
No se observaba ningún movimiento de vida, el viento quieto, la luz fulgurante. Apenas la sombra si se iba empequeñeciendo. Parecía aguardarse un incendio.
Jesuso marchaba despacio, deteniéndose a ratos como un animal amaestrado, la vista sobre el suelo, y a ratos conversando consigo mismo.
—¡Bendito y alabado! ¿Qué va a ser de la pobre gente con esta sequía? Este año ni una gota de agua y el pasado fue un inviernazo que se pasó de aguado, llovió más de la cuenta, creció el río, acabó con las vegas, se llevó el puente... Está visto que no hay manera... Si llueve, porque llueve... Si no llueve, porque no llueve...
Pasaba del monólogo a un silencio desierto y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sintió algo inusitado, en el fondo de la vereda y alzó los ojos.
Era el cuerpo de un niño. Delgado, menudo, de espaldas, en cuclillas fijo y abstraído mirando hacia el suelo.
Jesuso avanzó sin ruido, y sin que el muchacho lo advirtiera, vino a colocársele por detrás, dominando con su estatura lo que hacía. Corría por tierra culebreando un delgado hilo de orina, achatado y turbio de polvo en el extremo, que arrastraba algunas pajas mínimas. En ese instante, de entre sus dedos mugrientos, el niño dejaba caer una hormiga.
—Y se rompió la represa... y ha venido la corriente... bruum... bruuuum... bruuuuuum... y la gente corriendo... y se llevó la hacienda de tío sapo... y después el hato de tía tara... y todos los palos grandes... zaaas... bruuuuum... y ahora tía hormiga metida en esa aguazón...
Sintió la mirada, volvióse bruscamente, miró con susto la cara rugosa del viejo y se alzó entre colérico y vergonzoso.
Era fino, elástico, las extremidades largas y perfectas, el pecho angosto, por entre el dril pardo la piel dorada y sucia, la cabeza inteligente, móviles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina. Lo cubría un viejo sombrero de fieltro, ya humano de uso, plegado sobre las orejas como bicornio, que contribuía a darle expresión de roedor, de pequeño animal inquieto y ágil.
Jesuso terminó de examinarlo en silencio y sonrió.
—¿De dónde sales muchacho?
—De por ahí...
—¿De donde?
—De por ahí.
Y extendió con vaguedad la mano sobre los campos que se alcanzaban.
—¿Y qué vienes haciendo?
—Caminando.
La impresión de la respuesta dábale cierto tono autoritario y alto, que extrañó al hombre.
—¿Cómo te llamas?
—Como me puso el cura.
Jesús arrugó el gesto, degradado por la actitud terca y huraña.
El niño pareció advertirlo y compensó las palabras con una expresión confiada y familiar.
—No seas malcriado —comentó el viejo, pero desarmado por la gracia bajó a un tono más íntimo—. ¿Por qué no contestas?
—¿Para qué pregunta? —replicó con candor extraordinario.
—Tú escondes algo. O te has ido de casa de tu taita.
—No, señor.
Preguntaba casi sin curiosidad, monótonamente, como jugando un juego.
—O has echado alguna lavativa.
—No, señor.
—O te han botado por maluco.
—No, señor.
Jesuso se rascó la cabeza y agregó con sorna:
—O te empezaron a comer las patas y te fuistes, ¿ah, vagabundito?
El muchacho no respondió, se puso a mecerse sobre los pies, los brazos a la espalda, chasqueando la lengua contra el paladar.
—¿Y para dónde vas ahora? —Para ninguna parte.
—¿Y qué estás haciendo?
—Lo que usted ve.
—¡Buena cochinada!
El viejo Jesuso no halló más que decir; quedaron callados frente a frente, sin que ninguno de los dos se atreviese a mirarse a los ojos. Al rato, molesto por aquel silencio y aquella quietud que no hallaba cómo romper, empezó a caminar lentamente como un animal enorme y torpe, casi como si quisiera imitar el paso de un animal fantástico, advirtió que lo estaba haciendo, y lo ruborizó pensar que pudiera hacerlo para divertir al niño.
—¿Vienes? —preguntó simplemente—. Calladamente el muchacho se vino siguiéndolo.
En llegando a la puerta del rancho halló a Usebia atareada encendiendo el fuego. Soplaba con fuerza sobre un montoncito de maderas de cajón de papeles amarillos.
—Usebia, mira —llamó con timidez—. Mira lo que ha llegado.
—Ujú —gruñó sin tornarse, y continuó soplando.
El viejo tomó al niño y lo colocó ante sí, como presentándolo, las dos manos oscuras y gruesas sobre los hombros finos.
—¡Mira, pues!
Giró agria y brusca y quedó frente al grupo, viendo con esfuerzo por los ojos llorosos de humo.
—¿Ah?
Una vaga dulzura le suavizó lentamente la expresión.
—Ajá. ¿Quién es?
Ya respondía con sonrisa a la sonrisa del niño.
—¿Quién eres?
—Pierdes tu tiempo en preguntarle, porque este sinverguenza no contesta.
Quedó un rato viéndolo, respirando su aire, sonriéndole, pareciendo comprender algo que escapaba a Jesuso. Luego muy despacio se fue a un rincón, hurgó en el fondo de una bolsa de tela roja y sacó una galleta amarilla, pulida como metal de dura y vieja. La dio al niño y mientras este mascaba con dificultad la tiesa pasta, continuó contemplándolos, a él y al viejo alternativamente, con aire de asombro, casi de angustia.
Parecía buscar dificultosamente un fino y perdido hilo de recuerdo.
—¿Te acuerdas, Jesuso, de Cacique? El pobre.
La imagen del viejo perro fiel desfiló por sus memorias. Una compungida emoción los acercaba.
—Ca-ci-que... —dijo el viejo como aprendiendo a deletrear.
El niño volvió la cabeza y lo miró con su mirada entera y pura. Miró a su mujer y sonrieron ambos tímidos y sorprendidos.
A medida que el día se hacía grande y profundo, la luz situaba la imagen del muchacho dentro del cuadro familiar y pequeño del rancho. El color de la piel enriquecía el tono moreno de la tierra pisada, y en los ojos la sombra fresca estaba viva y ardiente.
Poco a poco las cosas iban dejando sitio y organizándose para su presencia. Ya la mano corría fácil sobre la lustrosa madera de la mesa, al pie hallaba el desnivel del umbral, el cuerpo se amoldaba exacto al butaque de cuero y los movimientos cabían con gracia en el espacio que los esperaba.
Jesuso, entre alegre y nervioso, había salido de nuevo al campo y Usebia se atareaba, procurando evadirse de la soledad frente al ser nuevo. Removía la olla sobre el fuego, iba y venía buscando ingredientes para la comida, y a ratos, mientras le volvía la espalda, miraba de reojo al niño.
Desde donde lo vislumbraba quieto, con las manos entre las piernas, la cabeza doblada mirando los pies golpear el suelo, comenzó a llegarle un silbido menudo y libre que no recordaba música.
Al rato preguntó casi sin dirigirse a él:
—¿Quién es el grillo que chilla?
Creyó haber hablado muy suave, porque no recibió respuesta sino el silbido, ahora más alegre y parecido a la brusca exaltación del canto de los pájaros.
—¡Cacique! —insinuó casi con verguenza—. ¡Cacique!
Mucho gozo le produjo al, oír el ¡ah! del niño.
—¿Cómo te está gustando el nombre?
Una pausa y añadió:
—Yo me llamo Usebia.
Oyó como un eco apagado:
—Velita de sebo...
Sonrió entre sorprendida y disgustada.
—¿Cómo que te gusta poner nombres? —Usted fue quien me lo puso a mí.
—Verdad es.
Iba a preguntarle si estaba contento, pero la dura costra que la vida solitaria había acumulado sobre sus sentimientos le hacía difícil, casi dolorosa, la expresión.
Tornó a callar y a moverse mecánicamente en una imaginaria tarea, eludiendo los impulsos que la hacían comunicativa y abierta. El niño recomenzó el silbido.
La luz crecía, haciendo más pesado el silencio. Hubiera querido comenzar a hablar disparatadamente de todo cuanto le pasaba por la cabeza, o huir de la soledad para hallarse de nuevo consigo misma.
Soportó callada aquel vértigo interior hasta el límite de la tortura, y cuando se sorprendió hablando ya no se sentía ella, sino algo que fluía como la sangre de una vena rota.
—Tú vas a ver como todo cambiará ahora, Cacique. Ya yo no podía aguantar más a Jesuso...
La visión del viejo oscuro, callado, seco, pasó entre las palabras. Le pareció que el muchacho había dicho "lechuzo", y sonrió con torpeza, no sabiendo si era resonancia de sus propias palabras.
—...no sé como lo he aguantado toda la vida. Siempre ha sido malo y mentiroso. Sin ocuparse de mí...
El sabor de la vida amarga y dura se concentraba en el recuerdo de su hombre, cargándolo con las culpas que no podía aceptar.
—...ni el trabajo del campo lo sabe con tantos años. Otros hubieran salido de abajo y nosotros para atrás y para atrás. Y ahora este año, Cacique...
Se interrumpió suspirando y continuó con firmeza y la voz alzada, como si quisiera que la oyese alguien más lejos:
—...no ha venido el agua. El verano se ha quedado viejo quemándolo todo. ¡No ha caído ni una gota!
La voz cálida en el aire tórrido trajo un asia de frescura imperiosa, una angustia de sed. El resplandor de la colina tostada, de las hojas secas, de la tierra agrietada, se hizo presente como otro cuerpo y alejó las demás preocupaciones.
Guardó silencio algún tiempo y luego concluyó con voz dolorosa:
—Cacique, coge esa lata y baja a la quebrada a buscar agua.
Miraba a Usebia atarearse en los preparativos del almuerzo y sentía un contento íntimo como si se preparara una ceremonia extraordinaria, como si acaso acabara de descubrir el carácter religioso del alimento.
Todas las cosas usuales se habían endomingado, se veían más hermosas, parecían vivir por primera vez.
—¿Está buena la comida, Usebia? La respuesta fue tan extraordinaria como la pregunta.
—Está buena, viejo.
El niño estaba afuera, pero su presencia llegaba hasta ellos de un modo imperceptible y eficaz.
La imagen del pequeño rostro agudo y huroneante, les provocaba asociaciones de ideas nuevas. Pensaban con ternura en objetos que antes nunca habían tenido importancia. Alpargatitas menudas, pequeños caballos de madera, carritos hechos con ruedas de limón, metras de vidrio irizado.
El gozo mutuo y callado los unía y hermoseaba. También ambos parecían acabar de conocerse, y tener sueños para la vida venidera. Estaban hermosos hasta sus nombres y se complacían en decirlos solamente.
—Jesuso...
—Usebia...
Ya el tiempo no era un desesperado aguardar, sino una cosa ligera, como fuente que brotaba.
Cuando estuvo lista la mesa, el viejo se levantó, atravesó la puerta y fue a llamar al niño que jugaba afuera, echado por tierra, con una cerbatana.
—¡Cacique, vente a comer!
El niño no lo oía, abstraído en la contemplación del insecto verde y fino como el nervio de una hoja. Con los ojos pegados a la tierra, la veía crecida como si fuese de su mismo tamaño, como un gran animal terrible y monstruoso. La cerbatana se movía apenas, girando sobre sus patas, entre la voz del muchacho, que canturreaba interminablemente:
—"Cerbatana, cerbatanita, ¿de qué tamaño es tu conuquito?"
El insecto abría acompasadamente las dos patas delanteras, como mensurando vagamente. La cantinela continuaba acompañando el movimiento de la cerbatana, y el niño iba viendo cada vez más diferente e inesperado el aspecto de la bestezuela, hasta hacerla irreconocible en su imaginación.
—Cacique, vente a comer.
Volvió la cara y se alzó con fatiga, como si regresase de un largo viaje.
Penetró tras el viejo en el rancho lleno de humo. Usebia servía el almuerzo en platos de peltre desportillados. En el centro de la mesa se destacaba blanco el pan de maíz, frío y rugoso.
Contra su costumbre, que era estarse lo más del día vagando por las siembras y laderas, Jesuso regresó al rancho poco después del almuerzo.
Cuando volvía a las horas habituales, le era fácil repetir gestos consuetudinarios, decir las frases acostumbradas y hallar el sitio exacto en que su presencia aparecía como un fruto natural de la hora, pero aquel regreso inusitado representaba una tan formidable alteración del curso de su vida, que entró como avergonzado y comprendió que Usebia debía estar llena de sorpresa.
Sin mirarla de frente, se fue al chinchorro y echóse a lo largo. Oyó sin extrañeza como lo interpelaba.
—¡Ajá! ¿cómo que arreció la flojera?
Buscó una excusa.
—¿Y qué voy a hacer en ese cerro achicharrado?
Al rato volvió la voz de Usebia, ya dócil y con más simpatía.
—¡Tanta falta que hace el agua! Si acabara de venir un aguacero, largo y bueno. ¡Santo Dios!
—La calor es mucha y el cielo purito. No se mira venir agua de ningún lado.
—Peo si lloviera se podría hacer otra siembra.
—Sí, se podría.
—;Y daría más plata, porque se ha secado mucho conuco.
—Sí, daría.
—Con un solo aguacero se pondría verdecita toda esa falda.
—Y con la plata podríamos comprarnos un burro, que nos hace mucha falta. Y unos camisones para tí, Usebia.
La corriente de ternura brotó inesperadamente y con su milagro hizo sonreír a los viejos.
—Y para tí, Jesuso, una buena cobija que no se pase.
Y casi en coro los dos:
—¿Y para Cacique?
—Lo llevaremos al pueblo para que coja lo que le guste.
La luz que entraba por la puerta del rancho se iba haciendo tenue, difusa, oscura, como si la hora avanzase y sin embargo no parecía haber pasado tanto tiempo desde el almuerzo. Llegaba brisa teñida de humedad que hacía más grato el encierro de la habitación.
Todo el medio día lo habían pasado casi en silencio, diciendo sólo, muy de tiempo en tiempo, algunas palabras vagas y banales por lo que secretamente y de modo basto asomaba un estado de alma nuevo, una especie de calma, de paz, de cansancio feliz.
—Ahorita está oscuro —dijo Usebia, mirando el color ceniciento que llegaba a la puerta.
—Ahorita —asintió distraídamente el viejo.
E inesperadamente agregó:
—¿Y qué se ha hecho Cacique en toda la tarde?... Se habrá quedado por el conuco jugando con los animales que encuentra. Con cuanto bichito mira, se para y se pone a conversar como si fuera gente.
Y más luego añadió, después de haber dejado desfilar lentamente por su cabeza todas las imágenes que suscitaban sus palabras dichas: —...y lo voy a buscar, pues.
Alzóse del chinchorro con pereza y llegó a la puerta. Todo el amarillo de la colina seca se había tornado en violeta bajo la luz de gruesos nubarrones negros que cubrían el cielo. Una brisa aguda agitaba todas las hojas tostadas y chirriantes.
—Mira, Usebia —llamó.
Vino la vieja al umbral preguntando:
—¿Cacique está allí?
—¡No! Mira el cielo negrito, negrito.
—Ya así se ha puesto otras veces y no ha sido agua.
Ella quedó enmarcada y él salio al raso, hizo hueco con las manos y lanzó un grito lento y espacioso.
—¡Cacique! ¡Caciiiique!
La voz se fue con la brisa, mezclada al ruido de las hojas, al hervor de mil ruidos menudos que como burbujas rodeaban a la colina.
Jesuso comenzó a andar por la vereda más ancha del conuco.
En la primera vuelta vio de reojo a Usebia, inmóvil, incrustada en las cuatro líneas del umbral, y la perdió siguiendo las sinuosidades.
Cruzaba un ruido de bestezuelas veloces por la hojarasca caída y se oía el escalofriante vuelo de las palomitas pardas sobre el ancho fondo del viento inmenso que pasaba pesadamente. Por la luz y el aire penetraba una frialdad de agua.
Sin sentirlo, estaba como ausente y metido por otras veredas más torcidas y complicadas que las del conuco, más oscuras y misteriosas. Caminaba mecánicamente, cambiando de velocidad, deteniéndose y hallándose de pronto parado en otro sitio.
Suavemente las cosas iban desdibujándose y haciéndose grises y mudables, como de sustancia de agua.
A ratos parecía a Jesuso ver el cuerpecito del niño en cuclillas entre los tallos del maíz, y llamaba rápido: —"Cacique" —pero pronto la brisa y la sombra deshacían el dibujo y formaban otra figura irreconocible.
Las nubes mucho más hondas y bajas aumentaban por segundos la oscuridad. Iba a media falda de la colina y ya los árboles altos parecían columnas de humo deshaciéndose en la atmósfera oscura.
Ya no se fiaba de los ojos, porque todas las formas eran sombras indistintas, sino que a ratos se paraba y prestaba oído a los rumores que pasaban.
—¡Cacique!
Hervía una sustancia de murmullos, de ecos, de crujidos, resonante y vasta.
Había distinguido clara su voz entre la zarabanda de ruidos menudos y dispersos que arrastraba el viento.
—Cerbatana, cerbatanita...
Entre el humo vago que le llenaba la cabeza, una angustia fría y aguda lo hostigaba acelerando sus pasos y precipitándolo locamente. Entró en cuclillas, a ratos a cuatro patas, hurgando febril entre los tallos de maíz, y parándose continuamente a no oir sino su propia respiración, que resonaba grande.
Buscaba con rapidez que crecía vertiginosamente, con ansia incontenible, casi sintiéndose él mismo, perdido y llamado.
—¡Cacique! ¡Caciiiique!
