Ya era tarde cuando el muchacho recorrió la plaza de Balandú.
— ¡Se van a matar! —gritó con orgullo desesperado en la manera de anunciarlo.
Fue también tarde cuando el teniente salió al trote elegante hacia el local. Y tarde cuando golpeó a la puerta y la gente se apretujaba por presenciar lo que era imposible de ser presenciado.
Todos se hundieron en esa espera corta y respetuosa que intuye el ruido que debería producir la muerte: adentro el duelo era silencioso e implacable.
— ¿Quiénes?
—Ellos. Juraron darse cuchillo agarrados a un pañuelo.
En un principio fueron amigos extremos. Sólo ellos podían llegar a ser enemigos hasta la obsesión, unidos en la vida y en la muerte por ese rencor que les llenaba las horas.
Nadie respondió a los golpes del teniente, nadie respondió a los llamados del muchacho ni de la mujer vestida de negro que ponía en el grito su último vigor.
— ¡Abran la puerta!
En medio del silencio pareció abrirse paso un ruido sordo que salía del cuarto, dos respiraciones apretadas, zapatos que pisaban el suelo macizo.
— ¡Apagaron la luz!
—Se están matando en el oscuro.
El oficial hizo una seña al agente que llegó a su lado; cuando el agente regresó con un hacha y una barra, el oficial llamó de nuevo. Nadie adentro se acercó a la puerta. La mujer de negro miró al muchacho, miró al oficial, miró a la puerta. Después los ojos se sacudieron como si las miradas quisieran salir juntas.
— ¡Brutos! —dijo, y con sus manos abiertas se tapó lo que pudo de la cara. El muchacho se arrimó con la cabeza caída.
— ¡Véanla! —señaló alguien cuando el primer hachazo dio contra el borde de la chapa de gruesa llave. Unos rostros se empinaron sobre las cabezas para ver dos caminos de sangre que resbalaban debajo del portón y caían lentos al escalón del quicio. Ni una queja salía del cuarto, ni una protesta: sólo movimientos sordos, el jadeo de dos hombres en duelo a muerte.
Los de afuera empuñaron sus dedos violentamente como para no soltar el cuchillo que no empuñaban. Cuando la puerta crujió con más violencia al abrirse, empezó a crecer la sangre junto a una bota del teniente; la otra bota pisó el quicio, avanzó una mano en la oscuridad y soltó la luz.
De espaldas a lo que se volvió murmullo, el oficial ordenó al agente:
—Haga retirar a los demás.
Se fijó en el pañuelo lleno de sangre que todavía apretaban los puños de los cuerpos tendidos y que no soltaron con las cuchilladas. Sólo agregó, casi en silueta, la luz contra el poderío de su quijada:
—Estos dos ya se mataron.
Manuel Mejía Vallejo.
18 febrero 2011
04 septiembre 2010
LA FORMA DE LA QUIETUD
Estoy así, porque me dejaste así. Y no puedo estar de otra manera. me habías dejado de tal forma que era imposible moverme. El aire me oprimía con todo su peso infinito. No me cansaba, pero me oprimía. Y después no sentía otro inconveniente. Ni estaba bien, ni estaba mal. Estaba de tal manera que podía resistir toda la vida.
La lluvia caía sobre mí. Y de mí brotaban esas plantitas que tanto me gustan. También me brotaba esa paciencia viva que tú me habías dejado al acomodarme. Luego el sol se disparaba sobre mí y me secaba hasta hacerme un desierto.
No sé qué era en verdad. Me sentía de todo tal, como también me sentía de nada tal, igual que esas cosas que aparecen en la vida, sin explicación y que alguien las encuentra y las manipula, y las olvida.
Las noches pasaban como un rumor de ríos. Se oía a la gente de todas las maneras. En los días que eran diferentes a los que te digo, otra luz que no conoces, venía a principiar esto que me he acostumbrado a llamar raíces de mi misma luz. Y a mí me gustaba. no crees ¿Verdad? Pero tenía gusto.
A veces creía que yo era el día y que la lluvia descendía a refrescarme como una piedad lo que el sol me resecaba.
Tenía la dicha de estar en tal quietud, y el tiempo se olvidaba un tiempo de mí. El tiempo que pasa por todo, menos por la quietud.
Esta vez he creido que tú, de alguna parte ruegas por mí, para que siempre esté así, y que después de tú, otro vendrá y me dejará de esta misma forma, lo que en otro espacio.
La lluvia caía sobre mí. Y de mí brotaban esas plantitas que tanto me gustan. También me brotaba esa paciencia viva que tú me habías dejado al acomodarme. Luego el sol se disparaba sobre mí y me secaba hasta hacerme un desierto.
No sé qué era en verdad. Me sentía de todo tal, como también me sentía de nada tal, igual que esas cosas que aparecen en la vida, sin explicación y que alguien las encuentra y las manipula, y las olvida.
Las noches pasaban como un rumor de ríos. Se oía a la gente de todas las maneras. En los días que eran diferentes a los que te digo, otra luz que no conoces, venía a principiar esto que me he acostumbrado a llamar raíces de mi misma luz. Y a mí me gustaba. no crees ¿Verdad? Pero tenía gusto.
A veces creía que yo era el día y que la lluvia descendía a refrescarme como una piedad lo que el sol me resecaba.
Tenía la dicha de estar en tal quietud, y el tiempo se olvidaba un tiempo de mí. El tiempo que pasa por todo, menos por la quietud.
Esta vez he creido que tú, de alguna parte ruegas por mí, para que siempre esté así, y que después de tú, otro vendrá y me dejará de esta misma forma, lo que en otro espacio.
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del libro de poesía "DÍAS DE AUSENCIA",
Pag. 61. 62
03 agosto 2010
CARTAS DE JUAN RULFO A CLARA
Ahí tienes que había una vez un muchacho más loco, que toda la vida se la había pasado sueñe y sueñe. Y sus sueños eran, como todos los sueños, puras cosas imaginarias. Primero soñó en que se encontraba de pronto con la bolsa llena de dinero y que compraba todos los dulces de todos los sabores que había en todas las tiendas del mundo. Así era de rico. Después soñó en tener una bicicleta y unos patines y una buena bola de canicas. Más tarde, soñó en ser chofer o maquinista de un tren para recorrer lugares. Y se pasaba las tardes tirado de barriga en el suelo, soñando en las cosas interesantes que habría más allá de los cerros que tenía enfrente. En el pueblo de él había unos cerros muy altos. Y a veces soñaba ser un zopilote y volar, muy suavemente como vuelan los zopilotes hasta dejar atrás aquel pueblo donde no sucedía nunca nada interesante.
Una vez vinieron los Reyes Magos y le trajeron un libro lleno de monitos donde se contaban historias de piratas que recorrían las tierras y los mares más raros que tú o yo hayamos visto. Desde entonces no tuvo otro quehacer que estarse leyendo aquella clase de libros donde él encontraba un relato parecido al de los sueños.
Se volvió muy flojo. Porque a todos los que les gusta leer mucho, de tanto estar sentados, les da flojera hacer cualquier otra cosa. Y tú sabes que el estarse sentado y quieto le llena a uno la cabeza de pensamientos. Y esos pensamientos viven y toman formas extrañas y se enredan de tal modo que, al cabo del tiempo, a la gente que eso le ocurre se vuelve loca.
Aquí tienen un ejemplo: Yo.
26 de Mayo de 1947
Una vez vinieron los Reyes Magos y le trajeron un libro lleno de monitos donde se contaban historias de piratas que recorrían las tierras y los mares más raros que tú o yo hayamos visto. Desde entonces no tuvo otro quehacer que estarse leyendo aquella clase de libros donde él encontraba un relato parecido al de los sueños.
Se volvió muy flojo. Porque a todos los que les gusta leer mucho, de tanto estar sentados, les da flojera hacer cualquier otra cosa. Y tú sabes que el estarse sentado y quieto le llena a uno la cabeza de pensamientos. Y esos pensamientos viven y toman formas extrañas y se enredan de tal modo que, al cabo del tiempo, a la gente que eso le ocurre se vuelve loca.
Aquí tienen un ejemplo: Yo.
26 de Mayo de 1947
16 julio 2010
Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio
Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. Clara: corazón, rosa, amor...
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.
Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que saba y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara:
Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.
Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que saba y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara:
Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.
12 julio 2010
"PEDRO PÁRAMO"
El día que conocí a Rulfo
Por Héctor Tizón
conocí en México a Juan Rulfo casi al mismo tiempo que a Martínez Estrada, ambos tan distintos entre sí se convirtieron, a poco del trato inicial, en amigos muy queridos; entre ambos sólo se parecían en lo esencial, por lo demás, nada más distinto. El uno caudaloso y breve hasta el hueso del otro. Ambos con un alto sentido del papel de la literatura como instrumento esencial de conocimiento y comunicación entre los hombres, y con una versasión literaria que en el caso de Rulfo tendía a disimular, quizá por innata timidez. Su pasión fue la literatura, pero también la fotografía y sus viajes por su tierra como vendedor de neumáticos, creo. Recuerdo con emoción y aún con gratitud las largas charlas __él hablaba poco y yo también, el resto lo prodigaba con binomía y hospitalidad Miguel León Portilla, dueño de casa en el Instituto Indigenista de México__, cuando Rulfo trabajaba allí y yo concurría de vago nomás. Por aquel tiempo, Rulfo, con la publicación de sus cuentos de El llano en llamas era seguramente el escritor más respetado de México y ya había empezado a escribir Pedro Páramo cuando el presidente de la república, licenciado López Mateo, le otorgó una beca de mil pesos mexicanos con lo cual quedó despreocupado del bastimento diario y se quedó a escribir en su casa de Polanco o en Tepoztlán, adonde lo visitaba asiduamente Pedro Coronel, gran pintor y bebedor cuyo nombre fue usado por Rulfo para su principal personaje de la inmortal novela. Ya, también ahora, Pedro Coronel se ha convertido en prominente alma habitante de Comala, como el propio Juan, a quien habia dejado de ver durante años hasta que me enteré de su muerte súbita leyendo la noticia en el periódico mientras viajaba en un tren italiano. Nunca más lo vería. Ni podré olvidarlo.