Había ido dando vueltas entre gritos y jadeos, extraviado, y sólo ahora advertía que iba de nuevo subiendo la colina. Con la sombra, la velocidad de la sangre y la angustia de la búsqueda inútil, ya no reconocía en sí mismo al manso viejo habitual, sino un animal extraño presa de un impulso de la naturaleza. No veía en la colina los familiares contornos, sino como un crecimiento y una deformación inopinados que se la hacían ajena y poblada de ruidos y movimientos desconocidos.
El aire estaba espeso e irrespirable, el sudor le corría copioso y él giraba y corría siempre aguijoneado por la angustia.
—¡Cacique!
Ya era una cosa de vida o muerte hallar. Hallar algo desmedido que saldría de aquella áspera soledad torturadora. Su propio grito ronco parecía llamarlo hacia mil rumbos distintos, donde algo de la noche aplastante lo esperaba.
Era agonía. Era sed. Un olor de surco recién removido flotaba ahora a ras de tierra, olor de hoja tierna triturada.
Ya irreconocible, como las demás formas, el rostro del niño se deshacía en la tiniebla gruesa, ya no le miraba aspecto humano, a ratos no le recordaba la fisonomía, ni el timbre, no recordaba su silueta.
—¡Cacique!
Una gruesa gota fresca estalló sobre su frente sudorosa. Alzó la cara y otra le cayó sobre los labios partidos, y otras en las manos terrosas.
—¡Cacique!
Y otras frías en el pecho grasiento de sudor, y otras en los ojos turbios, que se empañaron.
—¡Cacique! ¡Cacique! ¡Cacique!...
Ya el contacto fresco le acariciaba toda la piel, le adhería las ropas, le corría por los miembros lasos.
Un gran ruido compacto se alzaba de toda la hojarasca y ahogaba su voz. Olía profundamente a raíz, a lombriz de tierra, a semilla germinada, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
Ya no reconocía su propia voz, vuelta en el eco redondo de las gotas. Su boca callaba como saciada y parecía dormir marchando lentamente, apretado en la lluvia, calado en ella, acunado por su resonar profundo y basto.
Ya no sabía si regresaba. Miraba como entre lágrimas al través de los claros flecos del agua la imagen oscura de Usebia, quieta entre la luz del umbral.
04 noviembre 2011
La vida no es muy seria sus cosas
(Juan Rulfo)
AQUELLA cuna donde Crispín dormía por entonces, era más que grande para su pequeño cuerpecito. Él sin conocer todavía la luz, puesto que aún no nacía, se dedicaba sólo a vivir en medio de aquella oscuridad y a hacer, sin saberlo, más y más lentos cada vez los pasos que daba su madre al caminar por los corredores, por el pasillo y, a veces, en alguna mañana limpia, yendo a visitar el corral, donde ella se confortaba haciendo renegar a las gallinas robándoles los pollitos, y escondiéndose dos o tres abajito del seno, quizá con la esperanza de que a su hijito se le hiciera la vida menos pesada oyendo algo de los ruidos del mundo.
Por otra parte, Crispín, a pesar de tener ocho meses ahí dentro, no había abierto ni por una sola vez los ojos. Hasta se adivinaba que, acurrucado siempre, no había intentado estirar un brazo o alguna de sus piernitas. No, por ese lado no daba señales de vida. Y de no haber sido porque su corazón tocaba con unos golpecitos suaves la pared que lo separaba de los ojos de su madre, ella se hubiera creído engañada por Dios, y no faltaría, ni así tantito, para que llegara a reclamarle aunque sólo fuera el secreto.
__ El señor me perdone __se decía__; pro yo tendría que hacerlo, si él no estuviera vivo.
Con todo, él estaba bien vivo. Cierto es que se sentía un poco molesto de estar enrollado como un caracol, pero, sin embargo, se vivía a gusto ahí, durmiendo sin parar y sobre todo, lleno de confianza; con la confianza que da el mecerse dentro de esa grande y segura cuna que era su madre.
La madre consideró la existencia de Crispín como un consuelo para ella. Todavía no descansaba de sus lágrimas; todavía había largos ratos en los cuales apretábase al recuerdo del Crispín que se le había muerto. Todavía, y esto era lo peor para ella, no se atrevía a cantar una canción que sabía para dormir a los niños. Con todo, en ocasiones, ella le cantaba en voz baja, como para sí misma; pero en seguida, se veía rodeada por unas ganas locas de llorar, y lloraba, como sólo la ausencia de “aquel” podía merecerlo.
Luego se acariciaba su vientre y le pedía perdón a su hijo.
En otras, se olvidaba por completo de que su hijo existía. Cualquier cosa venía a poner frente a ella la figura de Crispín el mayor. Entonces entrecerraba los ojos, soltaba el pensamiento y, de ese modo, se le iban las horas correteando tras de sus buenos recuerdos. Y era en aquellos momentos sin conciencia, cuando Crispín golpeaba con más fuerza en el vientre de ella y la despertaba. Luego a ella se le ocurría que los latidos del corazón de su hijo no eran latidos, sino más bien, era una llamada que él le hacía como regañándola por solo e irse tan lejos. Y se ponía en seguida a conseguir un montón de reproches que se daba a sí misma, no parando de hacerlo hasta sentirse tranquila y sin miedo.
Porque eso sí, tenía un miedo muy grande de que algo le sucediera a su hijo, mientras ella se la pasaba sueñe y sueñe con el otro. Y no le cabía en la cabeza sino desesperarse al no poder saber nada. “Acaso sufra”, se decía. “Acaso se esté ahogando ahí dentro, sin aire; o tal vez tenga miedo de la oscuridad. Todos los niños se asustan cuando están a oscuras. Todos. Y él también. ¿Por qué no se iba a asustar él? ¡Ah!, si estuviera acá afuera, yo sabría defenderlo; o al menos, vería si su carita se ponía pálida o si sus ojos se hacían tristes. Entonces yo sabría como hacer. Pero ahora no; no donde él está. Ahí no.” Eso se decía.
Crispín no vivía enterado de eso. Sólo se movía un poquito, al sentir el vacío que los suspiros de su madre producían a un lado de él. Por otra parte, hasta parecían acomodarlo mejor, de modo de poder seguir durmiendo, arrullado a la vez por el sonido parejo y repetido que la sangre ahí cerca hacía al subir y bajar una hora tras otra hora.
Así iba el asunto. Ella, fuera de sus ratos malos, se sentía encariñada a los días que vendrían. Y era para azorarse verla hacer los gestos de alegría que todas las madres aprenden tantito antes, para estar prevenidas. Y el modo de cuidar sus manos, alísanoslas, con el fin de no lastimar mucho aquella carne casi quebradiza que pasearía hecha un nudo sobre sus brazos.
Así iba el asunto.
Sin embargo, la vida no es muy seria en sus cosas. Es de suponerse que ella ya sabía esto, pues la había visto jugar con Crispín el mayor, escondiéndose de él, hasta dar por resultado que ninguno de los dos volvieron a encontrarse. Eso había sucedido. Pero, por otra parte, ella no se imaginaba a la muerte sino de un modo tranquilo. Tal como un río que va creciendo paso a paso, y va empujando las aguas viejas y las cubre lentamente; mas sin precipitarse como lo haría un arroyo nuevo. Así se imaginaba ella a la muerte, porque más de una vez la vio acercarse. La vio también en Crispín, su esposo, y, aunque al principio no le fue posible reconocerla, al fin y al cabo, cuando notó que todo en él se maltrataba, no dudó que ella era.
Así pues, ella bien se daba cuenta de lo que la vida acostumbra a hacer con uno, cuando uno está más descuidado.
Aquella mañana, ella quiso ir al camposanto. Como siempre solía preguntar a Crispín, el no nacido, si estaba de acuerdo, lo hizo: “Crispín, le dijo, ¿te parece bien que vayamos? Te prometo que no lloraré. Sólo nos sentaremos un ratito a platicar con tu padre y después volveremos; nos servirá a los dos; ¿quieres?” Luego, tratando de adivinar en que lugar podía tener sus manitas aquel hijo suyo: “Te llevaré de la mano todo el tiempo.” Esto le dijo.
Abrió la puerta para salir; pero enseguida sintió un viento frio, agachado al suelo, como si anduviera barriendo las calles. Entonces regresó por un abrigo, ¿pues qué pasaría si él sintiera frio? Lo buscó entre las ropas de la cama; lo buscó en el ropero; lo halló allá arriba, en un rinconcito. Pero el ropero estaba mucho más alto que ella y tuvo que subir al primer peldaño, después pudo la rodilla en el segundo y alcanzó el abrigo con la puntita de los dedos. En ese momento, pensó que tal vez Crispín se habría despertado por aquel esfuerzo y bajó a toda prisa…
Bajó muy hondo. Algo la empujaba. Debajo de ella, el suelo estaba lejos, sin alcance…
AQUELLA cuna donde Crispín dormía por entonces, era más que grande para su pequeño cuerpecito. Él sin conocer todavía la luz, puesto que aún no nacía, se dedicaba sólo a vivir en medio de aquella oscuridad y a hacer, sin saberlo, más y más lentos cada vez los pasos que daba su madre al caminar por los corredores, por el pasillo y, a veces, en alguna mañana limpia, yendo a visitar el corral, donde ella se confortaba haciendo renegar a las gallinas robándoles los pollitos, y escondiéndose dos o tres abajito del seno, quizá con la esperanza de que a su hijito se le hiciera la vida menos pesada oyendo algo de los ruidos del mundo.
Por otra parte, Crispín, a pesar de tener ocho meses ahí dentro, no había abierto ni por una sola vez los ojos. Hasta se adivinaba que, acurrucado siempre, no había intentado estirar un brazo o alguna de sus piernitas. No, por ese lado no daba señales de vida. Y de no haber sido porque su corazón tocaba con unos golpecitos suaves la pared que lo separaba de los ojos de su madre, ella se hubiera creído engañada por Dios, y no faltaría, ni así tantito, para que llegara a reclamarle aunque sólo fuera el secreto.
__ El señor me perdone __se decía__; pro yo tendría que hacerlo, si él no estuviera vivo.
Con todo, él estaba bien vivo. Cierto es que se sentía un poco molesto de estar enrollado como un caracol, pero, sin embargo, se vivía a gusto ahí, durmiendo sin parar y sobre todo, lleno de confianza; con la confianza que da el mecerse dentro de esa grande y segura cuna que era su madre.
La madre consideró la existencia de Crispín como un consuelo para ella. Todavía no descansaba de sus lágrimas; todavía había largos ratos en los cuales apretábase al recuerdo del Crispín que se le había muerto. Todavía, y esto era lo peor para ella, no se atrevía a cantar una canción que sabía para dormir a los niños. Con todo, en ocasiones, ella le cantaba en voz baja, como para sí misma; pero en seguida, se veía rodeada por unas ganas locas de llorar, y lloraba, como sólo la ausencia de “aquel” podía merecerlo.
Luego se acariciaba su vientre y le pedía perdón a su hijo.
En otras, se olvidaba por completo de que su hijo existía. Cualquier cosa venía a poner frente a ella la figura de Crispín el mayor. Entonces entrecerraba los ojos, soltaba el pensamiento y, de ese modo, se le iban las horas correteando tras de sus buenos recuerdos. Y era en aquellos momentos sin conciencia, cuando Crispín golpeaba con más fuerza en el vientre de ella y la despertaba. Luego a ella se le ocurría que los latidos del corazón de su hijo no eran latidos, sino más bien, era una llamada que él le hacía como regañándola por solo e irse tan lejos. Y se ponía en seguida a conseguir un montón de reproches que se daba a sí misma, no parando de hacerlo hasta sentirse tranquila y sin miedo.
Porque eso sí, tenía un miedo muy grande de que algo le sucediera a su hijo, mientras ella se la pasaba sueñe y sueñe con el otro. Y no le cabía en la cabeza sino desesperarse al no poder saber nada. “Acaso sufra”, se decía. “Acaso se esté ahogando ahí dentro, sin aire; o tal vez tenga miedo de la oscuridad. Todos los niños se asustan cuando están a oscuras. Todos. Y él también. ¿Por qué no se iba a asustar él? ¡Ah!, si estuviera acá afuera, yo sabría defenderlo; o al menos, vería si su carita se ponía pálida o si sus ojos se hacían tristes. Entonces yo sabría como hacer. Pero ahora no; no donde él está. Ahí no.” Eso se decía.
Crispín no vivía enterado de eso. Sólo se movía un poquito, al sentir el vacío que los suspiros de su madre producían a un lado de él. Por otra parte, hasta parecían acomodarlo mejor, de modo de poder seguir durmiendo, arrullado a la vez por el sonido parejo y repetido que la sangre ahí cerca hacía al subir y bajar una hora tras otra hora.
Así iba el asunto. Ella, fuera de sus ratos malos, se sentía encariñada a los días que vendrían. Y era para azorarse verla hacer los gestos de alegría que todas las madres aprenden tantito antes, para estar prevenidas. Y el modo de cuidar sus manos, alísanoslas, con el fin de no lastimar mucho aquella carne casi quebradiza que pasearía hecha un nudo sobre sus brazos.
Así iba el asunto.
Sin embargo, la vida no es muy seria en sus cosas. Es de suponerse que ella ya sabía esto, pues la había visto jugar con Crispín el mayor, escondiéndose de él, hasta dar por resultado que ninguno de los dos volvieron a encontrarse. Eso había sucedido. Pero, por otra parte, ella no se imaginaba a la muerte sino de un modo tranquilo. Tal como un río que va creciendo paso a paso, y va empujando las aguas viejas y las cubre lentamente; mas sin precipitarse como lo haría un arroyo nuevo. Así se imaginaba ella a la muerte, porque más de una vez la vio acercarse. La vio también en Crispín, su esposo, y, aunque al principio no le fue posible reconocerla, al fin y al cabo, cuando notó que todo en él se maltrataba, no dudó que ella era.
Así pues, ella bien se daba cuenta de lo que la vida acostumbra a hacer con uno, cuando uno está más descuidado.
Aquella mañana, ella quiso ir al camposanto. Como siempre solía preguntar a Crispín, el no nacido, si estaba de acuerdo, lo hizo: “Crispín, le dijo, ¿te parece bien que vayamos? Te prometo que no lloraré. Sólo nos sentaremos un ratito a platicar con tu padre y después volveremos; nos servirá a los dos; ¿quieres?” Luego, tratando de adivinar en que lugar podía tener sus manitas aquel hijo suyo: “Te llevaré de la mano todo el tiempo.” Esto le dijo.
Abrió la puerta para salir; pero enseguida sintió un viento frio, agachado al suelo, como si anduviera barriendo las calles. Entonces regresó por un abrigo, ¿pues qué pasaría si él sintiera frio? Lo buscó entre las ropas de la cama; lo buscó en el ropero; lo halló allá arriba, en un rinconcito. Pero el ropero estaba mucho más alto que ella y tuvo que subir al primer peldaño, después pudo la rodilla en el segundo y alcanzó el abrigo con la puntita de los dedos. En ese momento, pensó que tal vez Crispín se habría despertado por aquel esfuerzo y bajó a toda prisa…
Bajó muy hondo. Algo la empujaba. Debajo de ella, el suelo estaba lejos, sin alcance…
25 octubre 2011
Un pedazo de noche**
(Juan Rulfo)
(Fragmento)
ALGUIEN me avisó que en el callejón de Valerio Trujano había un campo libre, pero que antes de conseguirlo tenía que dejarme “tronar la nuez”. No quiero decir en qué consistía aquello, porque todavía, calculando que no me quede ni un pedazo de vergüenza, hay algo dentro de mí que busca desbaratar los malos recuerdos.
Yo estaba entonces en mis comienzos. Apenas unos días antes había agarrado la cuerda, cuando las muchachas de Trujano me dieron la oportunidad, haciéndome un campito a su alrededor. Y a pesar del contrapeso que era tener siempre delante de una al sujeto que tronaba las nueces; a riesgo de estar viendo a todas horas su cara seca y sus ojos sin zumo y sin pestañas y su carcaje huesudo, era mucho mejor estar aquí, trabajando en chorcha, que andar derramada por las calles.
Además, en Valerio Trujano se me desterró el miedo. Al cabo de dos o tres semanas ya no lo sentí, como si se hubiera dado cuenta de que conmigo salía sobrando. Y aunque en muchas ocasiones noté sus temblores, procuraba esconderse cuando veía mis necesidades, tal vez y seguramente por miedo a que lo mandara a vivir solo, porque el miedo es la cosa que más miedo le tiene a la soledad, según yo sé.
Así en esas andanzas, fue cuando conocí al que después fue mi marido…
Una noche se me acercó un hombre. Esto no tenía importancia, pues para eso estaba yo allí, para que me buscaran los hombres. Pero el que se arrimó esa noche se distinguía de los demás en que traía un niño en brazos. Un niño pequeño, de los que todavía se valen de la gente para ir de un lado a otro.
Al verlo junto a mí, pensé que venía a limosnear, porque alargó la mano como pidiendo dinero. Estaba yo por darle unos centavos, cuando inquirió por el precio.
__ ¡No! __ le dije yo__. Así no.
__ Así no ¿que?
__ Con eso que llevas encima.
__ A él no le interesan todavía estas cosas. __respondió__. Ahora que no estaría por demás que ya se fuera instruyendo.
Desentendiéndome de él, miré a todas partes buscando con los ojos alguna muchacha que me viniera a sacar del apuro. Pero las pocas que andaban por allí, estaban aparejadas.
__ Tal vez vienes buscando a alguien en especial __le dije__. Alguna con quien ya has estado otras veces.
__ Vengo por ti __me contestó__. Nomás dime cuánto cobras.
Parecía no entender que yo no iría con él a ninguna parte mientras cargara a su criatura.
__ Nomás dime__ volvió a decir.
Entonces le señalé un precio muy alto, quizá diez veces mayor del que acostumbrábamos pedir.
__ Está bien__ dijo__. ¡Vamos!
Yo pensé que aquello no estaba nada bien. Pero también pensé que el que “tronaba las nueces” no nos daría cuarto en el hotel. Y así sucedió. En cuanto cruzamos el pasillo, sentimos el aire de su mano huesuda que nos echaba fuera.
__ Ya ves__ le dije__, ya ves que no se puede.
__ Se podrá__ contestó él__. No faltaba más.
Estábamos otra vez en la calle. Me rodeó la cintura y me fue llevando.
__ Conozco un sitio medio oscuro… el encargado es un “tú-la-trais”. Allí si nos dejarán entrar.
Yo miraba al niño que se retorcía en sus brazos. Tenía los ojos como de gente grande, llenos de malicia o de malas intenciones. Pensé que tal vez fuera el puro reflejo de nuestros vicios.
Me hubiera gustado que se soltara berreando para que su padre le echara tierra a este negocio y se fuera con todo y niño a descansar en paz. Pensaba en eso, cuando los ojos del muchachito empezaron a reír. Me tendió los brazos y brincaba y se reía conmigo, enseñándome el único diente de su boca.
__ ¿Ya ves? __ dijo el fulano__. También él quiere ir contigo.
El chamaco estaba envuelto como tamal, enrollado en un jorongo. Lo apreté contra mi cuello dándole de nalgaditas para que de durmiera. Pero aquel niño no tenía sueño; se revolvía como gusano y buscaba con su boca allí donde sabía que estaba la comida. A rasguño y rasguño fue abriéndome la blusa hasta que sus manos se agarraron a mis senos.
__ Esta criatura tiene hambre__ le dije al tipo aquel.
__ Tenemos tiempo __contestó__. Después le daremos de comer.
Llegamos a la puerta de un hotel donde él me detuvo:
__ ¿Aquí es?__ le pregunté.
__ Si, aquí mero.
Pasamos. Atravesamos un patio donde había un tendedero de sábanas, y al comenzar a subir la escalera, oímos una voz chillona que nos gritaba que allí no era casa de cuna.
Entonces fuimos más lejos, como por allá, por las calles de Ogazón. Él se llamaba Claudio Marcos. No, el niño no era suyo. Era de un compadre. Nomás que él se había acomedido a cuidarlo porque hoy la estaba celebrando. Bueno, todos los días se las colocaba, pero nunca se había puesto tan necio como ahora.
Por eso había sacado al niño de la cantina, para que no siguiera aporreándose la cabeza cada vez que el compadre se caía al suelo. Y como ya estaba desentendido, fue fácil quitárselo. Lo bueno va a estar mañana cuando recuerde y no dé con el muchachito ni se las huela dónde lo dejó.
__ ¿No lo vas a llevar a su casa?
__para allá iba. Pero al verte varié de opinión. Se me ocurrió que el niño pasaría bien la noche con nosotros.
__ ¿Te divierte hacer eso?
__ ¿Qué dices?
__ Nada.
__ Yo a ti ya te había echado el ojo__ siguió diciendo__. Pero no me animaba a hablarte. Con esa cara no pareces de la misma raza que las otras. Si hasta creí que andarías por esos barrios nomás de visita.
__ Bueno, ¿adónde vamos?__ pregunté yo.
Él no hizo caso. Siguió caminando sin dejar de hablar.
__ Lo mejor es que lleves al niño con su madre__ le dije.
__ No ganaríamos nada con eso__ respondió__. No es ella la que le da de mamar.
Torcimos por una calle plana, desalumbrada. Al entrar a la placita de los Ángeles, un policía alcanzó a conocerme:
__no te desparrames, Olga__ dijo.
__ ¿A quién le dicen así?__ me preguntó Claudio Marcos.
__ A mí.
__ ¿No que te llamabas Pilar?
__ Da lo mismo un nombre que otro. Para lo que sirve__ le contesté, ya medio fastidiada__. Lo que tenemos que hacer es regresarnos, ando lejos de mi zona.
Llegamos al jardín de Santiago y nos sentamos en una banca.
El chiquillo se había dormido sobre mis hombros. Y aunque casi no pesaba de tan flaco, de cualquier manera no hallaba cómo deshacerme de él. No me explicaba tampoco por qué razón seguía yo allí, y mucho menos me pasaba por la cabeza que fuéramos a acostarnos juntos, con aquel recién nacido en medio de nosotros. Con todo, el hombre no daba trazas de terminar la plática.
__ Oiga__ le dije, poniéndome seria__, este niño debía estar ya dormido en su cama. Haría bien en llevárselo. Y si la madre no le da de mamar, pues hágalo usted, aunque sea nada más por consideración.
__ ¿Cree que ya es hora de que le toque?
__ Yo no sé__ le contesté__. Pero por lo flaco que está, pienso que no ha probado bocado en toda su vida.
__ Ah, no. Eso sí que no. En eso sí que no estoy de acuerdo. El niño come. Y come un resto. Nada menos hoy al mediodía se zampó media docena de tortillas. También le gusta el chile y el caldito de frijoles. Todo eso se come. Ahora que si tú no me crees, vamos a algún lado. Aquí traigo cincuenta pesos. Entramos a un merendero y pedimos cincuenta pesos de cosas y nos las comemos entre los tres. ¿Quieres?
La verdad es que yo tenía hambre. Nos metimos a la primera tortería que encontramos. Ya allí, entre tanta gente, entre el olor agarroso del chorizo frito, se me olvidó lo que andaba haciendo con aquel fulano que tenía enfrente. Y se me ocurrió pensar que a él se le había olvidado hacía rato el motivo por el que me levantó de la calle.
Comimos. Él, aparte de lo suyo, pidió un vaso de leche y unas semitas.
Sentó al niño en sus piernas y le fue dando un bocado tras otro remojado en leche. Cuando dio fin a la primera semita, tomó otra y así siguió con la tercera. El niño mordisqueaba con su único diente hasta ir achicando el pan, luego amasaba el migajón granuloso y de pronto se lo tragaba de un tirón.
__ ¿Ya ves como si se atraganta?__ me decía aquel sujeto riéndose__. Sus padres le hicieron el cogote así de grande a fuerza de embutirle, desde recién hecho, cuanta botana les daban en las cantinas. Y no cabe duda que sirve de mucho tener el cogote de este tamaño.
__ Ya que estamos en esto__ le dije__, ¿qué demontres andas haciendo tú con ese muchacho, si tiene madre que se encargue de cuidarlo?
__ ¿Te refieres a mi comadre Flaviana?
__ No sé a cuál de todas tus comadres me refiero. Pero a mí no me va a ir muy bien esta noche. No ganaré ni para vergüenzas.
__ Pienso pagarte. ¿O qué quieres que lo haga por adelantado?
__ No__ le dije__, lo que quiero es ir a cuidar mi pedazo de pared. Tal vez esté algún amigo esperándome.
En realidad, tenía miedo del “quiebranueces”. Tanto por haberme dejado ver con aquel cliente del niño, que de seguro era ir contra las reglas como por la idea que ha de haber tenido en mí, pensando que le quise meter un cachirul. Y luego estaba lo del impuesto del día, que jamás perdonaba, así una estuviera vomitando sangre.
El que decía llamarse Claudio Marcos también se había quedado pensativo. Luego dijo:
__ Soy sepulturero. ¿No te asustas si te digo que soy sepulturero? Pues bien, eso soy yo. Y nunca he dicho que con ese trabajo no gano ni para vergüenzas. Es como cualquier otro. Con la ventaja de darse muy seguido el gusto de enterrar a la gente. Te digo esto porque tú, igual que yo, debes odiar a la gente. Tal vez mucho más que yo. Y sobre este asunto quisiera darte un consejo: nunca quieras a nadie. Deja en paz esa cosa con que se quiere a los demás. Me acuerdo que yo tuve una tía a quien quise mucho. Se murió de repente, cuando yo estaba más encariñado con ella, y lo único que conseguí con todo eso fue que el corazón se me llenara de agujeros.
Lo oía. Pero eso no me quitaba del pensamiento al “quiebranueces” con sus ojos hundidos y como mudos. Mientras aquí, este tipo me estaba platicando que odiaba a media humanidad y que era muy bonito saber cómo enterraría uno a uno a los que él veía a diario. Y que cuando alguien de aquí o de por allá le decía o le hacía alguna maldad, él no se enojaba; pero callada la boca se prometía dejarlos quietos una temporada muy larga cuando cayeran en sus manos.
__... No, no me dan pena los muertos, y mucho menos los vivos. Desde hace quince años acabé con eso. Al principio, me entristecía mucho cuando a raíz de sepultar a la madre de un montón de hijos, ellos se soltaban dando unos alaridos espantosos, y se abrazaban al cajón como ladillas sin que fuera suficiente la fuerza de tres ni cuatro hombres para despegarlos. Me ha tocado asistir a infinidad de casos por el estilo. Pero ahora eso ya se murió. Cuando uno es sepulturero hay que enterrar la lástima con cada muerto que uno entierra.
“… Los vivos son los que son una vergüenza. ¿No lo crees tú así? Los muertos no le dan guerra a nadie; pero lo que es los vivos, no encuentran cómo mortificarle la vida a los demás. Si hasta se medio matan por acabar con el corazón del prójimo. Con eso te digo todo. En cambio, a los muertos no hay por qué aborrecerlos. Son la gran cosa. Son buenos. Los seres más buenos de la tierra.”
__ Salgamos fuera __le dije__. Me siento sofocada. Vamos a donde nos dé el aire.
Cuando estuvimos en la calle, todavía nos siguió por un rato el humo rancio de las fritangas. Él había escondido al niño debajo del saco, seguramente del viento de la noche.
__ Ahorita que te levantaste, me acordé de una cosa __dijo__. De que mi comadre Flaviana no tiene nada aquí __siguió diciendo, mientras se tallaba el pecho__. Ahora que si los tuviera como tú, a lo mejor estarían llenos de pulque, así que no le servirían de ningún modo para engordar a una criatura.
Entonces yo le pregunté si no tenía él por costumbre aprovecharse de la tal Flaviana cuando su compadre pasaba las noches enteras en la cantina.
Luego luego me respondió que no. Porque no había modo, pues ella no se separaba nunca del marido.
__ Los dos se emborrachan juntos y por todas partes andan juntos, hasta que se les cae o se les pierde la memoria a los dos por igual.
Casi no lo oía. Pensé ir a dormir. Pero a él se le ocurrió que nos arrinconáramos un rato a la entrada de cualquier zaguán, donde estuviéramos solos y como fuera de este mundo:
__ Me haré a la idea de que te soñé __dijo__. Porque la verdad es que te conozco de vista desde hace mucho tiempo, pero me gustas más cuando te sueño… Entonces hago de ti lo que quiero. No como ahora que, como tú ves, no hemos podido hacer nada.
Ya casi era de día. Olía a día, aunque la tierra, las puertas y las casas seguían a oscuras.
El sueño me hizo cruzar la calle y buscar algún hotel. El hombre se vino tras de mí. Me detuvo:
__ ¿Te debo algo?
__ No nada__ le contesté.
__ Te hice perder tu tiempo. Debes cobrarme lo que sepas cobrar por una noche.
Me zafé de él. Abrí la puerta y busqué el primer cuarto desocupado. Me eché vestida sobre la cama, apreté los ojos y, aflojando el cuerpo, me fui quedando dormida. Alguien rasguñaba la calle con una escoba. Alguien aquí dentro preguntó:
__ ¿Nos volveremos a ver algún día? Me quedaron ganas de platicar contigo.
Sentí que se sentaba al pie de la cama…
Es el mismo que está sentado ahora al borde de mi cama, en silencio, con la cabeza entre las manos. Acaba de despegarse de las rejas de la ventana donde acostumbra pasar las noches esperando mi regreso. Me ha dicho muchas veces que no soy yo la que llega a estas horas, que nunca acabaremos por encontrarnos:
__...o tal vez sí __dice__; quizá cuando te asegure bajo tierra el día que me toque enterrarte.
Lo que él no sabe es que quiero dormir. Que estoy cansada. Parece como si se le hubiera olvidado el trato que hicimos cuando me casé con él: que me dejaría descansar; de otra manera acabaría por perderse entre los agujeros de una mujer desbaratada por el desgaste de los hombres…
**aunque escrito en enero de 1940, como parte de la novela El hijo del desaliento, Rulfo no dio a la publicidad este fragmento hasta setiembre de 1959, en la Revista Mexicana de Literatura (nueva época, núm. 3). Reaparece en la Obras de Juan Rulfo, México, FCE, 1987. (Letras mexicanas)
(Fragmento)
ALGUIEN me avisó que en el callejón de Valerio Trujano había un campo libre, pero que antes de conseguirlo tenía que dejarme “tronar la nuez”. No quiero decir en qué consistía aquello, porque todavía, calculando que no me quede ni un pedazo de vergüenza, hay algo dentro de mí que busca desbaratar los malos recuerdos.
Yo estaba entonces en mis comienzos. Apenas unos días antes había agarrado la cuerda, cuando las muchachas de Trujano me dieron la oportunidad, haciéndome un campito a su alrededor. Y a pesar del contrapeso que era tener siempre delante de una al sujeto que tronaba las nueces; a riesgo de estar viendo a todas horas su cara seca y sus ojos sin zumo y sin pestañas y su carcaje huesudo, era mucho mejor estar aquí, trabajando en chorcha, que andar derramada por las calles.
Además, en Valerio Trujano se me desterró el miedo. Al cabo de dos o tres semanas ya no lo sentí, como si se hubiera dado cuenta de que conmigo salía sobrando. Y aunque en muchas ocasiones noté sus temblores, procuraba esconderse cuando veía mis necesidades, tal vez y seguramente por miedo a que lo mandara a vivir solo, porque el miedo es la cosa que más miedo le tiene a la soledad, según yo sé.
Así en esas andanzas, fue cuando conocí al que después fue mi marido…
Una noche se me acercó un hombre. Esto no tenía importancia, pues para eso estaba yo allí, para que me buscaran los hombres. Pero el que se arrimó esa noche se distinguía de los demás en que traía un niño en brazos. Un niño pequeño, de los que todavía se valen de la gente para ir de un lado a otro.
Al verlo junto a mí, pensé que venía a limosnear, porque alargó la mano como pidiendo dinero. Estaba yo por darle unos centavos, cuando inquirió por el precio.
__ ¡No! __ le dije yo__. Así no.
__ Así no ¿que?
__ Con eso que llevas encima.
__ A él no le interesan todavía estas cosas. __respondió__. Ahora que no estaría por demás que ya se fuera instruyendo.
Desentendiéndome de él, miré a todas partes buscando con los ojos alguna muchacha que me viniera a sacar del apuro. Pero las pocas que andaban por allí, estaban aparejadas.
__ Tal vez vienes buscando a alguien en especial __le dije__. Alguna con quien ya has estado otras veces.
__ Vengo por ti __me contestó__. Nomás dime cuánto cobras.
Parecía no entender que yo no iría con él a ninguna parte mientras cargara a su criatura.
__ Nomás dime__ volvió a decir.
Entonces le señalé un precio muy alto, quizá diez veces mayor del que acostumbrábamos pedir.
__ Está bien__ dijo__. ¡Vamos!
Yo pensé que aquello no estaba nada bien. Pero también pensé que el que “tronaba las nueces” no nos daría cuarto en el hotel. Y así sucedió. En cuanto cruzamos el pasillo, sentimos el aire de su mano huesuda que nos echaba fuera.
__ Ya ves__ le dije__, ya ves que no se puede.
__ Se podrá__ contestó él__. No faltaba más.
Estábamos otra vez en la calle. Me rodeó la cintura y me fue llevando.
__ Conozco un sitio medio oscuro… el encargado es un “tú-la-trais”. Allí si nos dejarán entrar.
Yo miraba al niño que se retorcía en sus brazos. Tenía los ojos como de gente grande, llenos de malicia o de malas intenciones. Pensé que tal vez fuera el puro reflejo de nuestros vicios.
Me hubiera gustado que se soltara berreando para que su padre le echara tierra a este negocio y se fuera con todo y niño a descansar en paz. Pensaba en eso, cuando los ojos del muchachito empezaron a reír. Me tendió los brazos y brincaba y se reía conmigo, enseñándome el único diente de su boca.
__ ¿Ya ves? __ dijo el fulano__. También él quiere ir contigo.
El chamaco estaba envuelto como tamal, enrollado en un jorongo. Lo apreté contra mi cuello dándole de nalgaditas para que de durmiera. Pero aquel niño no tenía sueño; se revolvía como gusano y buscaba con su boca allí donde sabía que estaba la comida. A rasguño y rasguño fue abriéndome la blusa hasta que sus manos se agarraron a mis senos.
__ Esta criatura tiene hambre__ le dije al tipo aquel.
__ Tenemos tiempo __contestó__. Después le daremos de comer.
Llegamos a la puerta de un hotel donde él me detuvo:
__ ¿Aquí es?__ le pregunté.
__ Si, aquí mero.
Pasamos. Atravesamos un patio donde había un tendedero de sábanas, y al comenzar a subir la escalera, oímos una voz chillona que nos gritaba que allí no era casa de cuna.
Entonces fuimos más lejos, como por allá, por las calles de Ogazón. Él se llamaba Claudio Marcos. No, el niño no era suyo. Era de un compadre. Nomás que él se había acomedido a cuidarlo porque hoy la estaba celebrando. Bueno, todos los días se las colocaba, pero nunca se había puesto tan necio como ahora.