Por Héctor Tizón
conocí en México a Juan Rulfo casi al mismo tiempo que a Martínez Estrada, ambos tan distintos entre sí se convirtieron, a poco del trato inicial, en amigos muy queridos; entre ambos sólo se parecían en lo esencial, por lo demás, nada más distinto. El uno caudaloso y breve hasta el hueso del otro. Ambos con un alto sentido del papel de la literatura como instrumento esencial de conocimiento y comunicación entre los hombres, y con una versasión literaria que en el caso de Rulfo tendía a disimular, quizá por innata timidez. Su pasión fue la literatura, pero también la fotografía y sus viajes por su tierra como vendedor de neumáticos, creo. Recuerdo con emoción y aún con gratitud las largas charlas __él hablaba poco y yo también, el resto lo prodigaba con binomía y hospitalidad Miguel León Portilla, dueño de casa en el Instituto Indigenista de México__, cuando Rulfo trabajaba allí y yo concurría de vago nomás. Por aquel tiempo, Rulfo, con la publicación de sus cuentos de El llano en llamas era seguramente el escritor más respetado de México y ya había empezado a escribir Pedro Páramo cuando el presidente de la república, licenciado López Mateo, le otorgó una beca de mil pesos mexicanos con lo cual quedó despreocupado del bastimento diario y se quedó a escribir en su casa de Polanco o en Tepoztlán, adonde lo visitaba asiduamente Pedro Coronel, gran pintor y bebedor cuyo nombre fue usado por Rulfo para su principal personaje de la inmortal novela. Ya, también ahora, Pedro Coronel se ha convertido en prominente alma habitante de Comala, como el propio Juan, a quien habia dejado de ver durante años hasta que me enteré de su muerte súbita leyendo la noticia en el periódico mientras viajaba en un tren italiano. Nunca más lo vería. Ni podré olvidarlo.
15 junio 2010
De Juan Rulfo.
Juan Rulfo, el gran escritor mexicano, autor de "el llano en llamas", "Pedro Páramo", "El gallo de Oro" y ademàs varios textos.
contesta curiosamente a varias preguntas interesantes.
"-Maestro, ¿qué similitud existe entre su obra y la de los escritores actuales?
"Definitivamente ninguna!"
"-Maestro, ¿dónde aprendió usted a escribir?
"-Eso no se aprende" -luego venía siempre un sobrecogedor silencio en la sala que él no tenía la menor intención de quebrar, y otra pregunta.
"-¿Qué, pues, se necesita maestro para ser escritor?
"-Sólo una cosa: cultivar la inteligencia, y eso yo no lo he hecho jamás. Soy muy tonto".
"-¿Cuál ha sido el aporte de Rulfo a la literatura?
"-Ninguno... Eso no lo tengo que decir yo..."
En la Sala Netzahualcóyotl alguien le preguntó por qué no escribía más, respondiendo él con otra pregunta: "-¿Y qué quiere usted que escriba?"
Fuente:Waldemar Verdugo Fuentes.
contesta curiosamente a varias preguntas interesantes.
"-Maestro, ¿qué similitud existe entre su obra y la de los escritores actuales?
"Definitivamente ninguna!"
"-Maestro, ¿dónde aprendió usted a escribir?
"-Eso no se aprende" -luego venía siempre un sobrecogedor silencio en la sala que él no tenía la menor intención de quebrar, y otra pregunta.
"-¿Qué, pues, se necesita maestro para ser escritor?
"-Sólo una cosa: cultivar la inteligencia, y eso yo no lo he hecho jamás. Soy muy tonto".
"-¿Cuál ha sido el aporte de Rulfo a la literatura?
"-Ninguno... Eso no lo tengo que decir yo..."
En la Sala Netzahualcóyotl alguien le preguntó por qué no escribía más, respondiendo él con otra pregunta: "-¿Y qué quiere usted que escriba?"
Fuente:Waldemar Verdugo Fuentes.
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