Por eso había sacado al niño de la cantina, para que no siguiera aporreándose la cabeza cada vez que el compadre se caía al suelo. Y como ya estaba desentendido, fue fácil quitárselo. Lo bueno va a estar mañana cuando recuerde y no dé con el muchachito ni se las huela dónde lo dejó.
__ ¿No lo vas a llevar a su casa?
__para allá iba. Pero al verte varié de opinión. Se me ocurrió que el niño pasaría bien la noche con nosotros.
__ ¿Te divierte hacer eso?
__ ¿Qué dices?
__ Nada.
__ Yo a ti ya te había echado el ojo__ siguió diciendo__. Pero no me animaba a hablarte. Con esa cara no pareces de la misma raza que las otras. Si hasta creí que andarías por esos barrios nomás de visita.
__ Bueno, ¿adónde vamos?__ pregunté yo.
Él no hizo caso. Siguió caminando sin dejar de hablar.
__ Lo mejor es que lleves al niño con su madre__ le dije.
__ No ganaríamos nada con eso__ respondió__. No es ella la que le da de mamar.
Torcimos por una calle plana, desalumbrada. Al entrar a la placita de los Ángeles, un policía alcanzó a conocerme:
__no te desparrames, Olga__ dijo.
__ ¿A quién le dicen así?__ me preguntó Claudio Marcos.
__ A mí.
__ ¿No que te llamabas Pilar?
__ Da lo mismo un nombre que otro. Para lo que sirve__ le contesté, ya medio fastidiada__. Lo que tenemos que hacer es regresarnos, ando lejos de mi zona.
Llegamos al jardín de Santiago y nos sentamos en una banca.
El chiquillo se había dormido sobre mis hombros. Y aunque casi no pesaba de tan flaco, de cualquier manera no hallaba cómo deshacerme de él. No me explicaba tampoco por qué razón seguía yo allí, y mucho menos me pasaba por la cabeza que fuéramos a acostarnos juntos, con aquel recién nacido en medio de nosotros. Con todo, el hombre no daba trazas de terminar la plática.
__ Oiga__ le dije, poniéndome seria__, este niño debía estar ya dormido en su cama. Haría bien en llevárselo. Y si la madre no le da de mamar, pues hágalo usted, aunque sea nada más por consideración.
__ ¿Cree que ya es hora de que le toque?
__ Yo no sé__ le contesté__. Pero por lo flaco que está, pienso que no ha probado bocado en toda su vida.
__ Ah, no. Eso sí que no. En eso sí que no estoy de acuerdo. El niño come. Y come un resto. Nada menos hoy al mediodía se zampó media docena de tortillas. También le gusta el chile y el caldito de frijoles. Todo eso se come. Ahora que si tú no me crees, vamos a algún lado. Aquí traigo cincuenta pesos. Entramos a un merendero y pedimos cincuenta pesos de cosas y nos las comemos entre los tres. ¿Quieres?
La verdad es que yo tenía hambre. Nos metimos a la primera tortería que encontramos. Ya allí, entre tanta gente, entre el olor agarroso del chorizo frito, se me olvidó lo que andaba haciendo con aquel fulano que tenía enfrente. Y se me ocurrió pensar que a él se le había olvidado hacía rato el motivo por el que me levantó de la calle.
Comimos. Él, aparte de lo suyo, pidió un vaso de leche y unas semitas.
Sentó al niño en sus piernas y le fue dando un bocado tras otro remojado en leche. Cuando dio fin a la primera semita, tomó otra y así siguió con la tercera. El niño mordisqueaba con su único diente hasta ir achicando el pan, luego amasaba el migajón granuloso y de pronto se lo tragaba de un tirón.
__ ¿Ya ves como si se atraganta?__ me decía aquel sujeto riéndose__. Sus padres le hicieron el cogote así de grande a fuerza de embutirle, desde recién hecho, cuanta botana les daban en las cantinas. Y no cabe duda que sirve de mucho tener el cogote de este tamaño.
__ Ya que estamos en esto__ le dije__, ¿qué demontres andas haciendo tú con ese muchacho, si tiene madre que se encargue de cuidarlo?
__ ¿Te refieres a mi comadre Flaviana?
__ No sé a cuál de todas tus comadres me refiero. Pero a mí no me va a ir muy bien esta noche. No ganaré ni para vergüenzas.
__ Pienso pagarte. ¿O qué quieres que lo haga por adelantado?
__ No__ le dije__, lo que quiero es ir a cuidar mi pedazo de pared. Tal vez esté algún amigo esperándome.
En realidad, tenía miedo del “quiebranueces”. Tanto por haberme dejado ver con aquel cliente del niño, que de seguro era ir contra las reglas como por la idea que ha de haber tenido en mí, pensando que le quise meter un cachirul. Y luego estaba lo del impuesto del día, que jamás perdonaba, así una estuviera vomitando sangre.
El que decía llamarse Claudio Marcos también se había quedado pensativo. Luego dijo:
__ Soy sepulturero. ¿No te asustas si te digo que soy sepulturero? Pues bien, eso soy yo. Y nunca he dicho que con ese trabajo no gano ni para vergüenzas. Es como cualquier otro. Con la ventaja de darse muy seguido el gusto de enterrar a la gente. Te digo esto porque tú, igual que yo, debes odiar a la gente. Tal vez mucho más que yo. Y sobre este asunto quisiera darte un consejo: nunca quieras a nadie. Deja en paz esa cosa con que se quiere a los demás. Me acuerdo que yo tuve una tía a quien quise mucho. Se murió de repente, cuando yo estaba más encariñado con ella, y lo único que conseguí con todo eso fue que el corazón se me llenara de agujeros.
Lo oía. Pero eso no me quitaba del pensamiento al “quiebranueces” con sus ojos hundidos y como mudos. Mientras aquí, este tipo me estaba platicando que odiaba a media humanidad y que era muy bonito saber cómo enterraría uno a uno a los que él veía a diario. Y que cuando alguien de aquí o de por allá le decía o le hacía alguna maldad, él no se enojaba; pero callada la boca se prometía dejarlos quietos una temporada muy larga cuando cayeran en sus manos.
__... No, no me dan pena los muertos, y mucho menos los vivos. Desde hace quince años acabé con eso. Al principio, me entristecía mucho cuando a raíz de sepultar a la madre de un montón de hijos, ellos se soltaban dando unos alaridos espantosos, y se abrazaban al cajón como ladillas sin que fuera suficiente la fuerza de tres ni cuatro hombres para despegarlos. Me ha tocado asistir a infinidad de casos por el estilo. Pero ahora eso ya se murió. Cuando uno es sepulturero hay que enterrar la lástima con cada muerto que uno entierra.
“… Los vivos son los que son una vergüenza. ¿No lo crees tú así? Los muertos no le dan guerra a nadie; pero lo que es los vivos, no encuentran cómo mortificarle la vida a los demás. Si hasta se medio matan por acabar con el corazón del prójimo. Con eso te digo todo. En cambio, a los muertos no hay por qué aborrecerlos. Son la gran cosa. Son buenos. Los seres más buenos de la tierra.”
__ Salgamos fuera __le dije__. Me siento sofocada. Vamos a donde nos dé el aire.
Cuando estuvimos en la calle, todavía nos siguió por un rato el humo rancio de las fritangas. Él había escondido al niño debajo del saco, seguramente del viento de la noche.
__ Ahorita que te levantaste, me acordé de una cosa __dijo__. De que mi comadre Flaviana no tiene nada aquí __siguió diciendo, mientras se tallaba el pecho__. Ahora que si los tuviera como tú, a lo mejor estarían llenos de pulque, así que no le servirían de ningún modo para engordar a una criatura.
Entonces yo le pregunté si no tenía él por costumbre aprovecharse de la tal Flaviana cuando su compadre pasaba las noches enteras en la cantina.
Luego luego me respondió que no. Porque no había modo, pues ella no se separaba nunca del marido.
__ Los dos se emborrachan juntos y por todas partes andan juntos, hasta que se les cae o se les pierde la memoria a los dos por igual.
Casi no lo oía. Pensé ir a dormir. Pero a él se le ocurrió que nos arrinconáramos un rato a la entrada de cualquier zaguán, donde estuviéramos solos y como fuera de este mundo:
__ Me haré a la idea de que te soñé __dijo__. Porque la verdad es que te conozco de vista desde hace mucho tiempo, pero me gustas más cuando te sueño… Entonces hago de ti lo que quiero. No como ahora que, como tú ves, no hemos podido hacer nada.
Ya casi era de día. Olía a día, aunque la tierra, las puertas y las casas seguían a oscuras.
El sueño me hizo cruzar la calle y buscar algún hotel. El hombre se vino tras de mí. Me detuvo:
__ ¿Te debo algo?
__ No nada__ le contesté.
__ Te hice perder tu tiempo. Debes cobrarme lo que sepas cobrar por una noche.
Me zafé de él. Abrí la puerta y busqué el primer cuarto desocupado. Me eché vestida sobre la cama, apreté los ojos y, aflojando el cuerpo, me fui quedando dormida. Alguien rasguñaba la calle con una escoba. Alguien aquí dentro preguntó:
__ ¿Nos volveremos a ver algún día? Me quedaron ganas de platicar contigo.
Sentí que se sentaba al pie de la cama…
Es el mismo que está sentado ahora al borde de mi cama, en silencio, con la cabeza entre las manos. Acaba de despegarse de las rejas de la ventana donde acostumbra pasar las noches esperando mi regreso. Me ha dicho muchas veces que no soy yo la que llega a estas horas, que nunca acabaremos por encontrarnos:
__...o tal vez sí __dice__; quizá cuando te asegure bajo tierra el día que me toque enterrarte.
Lo que él no sabe es que quiero dormir. Que estoy cansada. Parece como si se le hubiera olvidado el trato que hicimos cuando me casé con él: que me dejaría descansar; de otra manera acabaría por perderse entre los agujeros de una mujer desbaratada por el desgaste de los hombres…
**aunque escrito en enero de 1940, como parte de la novela El hijo del desaliento, Rulfo no dio a la publicidad este fragmento hasta setiembre de 1959, en la Revista Mexicana de Literatura (nueva época, núm. 3). Reaparece en la Obras de Juan Rulfo, México, FCE, 1987. (Letras mexicanas)
05 octubre 2011
Duelo a cuarto cerrado
(Manuel Mejía Vallejo)
Ya era tarde cuando el muchacho recorrió la plaza de Balandú.
— ¡Se van a matar! —gritó con orgullo desesperado en la manera de anunciarlo.
Fue también tarde cuando el teniente salió al trote elegante hacia el local. Y tarde cuando golpeó a la puerta y la gente se apretujaba por presenciar lo que era imposible de ser presenciado.
Todos se hundieron en esa espera corta y respetuosa que intuye el ruido que debería producir la muerte: adentro el duelo era silencioso e implacable.
— ¿Quiénes?
—Ellos. Juraron darse cuchillo agarrados a un pañuelo.
En un principio fueron amigos extremos. Sólo ellos podían llegar a ser enemigos hasta la obsesión, unidos en la vida y en la muerte por ese rencor que les llenaba las horas.
Nadie respondió a los golpes del teniente, nadie respondió a los llamados del muchacho ni de la mujer vestida de negro que ponía en el grito su último vigor.
— ¡Abran la puerta!
En medio del silencio pareció abrirse paso un ruido sordo que salía del cuarto, dos respiraciones apretadas, zapatos que pisaban el suelo macizo.
— ¡Apagaron la luz!
—Se están matando en el oscuro.
El oficial hizo una seña al agente que llegó a su lado; cuando el agente regresó con un hacha y una barra, el oficial llamó de nuevo. Nadie adentro se acercó a la puerta. La mujer de negro miró al muchacho, miró al oficial, miró a la puerta. Después los ojos se sacudieron como si las miradas quisieran salir juntas.
— ¡Brutos! —dijo, y con sus manos abiertas se tapó lo que pudo de la cara. El muchacho se arrimó con la cabeza caída.
— ¡Véanla! —señaló alguien cuando el primer hachazo dio contra el borde de la chapa de gruesa llave. Unos rostros se empinaron sobre las cabezas para ver dos caminos de sangre que resbalaban debajo del portón y caían lentos al escalón del quicio. Ni una queja salía del cuarto, ni una protesta: sólo movimientos sordos, el jadeo de dos hombres en duelo a muerte.
Los de afuera empuñaron sus dedos violentamente como para no soltar el cuchillo que no empuñaban. Cuando la puerta crujió con más violencia al abrirse, empezó a crecer la sangre junto a una bota del teniente; la otra bota pisó el quicio, avanzó una mano en la oscuridad y soltó la luz.
De espaldas a lo que se volvió murmullo, el oficial ordenó al agente:
—Haga retirar a los demás.
Se fijó en el pañuelo lleno de sangre que todavía apretaban los puños de los cuerpos tendidos y que no soltaron con las cuchilladas. Sólo agregó, casi en silueta, la luz contra el poderío de su quijada:
—Estos dos ya se mataron.
Ya era tarde cuando el muchacho recorrió la plaza de Balandú.
— ¡Se van a matar! —gritó con orgullo desesperado en la manera de anunciarlo.
Fue también tarde cuando el teniente salió al trote elegante hacia el local. Y tarde cuando golpeó a la puerta y la gente se apretujaba por presenciar lo que era imposible de ser presenciado.
Todos se hundieron en esa espera corta y respetuosa que intuye el ruido que debería producir la muerte: adentro el duelo era silencioso e implacable.
— ¿Quiénes?
—Ellos. Juraron darse cuchillo agarrados a un pañuelo.
En un principio fueron amigos extremos. Sólo ellos podían llegar a ser enemigos hasta la obsesión, unidos en la vida y en la muerte por ese rencor que les llenaba las horas.
Nadie respondió a los golpes del teniente, nadie respondió a los llamados del muchacho ni de la mujer vestida de negro que ponía en el grito su último vigor.
— ¡Abran la puerta!
En medio del silencio pareció abrirse paso un ruido sordo que salía del cuarto, dos respiraciones apretadas, zapatos que pisaban el suelo macizo.
— ¡Apagaron la luz!
—Se están matando en el oscuro.
El oficial hizo una seña al agente que llegó a su lado; cuando el agente regresó con un hacha y una barra, el oficial llamó de nuevo. Nadie adentro se acercó a la puerta. La mujer de negro miró al muchacho, miró al oficial, miró a la puerta. Después los ojos se sacudieron como si las miradas quisieran salir juntas.
— ¡Brutos! —dijo, y con sus manos abiertas se tapó lo que pudo de la cara. El muchacho se arrimó con la cabeza caída.
— ¡Véanla! —señaló alguien cuando el primer hachazo dio contra el borde de la chapa de gruesa llave. Unos rostros se empinaron sobre las cabezas para ver dos caminos de sangre que resbalaban debajo del portón y caían lentos al escalón del quicio. Ni una queja salía del cuarto, ni una protesta: sólo movimientos sordos, el jadeo de dos hombres en duelo a muerte.
Los de afuera empuñaron sus dedos violentamente como para no soltar el cuchillo que no empuñaban. Cuando la puerta crujió con más violencia al abrirse, empezó a crecer la sangre junto a una bota del teniente; la otra bota pisó el quicio, avanzó una mano en la oscuridad y soltó la luz.
De espaldas a lo que se volvió murmullo, el oficial ordenó al agente:
—Haga retirar a los demás.
Se fijó en el pañuelo lleno de sangre que todavía apretaban los puños de los cuerpos tendidos y que no soltaron con las cuchilladas. Sólo agregó, casi en silueta, la luz contra el poderío de su quijada:
—Estos dos ya se mataron.
20 septiembre 2011
La Venganza
Manuel Mejía Vallejo.
A veces trataba de olvidar que buscaba a un hombre para matarlo. Sin embargo, seguía de pueblo en pueblo, de hacienda en hacienda, con un odio que ya me cansaba los ojos.
—Se necesita querer mucho a una persona para buscarla tanto —opinó alguien.
—Tal vez odiarla mucho —dudó otro. Y a mi pregunta respondían: “¿Un gallero de cuarenta y cinco años? Hay tantos galleros de cuarenta y cinco años. En algún cruce tropezará con él”.
Por eso, continuaba trillando caminos de pueblo en pueblo, de finca en finca: tal vez esos caminos me han dañado: en ellos recogí emociones que me hicieron más hombre. O menos hombre, según se mire. A veces se pegaban dentro, sin maltratar; otras me incomodaban, se hacían cuerpos extraños, pero de nadie más, como remordimientos.
—A las ferias de Tambo irán los mejores galleros —dijo alguien.
Y cuando tuve la seguridad de que allí encontraría al que debía morir, con la yema de un pulgar probé largo rato la punta de mi cuchillo.
“Los mejores galleros…”. Desde pequeño me despertaban los cantos de los gallos, entre ellos crecía, ellos me fueron enseñando el camino del hombre. Diariamente mi madre les echaba maíz como si alimentara recuerdos. Días. Meses. Años.
—Deberías venderlos —le dije por decir.
Terca en la fidelidad a su pobre historia respondió:
—Él vendrá por sus gallos cualquier día. Aguilán sigue cantando.
Toda ella parecía irse al mirar por la ventana.
—”Mañana volveré. No hay uno igual” —le dijo el desconocido años atrás.
Nunca regresó el hombre por su gallo. Nunca regresó por ella.
Y se arrastró el tiempo, y Aguilán no atacó más su sombra, y se mellaron las espuelas, perdió las plumas negras de su cola roja, y una mañana el pico amaneció clavado en el polvo. Mi madre lloró, cortó las espuelas y las clavó en la pared, junto a las del desconocido. Pero otros hijos de Aguilán cantaron en los corrales y mi madre los crió empecinada.
—Algún día vendrá por ellos.
—No vendrá, madre.
— ¿Iba a dejar olvidado su mejor animal de pelea?
—Madre, ya murió. Aguilán está muerto.
—Qué sabe uno…
Este hombre se había dañado su destino, había dañado el mío. Desde que oí por primera vez el canto de los gallos, desde que una vez empezó a contestar dentro, como si aquel canto me perteneciera. Tardes y tardes pasé en los corrales espantando esa voz, pero el camino estaba marcado: también yo sería gallero.
(De ahí en adelante, la vida fue espuelas, crestas, picos, plumas. Plumas de rojo quemado. Plumas jaspeadas. Plumas saraviadas. Plumas de gallo peleador. Y seleccionaba los que a picotazos destruían su imagen en los charcos, los que atacaban su sombra y curvaban cuatro plumas negras en su cola roja. Al verme adiestrándolos, mi madre pronunciaba un “igual al otro” con vaivén de cabeza. Ignoré si se refería a mí o al gallo de turno).
Por instinto sabía volverlos más combativos. Ella observaba, se enteraba de que era el ganador en el vecindario, y de su silencio saltaban palabras que formaban parte de ese mismo silencio: “Tenía que ser así”. Porque yo estaba marcado. Como los gallos que nacen para matar o para morir peleando. Y no reclamaba. Sabía que alguien torció nuestro camino, que nosotros torceríamos el de alguien con o sin culpa.
Aunque la vida era amable al tender la soga a las reses en estampida, al oír el viento en la crin de los caballos, al sentir el olor de la madera, no dejaba de transferir mi odio, por eso, al lidiar toros y muletos duplicaba mi fuerza, imaginando que dominaba al desconocido.
Hasta los picotazos de mis gallos me vengaban; era él quien los sufría. “El día señalado nos veremos frente a frente, y morirá”, juré todavía niño. Y amolaba despaciosamente espolones y cuchillos mientras miraba a cualquier punto.
Días. Meses. Años.
Aún creo recordar el brillante sonar de las espuelas de mi padre sin figura, las de los vaqueros, las corvas espuelas de Aguilán. Cuando en las noches me tendía sobre la hierba, fijaba en una estrella los ojos, porque las estrellas me hacían rodajas metálicas. Entonces rayaba la hierba con los talones, vengativo.
Sin embargo, en ocasiones luchaba por resignarme a oír hablar a mi madre de cuando el desconocido le entregó el gallo y le dijo: “Es de la mejor cuerda, volveré…”.
Pero detrás de mi sombra decía: “hay que encontrarlo”. Porque al formarme en el odio tuve que aceptar el engranaje y vivir en mí mismo, como en casa ajena. Por lo menos esto había llegado a comprender: debía recorrer mi pesadilla, hundirme en cada hora como en el barro, llenar este espacio para el grito.
Y lo llené con odio, desde que oí cantar los gallos, desde que vi a mi madre echarles maíz, como si se desgranara, desde que me hice vaquero. Por eso, cuando dijeron: “Irán los grandes apostadores a las ferias de Tambo”, con una alegría cansada agarré camino, el gallo bajo el poncho veranero, entre el cinturón y mi piel el cuchillo, para el que un día prometió mentirosamente: “dejo el cuatroplumas en prueba de que volveré”. Porque desde esa promesa, mi madre no tuvo otra vida que la de Aguilán. Meses, años de diálogos sin objeto. “¿No oyes zumbar la candela?”. “¿No te lo dije? Es señal de que vendrá”, y descolgaba las espuelas del muro. Yo alzaba la voz al verla tan ingenua.
“Nadie llegará, madre. Estamos solos. ¡Solos!”.
Y nadie llegaría. Comíamos pan duro, comíamos silencios, duros, con la sopa sobre un mantel de cuadros amarillos y rojos, remendado una y cien veces junto a la ventana. Nunca la ausencia de aquel hombre dejó de llenar el rancho, nunca una alegría sin mancha llegó a nuestra mesa gris.
Y cuando las afueras del pueblo se hicieron pequeñas, salí lejos para ganar con qué apostar a mi gallo. Amansaba potros y muletos, arreaba ganado, organizaba tandas de cartas y dados, no perdía carnavales ni ferias, para decir cuando encontrara al desconocido: “Lo juego todo a mi gallo”.
En Aguilán habría de jugarme esa cosa amarga que era mi vida.
Y ahora el día estaba conmigo, con las primeras casuchas de Tambo a medio destruir por los terremotos. En las arenas del cauce saqué el gallo para darle aire, para que se desentumeciera y mandara un canto al rescoldo del mediodía.
Sobre un filón de lava una iguana se secaba al sol, tostado ya su color verde. Cuando le arrojé un pedrusco, se escabulló por el cauce. También en el pueblo estarían durmiendo como iguanas la siesta, sobresaltada por los cohetes. Cualquiera hora sería de siesta en la modorra de Tambo.
—Aguilán —dije levantándome—. Se acerca la hora.
Del pueblo rodaba el eco de una rara canción. “La cantará uno que no quiere llorar, ni morirse”, reflexioné avanzando por sobre troncos de lava: “Milagro que viva el pueblo tan cerca de un volcán”. Alguien aporreaba con un palo unos cueros contra dos armatostes. “Sirve de acompañamiento a la canción del loco”, pensé. Más adelante avanzaba un hombre de una sola mano —sería el sepulturero— con su pica al hombro, el muñón en la frente, para enjugarse. La sombra de la pica culebreaba en el suelo.
El camino de lava se volvió calle, en la calle había sol y frases de personas invisibles. “¿Lloverá está semana?”. “Qué ha de llover”. “Tal vez candela de volcán”. “Tal vez candela”.
A la sombra se despatarraban dos gallinas, un ala desplegada, la otra barriendo el polvo. Más adelante, la fonda de los galleros, así lo supuse por su nombre: El Gallo Rojo. Al llegar al portón, mi sombra se recostó en el suelo, como un largo cansancio. Sólo una muchacha aguardaba detrás de los estanques.
— ¿Qué se le ofrece? —preguntó con dejo de quien no está acostumbrado a ser amable por obligación. Un tablón chirrió con mi peso, con mi peso traqueteó el taburete. Las piernas se estiraron, sobresalieron las botas con polvo y barro seco. Resollé.
— ¿Qué desea?
Las cosas circundantes significaban más que la muchacha: eran mi prolongación.
—... El día señalado… —repetí, para mi venganza.
Los cascos herrados de un caballo negro al galope, brillaron sobre las piedras de la calle. Una de las gallinas salió corriendo, la otra apenas se rebulló.
— ¿Aquí se reúnen los galleros? —pregunté a la muchacha en lugar de responderle.
—Pronto llenarán esto —informó, sin largar un trapo con que aparentaba desempolvar los taburetes, y calculando mi estatura. Era denso el olor de ceniza. Volvió a retumbar el volcán.
—Feo ese animalón bramando cada cinco minutos —dije. Ella sopló un cadejo de pelo, que se le venía a la cara, y miró al cielo visible por un ángulo del techo.
—Dicen que el sol quema los pájaros en pleno vuelo. —Con las manos remedó alas que se quiebran—. Caen chamuscados al polvo.
En su presencia disminuía el sopor.
—Deme algo de beber —dije—. Y de comer, he caminado mucho.
Y ahora la observaba. Ella disimuló restregando el estante. Me pareció blanda la tarde: era como si tocara sus senos a la orilla de un río. Mientras servía, y para espantar mi fijeza, preguntó, refiriéndose al bulto bajo mi poncho:
— ¿También es gallero?
En su tono había esperanza de que lo negara; por eso dio la espalda cuando asentí, sin hablar. Algo mío, sin embargo, descansaba en la muchacha.
—Los martes de feria atiendo la fonda —dijo abanicándose—, porque mi papá sale a recoger galleros.
Galleros, cohetes, la cercana muerte… Los minutos empezaron a alargarse como si los estiraran de las puntas, como en las grandes esperas. En la trastienda hervía agua en una olla de barro. “Allí sancocharán los gallos que resulten muertos”, imaginé con fastidio. Un vaho extraño flotaba en derredor. No sé de dónde venía al pueblo tanto humo. “Candelas de verano”, pensé, aunque podía ser una sensación de olor.
— ¡Helados! —pregonaron en una esquina; la voz soplaba como viento. Por la calle pasaban bultos blancos, negroides, mestizos. Ninguno de ellos reflejó a mi madre, a su silencio junto a la ventana, a mí mismo.
—Pueblo raro —comenté por no callarme.
Alguien, lejos, tocaba un tambor. Recordé al que aporreaba los cueros de res en las afueras, la barriga de las iguanas y de los caimanes, un perro con el buche inflado de muerte.
—Es un pueblo con maldición —dijo retorciendo el trapo—. Él manda en este infierno. Él, y esta sofocación que no se larga.
El reverberar seguía llegando en el humo. Venía del almendro, del volcán, de los cohetes, de las piedras con matas de humo. Humo de verano. Candelas en las nubes.
— ¿Quién es Él?
—El cojo. Hace lo que le da la gana: en la fonda, en la gallera, en las ferias, en la comarca. Ya lo conocerá.
De cuando en cuando, voces gelatinosas, sin personas que las pronunciaran, hablaban de ganado, de las riñas, de la sequía, de asesinatos. Por una tapa asomaba un muñón de cacto. El reflejo del sol hería en los techos de zinc, en la pica de enterrador, que regresaba amenazando a un gañán con su mano ausente. La otra gallina de desperezó antes de escurrirse por un portillo.
— ¡Helados! —volvieron a gritar más cerca, pensé que con mi propia voz. La lengua de la muchacha recorrió los labios.
—Eran famosas las ferias de Tambo; la gente no volvió por miedo del cojo. Esto se llena sólo de tahúres y galleros… Siempre la misma canción. Está loco, el pobre.
— ¿De qué enloqueció?
—De miedo, dicen.
Dos cohetes estallaron en el cielo amarillo.
— ¿Miedo de qué?
Subió los hombros y mordió un mango que arrojó a un balde. Seguimos la trayectoria de la fruta.
—De Tambo, del volcán, del cojo: matan, hacen pesada la vida.
Cuando el mango dio contra el asiento del balde, aplaudió con asombro infantil, que borró al asomar otra iguana por la puerta del fondo.
— ¡Fuera, sapo estirado! —dijo aventándole el trapo. Sonreía a su reintegro—. De todas partes salen iguanas. ¡Qué pesadilla! —aclaró.
—Se creería un caimán.
Imaginaba que debajo de cada piedra y de cada raíz se encontraría un alacrán, que iguanas y ciempiés se turnarían los chinchorros de los niños, que el tiempo se medía en retumbos de volcán. Las noches de Tambo deberían jadear como perros con fiebre, como yo estaba por hacerlo, cuando advertí que la muchacha me observaba. Hice buches de aire.
—Tambo, los otros, dan lo mismo. Hombres, pueblos, gallos…
Miró como si abriera una puerta. Quizá le interesó este actuar y vivir alejado de mi vida, este aire que dice: todo venía señalado.
— ¿Ha viajado mucho? —preguntó dando una vuelta.
—Desde los doce años.
—Doce años. Ni gitano que fuera.
—Busco a un hombre.
—Debe quererlo mucho para buscarlo tanto tiempo.
—O aborrecerlo.
No le sonó esto. Harto de odios vivía Tambo para hablar de nuevos odios. Yo volví atrás un minuto. Cien caminos recorría, cien más en busca del desconocido. Llanos, colinas, cerros. Desde cada cerro veía más lomos cordilleranos. Y cada lomo cordillerano era como un inmenso vuelo de montes.
— ¿Ha pasado por los páramos? —preguntó.
—He vivido en páramos.
—Suena sabroso la palabra páramo. Es fría.
Viéndola sentía el sabor de la música en las tierras altas, parecida a viento y a lluvia sobre los árboles.
—Esta tienda es de mi papá —dijo al servirme—. Mi papá fue el mejor gallero.
Algo se sacudió violentamente en mí. También Aguilán se conmovió a la presión de mi mano. Y al oír que algunas personas se acercaban, mi cuerpo se enfrentó a la puerta, menos los ojos, que buscaban signos familiares en la joven. Sólo cuando el ruido estuvo a pocos metros, retiré de la muchacha mi vista. La suya me seguía, en guardia. Escuchábamos el brillo de las espuelas en las piedras, el cambio de los pasos: sobre el cascajo, sobre el chasquido de los cuescos de coco, sobre la acera. Pasos pesados contra el maderamen, a la sombra.
Bajo los sombreros, diez rostros fueron llenando la fonda: parecían empotrados en el sonar de los tacones. La sensación del humo aumentó con sus cigarros, con las rodajas de sus espuelas, que sacarían chispas si chocaran en unos ijares.
—Ya está, muchacha —le dijo un cincuentón, indicándole que podía salir, y se situó tras los estantes para servir aguardientes a los recién llegados. El sudor resbalaba en pequeños arroyos.
Llevé el pañuelo a mi frente, aliviado porque no podía ser este el tipo a quien buscaba. Cuando la muchacha retiró mis trastos, susurró:
—Quiero que gane su gallo.
Bajo mi poncho apreté una mano que no existía.
— ¿Hablaremos después? —pregunté, señalando vagamente el cañaduzal.
Ella ladeó las pestañas, creo que ofendida, y salió a la calle. Cerré los ojos para oír mejor sus pisadas. Mi mano pasó del cuchillo a las plumas de Aguilán. Sobre ellas aprendía a perdonar viejas historias.
— ¿Qué traes escondido, forastero? —preguntaron insolentemente desde un grupo.
—Un gallo de pelea —contesté, con ganas de levantarme para seguir a la joven. Ellos removieron sus taburetes. El tablón chirrió con mi peso.
— ¡Helados! —gritó un negro, que arrastraba su carretilla blanca y sucia, pero continuó su camino al ver a los buscapleitos. No pensé: “Va un negro vendiendo helados”, sino: “Lo chamuscó el sol”. Únicamente al rato volvió a oírse el pregón, como una tinaja de agua sobre carbones al rojo. Y con el pregón, el golpe de un palo contra seis cueros de res.
—Dice que trajo un gallo de pelea —se burló uno, haciendo sonar la rodaja de su espuela. Los otros aflojaron el barboquejo, empujaron atrás los sombreros y dejaron colgar las manos cerca de cualquier empuñadura.
El trato con gallos de riña me enseñó a manejar el cuchillo y a conocer a los hombres: aquellos tenían ganas de matar. Yo quería seguir a la muchacha, mi pelea no debía ser con ellos. Por eso les dije, al pisar el escalón de salida y quebrar con la suela un cuesco de algarroba:
—Nos veremos en la gallera.
Caminé en dirección del cañaduzal, la cara hacia los pedregales del volcán, donde crecían para las nubes unas matas de humo. Y cuando me perdí con la muchacha, el sol tumbaba el humo, tumbaba las sombras contra el suelo rajado.
Lejos cantaban la extraña canción.
* * *
Al contacto de mi mano, las plumas de Aguilán tenían la aspereza de las hojas, de la caña, la suavidad que tenía la piel de la muchacha al sol de Tambo.
En los muros agrietados se retorcían millares de alacranes, de arañas, de lagartijas. Observaba las rajaduras en las tapias desconchadas, sus costillares de guadua y cañabrava, una tira de papel inmóvil en una alta viga; si se hubiera movido, se habría refrescado. Pero en Tambo no entraba brisa, entraban el humo, el chillar de los grillos de verano, el golpe del tambor.
Desde hacía rato me había apostado en la última grada de la gallera. Observaba a la gente, las telarañas, las grietas dejadas por los terremotos.
Desde mi sitio distinguiría al desconocido, entre mil pasos los pasos suyos, el color de sus botas, el sonar de sus espuelas. Siempre las soñé. “Madre, quiero medírmelas”. “Cuando crezcas, hijo”. Tal vez ella pensara que eran espuelas para andanzas sin retorno. Únicamente pude calzarlas, cuando el tiempo de la venganza se hizo caminos. Uno de esos me llevó a Tambo, donde esperaba alerta la hora señalada.
Cuatro bancas abajo, el grupo de la fonda echaba pullas, que yo desoía y que se interrumpieron al entrar un hombre alto y cojo.
Algo cojeó en mí al comprender que ese era el desconocido, a quien busqué durante quince años, a quien atisbó mi madre, desde una ventana al camino, sin pasos de regreso.
Mis manos se volvían puños bajo el poncho. Cojo y alto. Para encontrarlo, una vida entera. Al verlo no me dije: “Tiene una pierna más corta que la otra”, sino: “Tiene una pierna más larga”. Largas, gruesas aun la recogida, rematada en bota de triple tacón. La cojera hacía parte de su mismo vigor, le infundía una insolente superioridad física.
Los otros le fueron abriendo paso, porque veían un jefe en la presencia golpeante, en el ancho cinturón de dos hebillas, en sus manazas terminadas en un zurriago de arriero.
—Dice que trajo un gallo —señaló uno del grupo. El Cojo se quedó mirándome. Algo cojeó también con vigor en su mirada; parecía descubrir un recuerdo.
—Le podríamos casar pelea con mi gallina —invitó el de bigotes ahumados, en voz alta, porque la bulla impedía escuchar. Miré sin mover los párpados, hasta que metió las manos entre los botones de la camisa para ventear el sudor pegajoso. Algo volvió a cojear en el recién llegado. No dejaba de fijarme en su chaqueta, en su mandíbula, en sus ojos fuertes. Lo veía, las espuelas en la noche, veía a mi madre, veía el apego a su pobre historia, su dolor remendado una y cien veces la desolación de la mesa gris. “Hijo, ¿no oyes zumbar la candela?”.
—El joven no nos quita la vista —dijo el Cojo silabeadamente, interesado en mi postura. Porque siempre fui de ojos y labios tranquilos, nunca las manos tuvieron más afán, tampoco las piernas lo tuvieron.
—Si nos mostrara el pollo, hasta le permitiríamos sacarlo al redondel —agregó, queriendo decir que había esperado mucho. Trazó una raya con el herrón del zurriago y se dirigió guasonamente al de bigotes ahumados:
— ¿Qué edad tiene tu gallina?
El otro se pavoneó, porque el jefe lo determinaba en público.
—Pues ya están canosas las plumas.
—Entonces puede que le aguante el pajarraco del amigo.
La risa ocultó otra expresión. Sonreía como si mirara un recuerdo. Mi seguridad lo hacía replegarse dentro de sí mismo, agazaparse para el salto que nunca se da. Tal vez este aire de hombre libre contribuyó a contenerlo.
Después de desatar un nudo, el Cojo se puso a desenrollar el rejo que cubría el zurriago. Su lentitud amenazadora al desenvolverlo anunciaba castigo. Con la punta ya libre latigueó sus pantalones.
— ¡Eh, usted, forastero! —gritó dando un bastonazo a la valla del redondel. Seguramente para hacerse notar había herrado los tacones de sus botas y el extremo de su bastón. Los ojos giraron contra mí. Varios se carcajearon, para descansar, por cualquiera exclamación chabacana. El Cojo dirigió las risas de sus secuaces. Por un momento, la gallera se carcajeó a una orden no impartida. Sonreía, antes de remedar el vozarrón del hombre, todavía de espaldas:
— ¡Eh, usted, Cojo!
Se le vio el aturdimiento. De un golpe se cerraron las bocas. Tal vez porque yo podía tener oculto en mi poncho un puñal, o una hachuela, o un revólver con el gatillo a punto, su reacción se redujo a tres palabras escandalosas:
— ¡Aquí lo espero!
— ¿Por qué no sube usted? —rechacé—. Con tantos berridos asustará a los gallos.
Afirmó en la mano el zurriago y saltó ágilmente la primera grada. Al entrar en un parche de sol el polvo se convirtió en mil insectos espantados por la luz.
Todos dependían de mí, del gamonal.
— ¿Quiere verme cojear, forastero?
—No —contesté—. Ya lo vi cojeando, y lo hace muy bien.
Advertí que echaba al suelo no su cojera sino su manera de explotarla, su agresividad respaldada en ella. El público estrechaba más. Arreciaba el calor, arreciaban los golpes contra los cueros de res, arreciaba el bramido del volcán.
—Le salió respondón el muchacho —comentaron.
Ante la merma de su autoridad, el Cojo se plantó, agresivo el tono por mi impasibilidad.
—Forastero, ¿va a sacar el gallo?
—No —respondí secamente—. No quiero mostrarle el gallo.
El silencio fue como si oyeran algo pesado que estuviera por caer encima.
— ¡Helados! —volvió el pregón del negro, calle arriba. La rueda metálica de su carretilla debía de sacar chispas al cascajo.
Quietas seguían las alas de los pájaros y la cinta de papel. El humo de verano seguía quieto. El Cojo saboreaba la prolongación de la escena, jugaba con los nudos del zurriago asegurado a su muñeca por una trenza de cuero.
— ¿Qué opinan? —se dirigió a los suyos preparando un salto grande—. No lo muestra.
—Deberíamos averiguar por qué —intervino el de bigote, provocador en el arrastrar de las letras y en el sobar la canana con la palma de sus manos. Como si rastrillara un fósforo en un reguero de pólvora, el Cojo hizo la pregunta.
—Y… ¿nos diría siquiera el nombre para empezar?
Enrollaba el rejo en sus manos, lo volvía a desenrollar. Sonreía como si golpeara. Mis ojos rozaron como espuelas sus mejillas. De un manotazo sacudió el raspón, brincando con ayuda del zurriago la primera grada.
—Es una historia fea —empecé con desaliento. Un cohete dibujó en el aire una alta palmera de humo. Si hubiera estallado el volcán, me habría importado poco. El Cojo avanzó desenrollando el rejo. Era inaguantable la tensión. Yo calculaba el estilo de su ramalazo, la manera de esquivarlo, y asegurar efectividad al cuchillo.
— ¡Déjenlos solos! —reclamaron voces dispersas cuando intentaron atacarme. Los secuaces advirtieron un atrevimiento no acostumbrado y se aquietaron después de consultarse. El Cojo entendió que la hora había llegado.
— ¡Eh! —le habló al de bigotes ahumados en tono falsamente suave: contémosle cómo nos abandonó el Bruto.
Con un índice el otro fue echando más atrás el sombrero hasta despejar la frente; el índice imitó un cañón de revólver.
—Pues cuando se dio cuenta de que no obedecía él mismo se lo fue disparando.
—Pero —volvió el Cojo, marrullero—, ¿por qué se lo dispararía?
El de bigotes alzó un hombro, con la navaja rebanó un trozo de caña.
—Ya estaba en edad de morirse. —Fingió expresiones de lástima cuando remató: —Feo se veía el hueco en la frente.
Esperaron a que surtiera efecto la amenaza. Pero siempre hay palabras que detienen puñaladas o disparos. Yo tenía las mías:
—Aguilán se llama este gallo…
El asombro del Cojo empujó mi voz lenta como su peso, ahora condescendiente.
—Yo quería ponerlo Gavilán; mi madre quería ponerlo Águila. Al fin lo pusimos Aguilán: un viejo nombre, mezcla de gavilán y águila.
Se detuvo, y con él sus matones. Envejeció dos años o veinticuatro. Toda mi edad lo derrumbó. Mi edad más nueve meses. Por un momento creí sorprenderle una buena mirada. Tal vez fuera posible… Los otros se extrañaron de la impasibilidad mía, del repentino balbuceo del Cojo y de su grito:
— ¡Tengo que ver ese gallo!
Había convertido en látigo el rejo para castigar su pasajero temblor. Me lo disparó desde los tres metros. No fue difícil evitar la marca en el rostro y dar con el rejo una vuelta en mi muñeca, dejando libre el pulgar. Así, mil veces tumbé potros y toros en mi trabajo de vaquero y amansador. Lo mismo pasó con el Cojo: de un formidable jalón le hice saltar la grada restante. Los del grupo se movían como si tascaran frenos.
—No saldrá vivo, forastero —exclamó hecho un nudo de músculos rabiosos, y se irguió con agilidad de puma.
“No saldrá vivo…” Podía ser. Vivo. Muerto. Alguna tumba debería estar cavando la pica del enterrador.
— ¡Tengo que ver ese gallo! —repitió. Pero al querer rasgar el poncho, con la hoja de mi puñal le hice un chisguete en el cinturón. Paró en seco, arqueando el vientre para evitar que le hundiera el cuchillo. Dije sereno, pendiente de su bastón y señalando con la barba el cuchillo:
—Así son las espuelas de Aguilán.
—... Como aceros afilados… —Pareció recordar, esquivando el cuchillo. Dos o tres clientes sacaron sus armas, pero el Cojo movió los dedos para que de nuevo llenaran sus estuches. No era de ellos la pelea.
El público dejó de vociferar, apretujado contra nosotros. Algunos cargaban todavía sus gallos. Gotas de sudor salpicaban la frente del Cojo y la mía.
—Está jugando con ventaja, forastero —dijo. Solamente él y yo sabíamos lo que quería decir: al insinuarle que él era mi padre, neutralizaba su poder, lo ponía en ridículo delante de un pueblo sometido a su crueldad.
— ¿Y quién no ha jugado con ventaja? —Señalé a los matones—. ¿Usted? —Le inquietaba mi mano serena, su limitación para arrastrarme, estas burlas temerosamente echadas de contrabando:
—Perdió los estribos el gran Cojo. El forastero ni soltó el gallo tapado.
—Se le cuajó la sangre al viejo guapetón.
Comprendí hasta qué punto lo odiaban, pero aquella solidaridad conmigo me pareció cobarde. Él viró con desprecio en redondo, volvió a enfrentárseme y ordenó para dejar la decisión a los gallos:
—Traigan a Buenavida.
Dos hombres salieron por una puerta falsa. Con mi cuchillo corté el rejo tenso entre mi puño y su muñeca. Mi vida se había hecho para este momento.
Uno de sus incondicionales le trajo una jarra con agua. Al beber regó parte del líquido. Con el dorso de un brazo restregó la barba mojada y vació el resto del agua en la cara y en la muñeca sangrante.
— ¿Cómo quiere la apuesta? —preguntó resollando—. Por algo trajo el gallo tapado.
—Para destaparlo al mejor apostador y al mejor gallo.
Al levantarme palmoteé mis pantalones. El polvo se regó como el golpe de los aletazos en el ruedo, a medida que bajábamos grada por grada, frente a frente, con lentitud, dueño cada cual de los movimientos acompasados del otro, de sus intenciones más ocultas.
El descenso fue un espectáculo para los galleros, que hacían comentarios exagerados, casaban apuestas, abrían camino para que el Cojo y yo entráramos en el ruedo. Su gallo vino en manos de los dos hombres, lo recibió sin acreditarlo ni apartar de mí su intención. Podría jurar que no me veía a mí sino todo lo que detrás de mí pudiera referirse a él. Tal vez una escena de muchos años atrás., cuando entregó un gallo a una mujer y le dijo: “Es de la mejor cuerda, volveré por él”. Gallos, pueblos, mujeres. Un rancho en las afueras, un par de espuelas plateadas, vagabundaje sin regreso… Yo saqué lo que llevaba para apostarlo. Muchos ojos brotaron, se acabaron los silencios que aún quedaban.
— ¡Es un dineral! —exclamaron al ver en el suelo el producto de mis años de preparación.
— ¡Nunca vimos una apuesta igual por estos rumbos!, ni la volveremos a ver.
Crecían las suposiciones sobre el porte de mi gallo, sobre mi procedencia. “Al diablo se parece”, dijeron. Y refiriéndose al Cojo: “¿Qué le pasará?”. Él clavó a un lado el zurriago y habló sin importarle el dinero:
—Destápelo, joven. —Otro brinco lo colocó en mejor posición —. Le enseñaré de gallos y de hombres.
Nada respondí. Pero sus palabras me hicieron cantear el poncho y destapar el gallo.
— ¡Aguilán! —exclamó al verlo, y desde ese momento no dejó de mirarme. Era como si en un espejo empañado tratara de reconocer un rostro que pudo ser el suyo. Los movimientos empezaron a ser mecánicos, tenían un extraño agotamiento. Recordé los gallos perdidosos, un viejo gavilán que un día cayó muerto, se sus alas a unas pencas de cabuya.
—Cola roja, cuatro plumas negras —recité masajeando suavemente al animal, fijos los ojos en el Cojo—, corto el pico, largas las espuelas. Hay que saber de gallos y de hombres.
Nuevas cabezas asomaban por sobre otros espectadores, más silencios y más voces acabaron de embrutecer la gallera. El volcán, los cueros de res, la absurda canción. El Cojo y yo callábamos frente a frente, separadas las piernas, arqueados hacia adelante, en las manos los gallos listos para el careo.
— ¡Doble contra sencillo a Buenavida! —borbotó el de bigotes. Quería en realidad apostar a su dueño. La gente volvió a pensar en desafíos:
— ¡Cinco a uno mando yo!
— ¿También le llegaría la hora?
El cojo les tiró una mirada con el grito:
— ¡Aparo todas las apuestas!
El amo de Tambo recuperaba energías, levantaba su vigorosa cojera. Era digno de un odio grande: pensé en la agria soledad de mi madre, en sus ojos fatigados, en sus sienes, en su frente de edad sin medida. La veía en las tareas humildes: cuando amasaba los puños de cacao; cuando tendía ropa en la cerca; cuando echaba maíz a los gallos; cuando asaba tortillas al zumbar de la leña verde… Y un pañuelo doblado nerviosamente, y tres fotografías borrosas, y un olor de cebollas y humo, y una fonda gris, y un mantel a cuadros, y otros olores inocentes, con bondad temerosa. Por eso, mi cuchillo buscaba dirección. Al frente estaba el culpable. ¿Culpable de qué? —Llegué a preguntarme— ¿De ser hombre?
La agresividad de Aguilán también fue rápida. Apenas si nos dimos cuenta de cuando los gallos levantaron humazos de polvo y se arrancaron tres plumas en los revuelos iniciales. Sin embargo, yo sentí en mí los picotazos de Buenavida, en el Cojo los espolonazos de Aguilán. Sólo una vez el hombre se fijó en mi cuchillo, sólo una vez observé cómo los nudos de sus dedos se blanqueaban en el zurriago. Continuaba llegándonos el barullo que nos rodeaba, los tropezones de los gallos sobre la arena chisgueteada.
Los picos entreabiertos decían la fatiga en la pelea. A cada segundo las espuelas eran más lentas en el ataque. Los ojos saltaban de la arena a nosotros, de nosotros a las espuelas. Puñal, zurriago, picos. Yo miraba los gallos, veía al Cojo. En un minuto debería tomar la decisión más importante de mi vida. Pero es difícil volcarse en un acto, así sea el más importante. Y no podía retardar la decisión, aunque forzarla seria desmentirla.
—Todas las mañanas ella le echaba maíz —dije con voz que apenas se oía, ronca.
— ¿Quién es ella?
Le contestó mi silencio, le contestó el suyo. Nos llegaban lejanos, los aletazos en el aire. Con el puño de una mano restregué la palma de la otra.
—Ella esperaba. Ella rezaba.
— ¿Rezaba? —contrajo las cejas peludas. Las levantó.
—Era su manera de no gritar.
Hizo amargos signos de aceptación.
—Desde cuando yo estaba niño ella me decía: “Algún día volverá”. Pero él nos torció el camino, el rancho estuvo sin hombre. Hasta que juré vengarme.
—El odio nos vuelve hombres —dijo sin convicción. La punta del zurriago trazó rayas en la arena. No quise decirle que ella había muerto. De todas maneras, para él nunca existió. Excepto ahora, cuando la vida la había matado.
—Los caminos nos pierden —añadió. Su voz se diluía entre los últimos aletazos. La punta de su lengua asomó entre los dientes; allí se quedó esperando las palabras, que salieron al fin solas, duras:
—Son torcidos todos los caminos que andamos.
No sé qué quiso decir. Era como si le hundieran muchas espuelas. El bordón se aflojó en sus manos, el cuchillo se desgonzó en las mías. Sus párpados se apagaron un poco; yo también tenía miedo de imaginar que dentro de unos segundos él yacería entre los brincos finales de los gallos, que mi mano limpiaría la sangre del cuchillo en las plumas rojas de Aguilán, en sus cuatro plumas negras.
Pero de pronto en el Cojo no vi más que un hombre, sólo un hombre, también desamparado, sin otro camino que el de la muerte. Cuando muriera le quebrarían la pierna mala a la altura de la rodilla para acomodarla en el ataúd. Me dolieron sus canas, su pierna contraída, sus arrugas, el zurriago nudoso, la gruesa bota de cuero crudo; lo supuse muy cercano a mí, con sus angustias. También él vivió trago a trago la vida, resistió el contragolpe de las propias acciones, el sabor a ceniza de cada jornada. También a él le gustaría el olor de la madera, el canto de los sinsontes, los campos sembrados después de la lluvia… Y también él tendría que morir… ¿Debería yo matarlo? Me estragaba tanta crueldad. Revólveres, puñales, espuelas. Maldita la gracia de vivir. Sentía una rabiosa piedad por todos los seres caídos. Y el Cojo era uno de ellos.
— ¡Lo mató! ¡Lo mató! —gritaron en la gallera cuando Aguilán se empinaba sobre Buenavida y cantaba despiadadamente. Me levanté, cogí mi animal, que dejó en las palmas de las manos sangre a medio coagular, y al salir clavé en el polvo mi cuchillo. El Cojo se quedó inmóvil, mirando, sin ver, la hoja que brillaba junto a las espuelas de su gallo muerto.
Cuando salí a la calle, el sol comenzaba a clavarse tras la cordillera. Unos gallinazos que planeaban sobre ella parecían pavesas de incendio. Dentro de la gallera se quemaban los últimos gritos, se quemaban los últimos silencios.
Algo de mi padre se estremeció en mí cuando vi a la muchacha a la entrada del cañaduzal. Me quedé mirándola con tristeza, con la vieja tristeza de mi madre. Únicamente dije:
—Estoy cansado.
Creo que le dolió mi fatiga.
—Aquí dejo este gallo en prueba de que volveré. Es de la mejor raza. —Y Salí pisando la sombra por el camino seco y solo. Me pareció que iba llorando.
A veces trataba de olvidar que buscaba a un hombre para matarlo. Sin embargo, seguía de pueblo en pueblo, de hacienda en hacienda, con un odio que ya me cansaba los ojos.
—Se necesita querer mucho a una persona para buscarla tanto —opinó alguien.
—Tal vez odiarla mucho —dudó otro. Y a mi pregunta respondían: “¿Un gallero de cuarenta y cinco años? Hay tantos galleros de cuarenta y cinco años. En algún cruce tropezará con él”.
Por eso, continuaba trillando caminos de pueblo en pueblo, de finca en finca: tal vez esos caminos me han dañado: en ellos recogí emociones que me hicieron más hombre. O menos hombre, según se mire. A veces se pegaban dentro, sin maltratar; otras me incomodaban, se hacían cuerpos extraños, pero de nadie más, como remordimientos.
—A las ferias de Tambo irán los mejores galleros —dijo alguien.
Y cuando tuve la seguridad de que allí encontraría al que debía morir, con la yema de un pulgar probé largo rato la punta de mi cuchillo.
“Los mejores galleros…”. Desde pequeño me despertaban los cantos de los gallos, entre ellos crecía, ellos me fueron enseñando el camino del hombre. Diariamente mi madre les echaba maíz como si alimentara recuerdos. Días. Meses. Años.
—Deberías venderlos —le dije por decir.
Terca en la fidelidad a su pobre historia respondió:
—Él vendrá por sus gallos cualquier día. Aguilán sigue cantando.
Toda ella parecía irse al mirar por la ventana.
—”Mañana volveré. No hay uno igual” —le dijo el desconocido años atrás.
Nunca regresó el hombre por su gallo. Nunca regresó por ella.
Y se arrastró el tiempo, y Aguilán no atacó más su sombra, y se mellaron las espuelas, perdió las plumas negras de su cola roja, y una mañana el pico amaneció clavado en el polvo. Mi madre lloró, cortó las espuelas y las clavó en la pared, junto a las del desconocido. Pero otros hijos de Aguilán cantaron en los corrales y mi madre los crió empecinada.
—Algún día vendrá por ellos.
—No vendrá, madre.
— ¿Iba a dejar olvidado su mejor animal de pelea?
—Madre, ya murió. Aguilán está muerto.
—Qué sabe uno…
Este hombre se había dañado su destino, había dañado el mío. Desde que oí por primera vez el canto de los gallos, desde que una vez empezó a contestar dentro, como si aquel canto me perteneciera. Tardes y tardes pasé en los corrales espantando esa voz, pero el camino estaba marcado: también yo sería gallero.
(De ahí en adelante, la vida fue espuelas, crestas, picos, plumas. Plumas de rojo quemado. Plumas jaspeadas. Plumas saraviadas. Plumas de gallo peleador. Y seleccionaba los que a picotazos destruían su imagen en los charcos, los que atacaban su sombra y curvaban cuatro plumas negras en su cola roja. Al verme adiestrándolos, mi madre pronunciaba un “igual al otro” con vaivén de cabeza. Ignoré si se refería a mí o al gallo de turno).
Por instinto sabía volverlos más combativos. Ella observaba, se enteraba de que era el ganador en el vecindario, y de su silencio saltaban palabras que formaban parte de ese mismo silencio: “Tenía que ser así”. Porque yo estaba marcado. Como los gallos que nacen para matar o para morir peleando. Y no reclamaba. Sabía que alguien torció nuestro camino, que nosotros torceríamos el de alguien con o sin culpa.
Aunque la vida era amable al tender la soga a las reses en estampida, al oír el viento en la crin de los caballos, al sentir el olor de la madera, no dejaba de transferir mi odio, por eso, al lidiar toros y muletos duplicaba mi fuerza, imaginando que dominaba al desconocido.
Hasta los picotazos de mis gallos me vengaban; era él quien los sufría. “El día señalado nos veremos frente a frente, y morirá”, juré todavía niño. Y amolaba despaciosamente espolones y cuchillos mientras miraba a cualquier punto.
Días. Meses. Años.
Aún creo recordar el brillante sonar de las espuelas de mi padre sin figura, las de los vaqueros, las corvas espuelas de Aguilán. Cuando en las noches me tendía sobre la hierba, fijaba en una estrella los ojos, porque las estrellas me hacían rodajas metálicas. Entonces rayaba la hierba con los talones, vengativo.
Sin embargo, en ocasiones luchaba por resignarme a oír hablar a mi madre de cuando el desconocido le entregó el gallo y le dijo: “Es de la mejor cuerda, volveré…”.
Pero detrás de mi sombra decía: “hay que encontrarlo”. Porque al formarme en el odio tuve que aceptar el engranaje y vivir en mí mismo, como en casa ajena. Por lo menos esto había llegado a comprender: debía recorrer mi pesadilla, hundirme en cada hora como en el barro, llenar este espacio para el grito.
Y lo llené con odio, desde que oí cantar los gallos, desde que vi a mi madre echarles maíz, como si se desgranara, desde que me hice vaquero. Por eso, cuando dijeron: “Irán los grandes apostadores a las ferias de Tambo”, con una alegría cansada agarré camino, el gallo bajo el poncho veranero, entre el cinturón y mi piel el cuchillo, para el que un día prometió mentirosamente: “dejo el cuatroplumas en prueba de que volveré”. Porque desde esa promesa, mi madre no tuvo otra vida que la de Aguilán. Meses, años de diálogos sin objeto. “¿No oyes zumbar la candela?”. “¿No te lo dije? Es señal de que vendrá”, y descolgaba las espuelas del muro. Yo alzaba la voz al verla tan ingenua.
“Nadie llegará, madre. Estamos solos. ¡Solos!”.
Y nadie llegaría. Comíamos pan duro, comíamos silencios, duros, con la sopa sobre un mantel de cuadros amarillos y rojos, remendado una y cien veces junto a la ventana. Nunca la ausencia de aquel hombre dejó de llenar el rancho, nunca una alegría sin mancha llegó a nuestra mesa gris.
Y cuando las afueras del pueblo se hicieron pequeñas, salí lejos para ganar con qué apostar a mi gallo. Amansaba potros y muletos, arreaba ganado, organizaba tandas de cartas y dados, no perdía carnavales ni ferias, para decir cuando encontrara al desconocido: “Lo juego todo a mi gallo”.
En Aguilán habría de jugarme esa cosa amarga que era mi vida.
Y ahora el día estaba conmigo, con las primeras casuchas de Tambo a medio destruir por los terremotos. En las arenas del cauce saqué el gallo para darle aire, para que se desentumeciera y mandara un canto al rescoldo del mediodía.
Sobre un filón de lava una iguana se secaba al sol, tostado ya su color verde. Cuando le arrojé un pedrusco, se escabulló por el cauce. También en el pueblo estarían durmiendo como iguanas la siesta, sobresaltada por los cohetes. Cualquiera hora sería de siesta en la modorra de Tambo.
—Aguilán —dije levantándome—. Se acerca la hora.
Del pueblo rodaba el eco de una rara canción. “La cantará uno que no quiere llorar, ni morirse”, reflexioné avanzando por sobre troncos de lava: “Milagro que viva el pueblo tan cerca de un volcán”. Alguien aporreaba con un palo unos cueros contra dos armatostes. “Sirve de acompañamiento a la canción del loco”, pensé. Más adelante avanzaba un hombre de una sola mano —sería el sepulturero— con su pica al hombro, el muñón en la frente, para enjugarse. La sombra de la pica culebreaba en el suelo.
El camino de lava se volvió calle, en la calle había sol y frases de personas invisibles. “¿Lloverá está semana?”. “Qué ha de llover”. “Tal vez candela de volcán”. “Tal vez candela”.
A la sombra se despatarraban dos gallinas, un ala desplegada, la otra barriendo el polvo. Más adelante, la fonda de los galleros, así lo supuse por su nombre: El Gallo Rojo. Al llegar al portón, mi sombra se recostó en el suelo, como un largo cansancio. Sólo una muchacha aguardaba detrás de los estanques.
— ¿Qué se le ofrece? —preguntó con dejo de quien no está acostumbrado a ser amable por obligación. Un tablón chirrió con mi peso, con mi peso traqueteó el taburete. Las piernas se estiraron, sobresalieron las botas con polvo y barro seco. Resollé.
— ¿Qué desea?
Las cosas circundantes significaban más que la muchacha: eran mi prolongación.
—... El día señalado… —repetí, para mi venganza.
Los cascos herrados de un caballo negro al galope, brillaron sobre las piedras de la calle. Una de las gallinas salió corriendo, la otra apenas se rebulló.
— ¿Aquí se reúnen los galleros? —pregunté a la muchacha en lugar de responderle.
—Pronto llenarán esto —informó, sin largar un trapo con que aparentaba desempolvar los taburetes, y calculando mi estatura. Era denso el olor de ceniza. Volvió a retumbar el volcán.
—Feo ese animalón bramando cada cinco minutos —dije. Ella sopló un cadejo de pelo, que se le venía a la cara, y miró al cielo visible por un ángulo del techo.
—Dicen que el sol quema los pájaros en pleno vuelo. —Con las manos remedó alas que se quiebran—. Caen chamuscados al polvo.
En su presencia disminuía el sopor.
—Deme algo de beber —dije—. Y de comer, he caminado mucho.
Y ahora la observaba. Ella disimuló restregando el estante. Me pareció blanda la tarde: era como si tocara sus senos a la orilla de un río. Mientras servía, y para espantar mi fijeza, preguntó, refiriéndose al bulto bajo mi poncho:
— ¿También es gallero?
En su tono había esperanza de que lo negara; por eso dio la espalda cuando asentí, sin hablar. Algo mío, sin embargo, descansaba en la muchacha.
—Los martes de feria atiendo la fonda —dijo abanicándose—, porque mi papá sale a recoger galleros.
Galleros, cohetes, la cercana muerte… Los minutos empezaron a alargarse como si los estiraran de las puntas, como en las grandes esperas. En la trastienda hervía agua en una olla de barro. “Allí sancocharán los gallos que resulten muertos”, imaginé con fastidio. Un vaho extraño flotaba en derredor. No sé de dónde venía al pueblo tanto humo. “Candelas de verano”, pensé, aunque podía ser una sensación de olor.
— ¡Helados! —pregonaron en una esquina; la voz soplaba como viento. Por la calle pasaban bultos blancos, negroides, mestizos. Ninguno de ellos reflejó a mi madre, a su silencio junto a la ventana, a mí mismo.
—Pueblo raro —comenté por no callarme.
Alguien, lejos, tocaba un tambor. Recordé al que aporreaba los cueros de res en las afueras, la barriga de las iguanas y de los caimanes, un perro con el buche inflado de muerte.
—Es un pueblo con maldición —dijo retorciendo el trapo—. Él manda en este infierno. Él, y esta sofocación que no se larga.
El reverberar seguía llegando en el humo. Venía del almendro, del volcán, de los cohetes, de las piedras con matas de humo. Humo de verano. Candelas en las nubes.
— ¿Quién es Él?
—El cojo. Hace lo que le da la gana: en la fonda, en la gallera, en las ferias, en la comarca. Ya lo conocerá.
De cuando en cuando, voces gelatinosas, sin personas que las pronunciaran, hablaban de ganado, de las riñas, de la sequía, de asesinatos. Por una tapa asomaba un muñón de cacto. El reflejo del sol hería en los techos de zinc, en la pica de enterrador, que regresaba amenazando a un gañán con su mano ausente. La otra gallina de desperezó antes de escurrirse por un portillo.
— ¡Helados! —volvieron a gritar más cerca, pensé que con mi propia voz. La lengua de la muchacha recorrió los labios.
—Eran famosas las ferias de Tambo; la gente no volvió por miedo del cojo. Esto se llena sólo de tahúres y galleros… Siempre la misma canción. Está loco, el pobre.
— ¿De qué enloqueció?
—De miedo, dicen.
Dos cohetes estallaron en el cielo amarillo.
— ¿Miedo de qué?
Subió los hombros y mordió un mango que arrojó a un balde. Seguimos la trayectoria de la fruta.
—De Tambo, del volcán, del cojo: matan, hacen pesada la vida.
Cuando el mango dio contra el asiento del balde, aplaudió con asombro infantil, que borró al asomar otra iguana por la puerta del fondo.
— ¡Fuera, sapo estirado! —dijo aventándole el trapo. Sonreía a su reintegro—. De todas partes salen iguanas. ¡Qué pesadilla! —aclaró.
—Se creería un caimán.
Imaginaba que debajo de cada piedra y de cada raíz se encontraría un alacrán, que iguanas y ciempiés se turnarían los chinchorros de los niños, que el tiempo se medía en retumbos de volcán. Las noches de Tambo deberían jadear como perros con fiebre, como yo estaba por hacerlo, cuando advertí que la muchacha me observaba. Hice buches de aire.
—Tambo, los otros, dan lo mismo. Hombres, pueblos, gallos…
Miró como si abriera una puerta. Quizá le interesó este actuar y vivir alejado de mi vida, este aire que dice: todo venía señalado.
— ¿Ha viajado mucho? —preguntó dando una vuelta.
—Desde los doce años.
—Doce años. Ni gitano que fuera.
—Busco a un hombre.
—Debe quererlo mucho para buscarlo tanto tiempo.
—O aborrecerlo.
No le sonó esto. Harto de odios vivía Tambo para hablar de nuevos odios. Yo volví atrás un minuto. Cien caminos recorría, cien más en busca del desconocido. Llanos, colinas, cerros. Desde cada cerro veía más lomos cordilleranos. Y cada lomo cordillerano era como un inmenso vuelo de montes.
— ¿Ha pasado por los páramos? —preguntó.
—He vivido en páramos.
—Suena sabroso la palabra páramo. Es fría.
Viéndola sentía el sabor de la música en las tierras altas, parecida a viento y a lluvia sobre los árboles.
—Esta tienda es de mi papá —dijo al servirme—. Mi papá fue el mejor gallero.
Algo se sacudió violentamente en mí. También Aguilán se conmovió a la presión de mi mano. Y al oír que algunas personas se acercaban, mi cuerpo se enfrentó a la puerta, menos los ojos, que buscaban signos familiares en la joven. Sólo cuando el ruido estuvo a pocos metros, retiré de la muchacha mi vista. La suya me seguía, en guardia. Escuchábamos el brillo de las espuelas en las piedras, el cambio de los pasos: sobre el cascajo, sobre el chasquido de los cuescos de coco, sobre la acera. Pasos pesados contra el maderamen, a la sombra.
Bajo los sombreros, diez rostros fueron llenando la fonda: parecían empotrados en el sonar de los tacones. La sensación del humo aumentó con sus cigarros, con las rodajas de sus espuelas, que sacarían chispas si chocaran en unos ijares.
—Ya está, muchacha —le dijo un cincuentón, indicándole que podía salir, y se situó tras los estantes para servir aguardientes a los recién llegados. El sudor resbalaba en pequeños arroyos.
Llevé el pañuelo a mi frente, aliviado porque no podía ser este el tipo a quien buscaba. Cuando la muchacha retiró mis trastos, susurró:
—Quiero que gane su gallo.
Bajo mi poncho apreté una mano que no existía.
— ¿Hablaremos después? —pregunté, señalando vagamente el cañaduzal.
Ella ladeó las pestañas, creo que ofendida, y salió a la calle. Cerré los ojos para oír mejor sus pisadas. Mi mano pasó del cuchillo a las plumas de Aguilán. Sobre ellas aprendía a perdonar viejas historias.
— ¿Qué traes escondido, forastero? —preguntaron insolentemente desde un grupo.
—Un gallo de pelea —contesté, con ganas de levantarme para seguir a la joven. Ellos removieron sus taburetes. El tablón chirrió con mi peso.
— ¡Helados! —gritó un negro, que arrastraba su carretilla blanca y sucia, pero continuó su camino al ver a los buscapleitos. No pensé: “Va un negro vendiendo helados”, sino: “Lo chamuscó el sol”. Únicamente al rato volvió a oírse el pregón, como una tinaja de agua sobre carbones al rojo. Y con el pregón, el golpe de un palo contra seis cueros de res.
—Dice que trajo un gallo de pelea —se burló uno, haciendo sonar la rodaja de su espuela. Los otros aflojaron el barboquejo, empujaron atrás los sombreros y dejaron colgar las manos cerca de cualquier empuñadura.
El trato con gallos de riña me enseñó a manejar el cuchillo y a conocer a los hombres: aquellos tenían ganas de matar. Yo quería seguir a la muchacha, mi pelea no debía ser con ellos. Por eso les dije, al pisar el escalón de salida y quebrar con la suela un cuesco de algarroba:
—Nos veremos en la gallera.
Caminé en dirección del cañaduzal, la cara hacia los pedregales del volcán, donde crecían para las nubes unas matas de humo. Y cuando me perdí con la muchacha, el sol tumbaba el humo, tumbaba las sombras contra el suelo rajado.
Lejos cantaban la extraña canción.
* * *
Al contacto de mi mano, las plumas de Aguilán tenían la aspereza de las hojas, de la caña, la suavidad que tenía la piel de la muchacha al sol de Tambo.
En los muros agrietados se retorcían millares de alacranes, de arañas, de lagartijas. Observaba las rajaduras en las tapias desconchadas, sus costillares de guadua y cañabrava, una tira de papel inmóvil en una alta viga; si se hubiera movido, se habría refrescado. Pero en Tambo no entraba brisa, entraban el humo, el chillar de los grillos de verano, el golpe del tambor.
Desde hacía rato me había apostado en la última grada de la gallera. Observaba a la gente, las telarañas, las grietas dejadas por los terremotos.
Desde mi sitio distinguiría al desconocido, entre mil pasos los pasos suyos, el color de sus botas, el sonar de sus espuelas. Siempre las soñé. “Madre, quiero medírmelas”. “Cuando crezcas, hijo”. Tal vez ella pensara que eran espuelas para andanzas sin retorno. Únicamente pude calzarlas, cuando el tiempo de la venganza se hizo caminos. Uno de esos me llevó a Tambo, donde esperaba alerta la hora señalada.
Cuatro bancas abajo, el grupo de la fonda echaba pullas, que yo desoía y que se interrumpieron al entrar un hombre alto y cojo.
Algo cojeó en mí al comprender que ese era el desconocido, a quien busqué durante quince años, a quien atisbó mi madre, desde una ventana al camino, sin pasos de regreso.
Mis manos se volvían puños bajo el poncho. Cojo y alto. Para encontrarlo, una vida entera. Al verlo no me dije: “Tiene una pierna más corta que la otra”, sino: “Tiene una pierna más larga”. Largas, gruesas aun la recogida, rematada en bota de triple tacón. La cojera hacía parte de su mismo vigor, le infundía una insolente superioridad física.
Los otros le fueron abriendo paso, porque veían un jefe en la presencia golpeante, en el ancho cinturón de dos hebillas, en sus manazas terminadas en un zurriago de arriero.
—Dice que trajo un gallo —señaló uno del grupo. El Cojo se quedó mirándome. Algo cojeó también con vigor en su mirada; parecía descubrir un recuerdo.
—Le podríamos casar pelea con mi gallina —invitó el de bigotes ahumados, en voz alta, porque la bulla impedía escuchar. Miré sin mover los párpados, hasta que metió las manos entre los botones de la camisa para ventear el sudor pegajoso. Algo volvió a cojear en el recién llegado. No dejaba de fijarme en su chaqueta, en su mandíbula, en sus ojos fuertes. Lo veía, las espuelas en la noche, veía a mi madre, veía el apego a su pobre historia, su dolor remendado una y cien veces la desolación de la mesa gris. “Hijo, ¿no oyes zumbar la candela?”.
—El joven no nos quita la vista —dijo el Cojo silabeadamente, interesado en mi postura. Porque siempre fui de ojos y labios tranquilos, nunca las manos tuvieron más afán, tampoco las piernas lo tuvieron.
—Si nos mostrara el pollo, hasta le permitiríamos sacarlo al redondel —agregó, queriendo decir que había esperado mucho. Trazó una raya con el herrón del zurriago y se dirigió guasonamente al de bigotes ahumados:
— ¿Qué edad tiene tu gallina?
El otro se pavoneó, porque el jefe lo determinaba en público.
—Pues ya están canosas las plumas.
—Entonces puede que le aguante el pajarraco del amigo.
La risa ocultó otra expresión. Sonreía como si mirara un recuerdo. Mi seguridad lo hacía replegarse dentro de sí mismo, agazaparse para el salto que nunca se da. Tal vez este aire de hombre libre contribuyó a contenerlo.
Después de desatar un nudo, el Cojo se puso a desenrollar el rejo que cubría el zurriago. Su lentitud amenazadora al desenvolverlo anunciaba castigo. Con la punta ya libre latigueó sus pantalones.
— ¡Eh, usted, forastero! —gritó dando un bastonazo a la valla del redondel. Seguramente para hacerse notar había herrado los tacones de sus botas y el extremo de su bastón. Los ojos giraron contra mí. Varios se carcajearon, para descansar, por cualquiera exclamación chabacana. El Cojo dirigió las risas de sus secuaces. Por un momento, la gallera se carcajeó a una orden no impartida. Sonreía, antes de remedar el vozarrón del hombre, todavía de espaldas:
— ¡Eh, usted, Cojo!
Se le vio el aturdimiento. De un golpe se cerraron las bocas. Tal vez porque yo podía tener oculto en mi poncho un puñal, o una hachuela, o un revólver con el gatillo a punto, su reacción se redujo a tres palabras escandalosas:
— ¡Aquí lo espero!
— ¿Por qué no sube usted? —rechacé—. Con tantos berridos asustará a los gallos.
Afirmó en la mano el zurriago y saltó ágilmente la primera grada. Al entrar en un parche de sol el polvo se convirtió en mil insectos espantados por la luz.
Todos dependían de mí, del gamonal.
— ¿Quiere verme cojear, forastero?
—No —contesté—. Ya lo vi cojeando, y lo hace muy bien.
Advertí que echaba al suelo no su cojera sino su manera de explotarla, su agresividad respaldada en ella. El público estrechaba más. Arreciaba el calor, arreciaban los golpes contra los cueros de res, arreciaba el bramido del volcán.
—Le salió respondón el muchacho —comentaron.
Ante la merma de su autoridad, el Cojo se plantó, agresivo el tono por mi impasibilidad.
—Forastero, ¿va a sacar el gallo?
—No —respondí secamente—. No quiero mostrarle el gallo.
El silencio fue como si oyeran algo pesado que estuviera por caer encima.
— ¡Helados! —volvió el pregón del negro, calle arriba. La rueda metálica de su carretilla debía de sacar chispas al cascajo.
Quietas seguían las alas de los pájaros y la cinta de papel. El humo de verano seguía quieto. El Cojo saboreaba la prolongación de la escena, jugaba con los nudos del zurriago asegurado a su muñeca por una trenza de cuero.
— ¿Qué opinan? —se dirigió a los suyos preparando un salto grande—. No lo muestra.
—Deberíamos averiguar por qué —intervino el de bigote, provocador en el arrastrar de las letras y en el sobar la canana con la palma de sus manos. Como si rastrillara un fósforo en un reguero de pólvora, el Cojo hizo la pregunta.
—Y… ¿nos diría siquiera el nombre para empezar?
Enrollaba el rejo en sus manos, lo volvía a desenrollar. Sonreía como si golpeara. Mis ojos rozaron como espuelas sus mejillas. De un manotazo sacudió el raspón, brincando con ayuda del zurriago la primera grada.
—Es una historia fea —empecé con desaliento. Un cohete dibujó en el aire una alta palmera de humo. Si hubiera estallado el volcán, me habría importado poco. El Cojo avanzó desenrollando el rejo. Era inaguantable la tensión. Yo calculaba el estilo de su ramalazo, la manera de esquivarlo, y asegurar efectividad al cuchillo.
— ¡Déjenlos solos! —reclamaron voces dispersas cuando intentaron atacarme. Los secuaces advirtieron un atrevimiento no acostumbrado y se aquietaron después de consultarse. El Cojo entendió que la hora había llegado.
— ¡Eh! —le habló al de bigotes ahumados en tono falsamente suave: contémosle cómo nos abandonó el Bruto.
Con un índice el otro fue echando más atrás el sombrero hasta despejar la frente; el índice imitó un cañón de revólver.
—Pues cuando se dio cuenta de que no obedecía él mismo se lo fue disparando.
—Pero —volvió el Cojo, marrullero—, ¿por qué se lo dispararía?
El de bigotes alzó un hombro, con la navaja rebanó un trozo de caña.
—Ya estaba en edad de morirse. —Fingió expresiones de lástima cuando remató: —Feo se veía el hueco en la frente.
Esperaron a que surtiera efecto la amenaza. Pero siempre hay palabras que detienen puñaladas o disparos. Yo tenía las mías:
—Aguilán se llama este gallo…
El asombro del Cojo empujó mi voz lenta como su peso, ahora condescendiente.
—Yo quería ponerlo Gavilán; mi madre quería ponerlo Águila. Al fin lo pusimos Aguilán: un viejo nombre, mezcla de gavilán y águila.
Se detuvo, y con él sus matones. Envejeció dos años o veinticuatro. Toda mi edad lo derrumbó. Mi edad más nueve meses. Por un momento creí sorprenderle una buena mirada. Tal vez fuera posible… Los otros se extrañaron de la impasibilidad mía, del repentino balbuceo del Cojo y de su grito:
— ¡Tengo que ver ese gallo!
Había convertido en látigo el rejo para castigar su pasajero temblor. Me lo disparó desde los tres metros. No fue difícil evitar la marca en el rostro y dar con el rejo una vuelta en mi muñeca, dejando libre el pulgar. Así, mil veces tumbé potros y toros en mi trabajo de vaquero y amansador. Lo mismo pasó con el Cojo: de un formidable jalón le hice saltar la grada restante. Los del grupo se movían como si tascaran frenos.
—No saldrá vivo, forastero —exclamó hecho un nudo de músculos rabiosos, y se irguió con agilidad de puma.
“No saldrá vivo…” Podía ser. Vivo. Muerto. Alguna tumba debería estar cavando la pica del enterrador.
— ¡Tengo que ver ese gallo! —repitió. Pero al querer rasgar el poncho, con la hoja de mi puñal le hice un chisguete en el cinturón. Paró en seco, arqueando el vientre para evitar que le hundiera el cuchillo. Dije sereno, pendiente de su bastón y señalando con la barba el cuchillo:
—Así son las espuelas de Aguilán.
—... Como aceros afilados… —Pareció recordar, esquivando el cuchillo. Dos o tres clientes sacaron sus armas, pero el Cojo movió los dedos para que de nuevo llenaran sus estuches. No era de ellos la pelea.
El público dejó de vociferar, apretujado contra nosotros. Algunos cargaban todavía sus gallos. Gotas de sudor salpicaban la frente del Cojo y la mía.
—Está jugando con ventaja, forastero —dijo. Solamente él y yo sabíamos lo que quería decir: al insinuarle que él era mi padre, neutralizaba su poder, lo ponía en ridículo delante de un pueblo sometido a su crueldad.
— ¿Y quién no ha jugado con ventaja? —Señalé a los matones—. ¿Usted? —Le inquietaba mi mano serena, su limitación para arrastrarme, estas burlas temerosamente echadas de contrabando:
—Perdió los estribos el gran Cojo. El forastero ni soltó el gallo tapado.
—Se le cuajó la sangre al viejo guapetón.
Comprendí hasta qué punto lo odiaban, pero aquella solidaridad conmigo me pareció cobarde. Él viró con desprecio en redondo, volvió a enfrentárseme y ordenó para dejar la decisión a los gallos:
—Traigan a Buenavida.
Dos hombres salieron por una puerta falsa. Con mi cuchillo corté el rejo tenso entre mi puño y su muñeca. Mi vida se había hecho para este momento.
Uno de sus incondicionales le trajo una jarra con agua. Al beber regó parte del líquido. Con el dorso de un brazo restregó la barba mojada y vació el resto del agua en la cara y en la muñeca sangrante.
— ¿Cómo quiere la apuesta? —preguntó resollando—. Por algo trajo el gallo tapado.
—Para destaparlo al mejor apostador y al mejor gallo.
Al levantarme palmoteé mis pantalones. El polvo se regó como el golpe de los aletazos en el ruedo, a medida que bajábamos grada por grada, frente a frente, con lentitud, dueño cada cual de los movimientos acompasados del otro, de sus intenciones más ocultas.
El descenso fue un espectáculo para los galleros, que hacían comentarios exagerados, casaban apuestas, abrían camino para que el Cojo y yo entráramos en el ruedo. Su gallo vino en manos de los dos hombres, lo recibió sin acreditarlo ni apartar de mí su intención. Podría jurar que no me veía a mí sino todo lo que detrás de mí pudiera referirse a él. Tal vez una escena de muchos años atrás., cuando entregó un gallo a una mujer y le dijo: “Es de la mejor cuerda, volveré por él”. Gallos, pueblos, mujeres. Un rancho en las afueras, un par de espuelas plateadas, vagabundaje sin regreso… Yo saqué lo que llevaba para apostarlo. Muchos ojos brotaron, se acabaron los silencios que aún quedaban.
— ¡Es un dineral! —exclamaron al ver en el suelo el producto de mis años de preparación.
— ¡Nunca vimos una apuesta igual por estos rumbos!, ni la volveremos a ver.
Crecían las suposiciones sobre el porte de mi gallo, sobre mi procedencia. “Al diablo se parece”, dijeron. Y refiriéndose al Cojo: “¿Qué le pasará?”. Él clavó a un lado el zurriago y habló sin importarle el dinero:
—Destápelo, joven. —Otro brinco lo colocó en mejor posición —. Le enseñaré de gallos y de hombres.
Nada respondí. Pero sus palabras me hicieron cantear el poncho y destapar el gallo.
— ¡Aguilán! —exclamó al verlo, y desde ese momento no dejó de mirarme. Era como si en un espejo empañado tratara de reconocer un rostro que pudo ser el suyo. Los movimientos empezaron a ser mecánicos, tenían un extraño agotamiento. Recordé los gallos perdidosos, un viejo gavilán que un día cayó muerto, se sus alas a unas pencas de cabuya.
—Cola roja, cuatro plumas negras —recité masajeando suavemente al animal, fijos los ojos en el Cojo—, corto el pico, largas las espuelas. Hay que saber de gallos y de hombres.
Nuevas cabezas asomaban por sobre otros espectadores, más silencios y más voces acabaron de embrutecer la gallera. El volcán, los cueros de res, la absurda canción. El Cojo y yo callábamos frente a frente, separadas las piernas, arqueados hacia adelante, en las manos los gallos listos para el careo.
— ¡Doble contra sencillo a Buenavida! —borbotó el de bigotes. Quería en realidad apostar a su dueño. La gente volvió a pensar en desafíos:
— ¡Cinco a uno mando yo!
— ¿También le llegaría la hora?
El cojo les tiró una mirada con el grito:
— ¡Aparo todas las apuestas!
El amo de Tambo recuperaba energías, levantaba su vigorosa cojera. Era digno de un odio grande: pensé en la agria soledad de mi madre, en sus ojos fatigados, en sus sienes, en su frente de edad sin medida. La veía en las tareas humildes: cuando amasaba los puños de cacao; cuando tendía ropa en la cerca; cuando echaba maíz a los gallos; cuando asaba tortillas al zumbar de la leña verde… Y un pañuelo doblado nerviosamente, y tres fotografías borrosas, y un olor de cebollas y humo, y una fonda gris, y un mantel a cuadros, y otros olores inocentes, con bondad temerosa. Por eso, mi cuchillo buscaba dirección. Al frente estaba el culpable. ¿Culpable de qué? —Llegué a preguntarme— ¿De ser hombre?
La agresividad de Aguilán también fue rápida. Apenas si nos dimos cuenta de cuando los gallos levantaron humazos de polvo y se arrancaron tres plumas en los revuelos iniciales. Sin embargo, yo sentí en mí los picotazos de Buenavida, en el Cojo los espolonazos de Aguilán. Sólo una vez el hombre se fijó en mi cuchillo, sólo una vez observé cómo los nudos de sus dedos se blanqueaban en el zurriago. Continuaba llegándonos el barullo que nos rodeaba, los tropezones de los gallos sobre la arena chisgueteada.
Los picos entreabiertos decían la fatiga en la pelea. A cada segundo las espuelas eran más lentas en el ataque. Los ojos saltaban de la arena a nosotros, de nosotros a las espuelas. Puñal, zurriago, picos. Yo miraba los gallos, veía al Cojo. En un minuto debería tomar la decisión más importante de mi vida. Pero es difícil volcarse en un acto, así sea el más importante. Y no podía retardar la decisión, aunque forzarla seria desmentirla.
—Todas las mañanas ella le echaba maíz —dije con voz que apenas se oía, ronca.
— ¿Quién es ella?
Le contestó mi silencio, le contestó el suyo. Nos llegaban lejanos, los aletazos en el aire. Con el puño de una mano restregué la palma de la otra.
—Ella esperaba. Ella rezaba.
— ¿Rezaba? —contrajo las cejas peludas. Las levantó.
—Era su manera de no gritar.
Hizo amargos signos de aceptación.
—Desde cuando yo estaba niño ella me decía: “Algún día volverá”. Pero él nos torció el camino, el rancho estuvo sin hombre. Hasta que juré vengarme.
—El odio nos vuelve hombres —dijo sin convicción. La punta del zurriago trazó rayas en la arena. No quise decirle que ella había muerto. De todas maneras, para él nunca existió. Excepto ahora, cuando la vida la había matado.
—Los caminos nos pierden —añadió. Su voz se diluía entre los últimos aletazos. La punta de su lengua asomó entre los dientes; allí se quedó esperando las palabras, que salieron al fin solas, duras:
—Son torcidos todos los caminos que andamos.
No sé qué quiso decir. Era como si le hundieran muchas espuelas. El bordón se aflojó en sus manos, el cuchillo se desgonzó en las mías. Sus párpados se apagaron un poco; yo también tenía miedo de imaginar que dentro de unos segundos él yacería entre los brincos finales de los gallos, que mi mano limpiaría la sangre del cuchillo en las plumas rojas de Aguilán, en sus cuatro plumas negras.
Pero de pronto en el Cojo no vi más que un hombre, sólo un hombre, también desamparado, sin otro camino que el de la muerte. Cuando muriera le quebrarían la pierna mala a la altura de la rodilla para acomodarla en el ataúd. Me dolieron sus canas, su pierna contraída, sus arrugas, el zurriago nudoso, la gruesa bota de cuero crudo; lo supuse muy cercano a mí, con sus angustias. También él vivió trago a trago la vida, resistió el contragolpe de las propias acciones, el sabor a ceniza de cada jornada. También a él le gustaría el olor de la madera, el canto de los sinsontes, los campos sembrados después de la lluvia… Y también él tendría que morir… ¿Debería yo matarlo? Me estragaba tanta crueldad. Revólveres, puñales, espuelas. Maldita la gracia de vivir. Sentía una rabiosa piedad por todos los seres caídos. Y el Cojo era uno de ellos.
— ¡Lo mató! ¡Lo mató! —gritaron en la gallera cuando Aguilán se empinaba sobre Buenavida y cantaba despiadadamente. Me levanté, cogí mi animal, que dejó en las palmas de las manos sangre a medio coagular, y al salir clavé en el polvo mi cuchillo. El Cojo se quedó inmóvil, mirando, sin ver, la hoja que brillaba junto a las espuelas de su gallo muerto.
Cuando salí a la calle, el sol comenzaba a clavarse tras la cordillera. Unos gallinazos que planeaban sobre ella parecían pavesas de incendio. Dentro de la gallera se quemaban los últimos gritos, se quemaban los últimos silencios.
Algo de mi padre se estremeció en mí cuando vi a la muchacha a la entrada del cañaduzal. Me quedé mirándola con tristeza, con la vieja tristeza de mi madre. Únicamente dije:
—Estoy cansado.
Creo que le dolió mi fatiga.
—Aquí dejo este gallo en prueba de que volveré. Es de la mejor raza. —Y Salí pisando la sombra por el camino seco y solo. Me pareció que iba llorando.
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