20 marzo 2012

Más allá de la vida y la muerte

CÉSAR VALLEJO



Jarales estadizo de julio; viento amarrado a cada peciolo manco del mundo grano que en él gravita. Lujuria muerta sobre lomas onfalóideas de la sierra estival. Espera. No ha de ser. Otra vez cantemos. ¡Oh qué dulce sueño!

Por allí mi caballo avanzaba. A los once años de ausencia, acercábame por fin ese día a Santiago, mi aldea natal. El pobre irracional avanzaba, y yo, desde lo más entero de mi ser hasta mis dedos trabajados, pasando quizá por las mismas riendas asidas, por las orejas atentas de cuadrúpedo y volviendo por el golpeteo de los cascos que fingían danzar en el mismo sitio, en misterioso escarceo tanteador de la ruta y lo desconocido, lloraba por mi madre que muerta dos años antes, ya no habría de aguardar ahora el retorno del hijo descarriado y andariego. La comarca toda, el tiempo bueno, el color de cosechas de la tarde de limón, y también alguna masada que por aquí reconocía mi alma, todo comenzaba a agitarme en nostálgicos éxtasis filiales, y casi podían ajárseme los labios para hozar el pezón eviterno, siempre lácteo de la madre; sí, siempre lácteo, hasta más allá de la muerte.

Con ella había pasado seguramente por allí de niño. Sí. En efecto. Pero no. No fue conmigo que ella viajó por esos campos. Yo era entonces muy pequeño. Fue con mi padre, ¡cuántos años haría de ello! Ufff… También fue en julio, cerca de la fiesta de Santiago. Padre y madre iban en sus cabalgaduras; él adelante. El camino real. De repente mi padre que acababa de esquivar un choque con repentino maguey de un meandro:

—Señora… ¡Cuidado!…

Y mi pobre madre ya no tuvo tiempo, y fue lanzada ¡ay del arzón de las piedras del sendero. Tornáronla en camilla al pueblo. Yo lloraba mucho por mi madre, y no me decían qué le había pasado. Sanó. La noche del alba de la fiesta, ella estaba ya alegre y reía. No estaba ya en cama, y todo era muy bonito. Yo tampoco lloraba ya por mi madre.

Pero ahora lloraba más recordándola así, enferma, postrada, cuando me quería más y me hacía más cariño y también me daba más bizcochos de bajo de sus almohadones y del cajón del velador. Ahora lloraba más, acercándome a Santiago, donde ya sólo la hallaría muerta, sepulta bajo las mostazas maduras y rumorosas de un pobre cementerio.

Mi madre había fallecido hacía dos años a la sazón. La primera noticia de su muerte recibíla en Lima, donde supe también que papá y mis hermanos habían emprendido viaje a una hacienda lejana de propiedad de un tío nuestro, a efecto de atenuar en lo posible el dolor por tan horrible pérdida. El fundo se hallaba en remontísima región de la montaña, al otro lado del río Marañón. De Santiago pasaría yo hacia allá, devorando inacabables senderos de escarpadas punas y de selvas ardientes y desconocidas.

Mi animal resopló de pronto. Cabillo molido vino en abundancia sobre ligero vientecillo, cegándome casi. Una parva de cebada. Y después perspectivóse Santiago, en su escabrosa meseta, con sus tejados retintos al sol ya horizontal. Y todavía, hacia el lado de oriente, sobre la linde de un promontorio amarillo brasil, se veía el panteón retallado a esa hora por la sexta tintura postmeridiana; ; y yo ya no podía más, y atroz congoja arrecióme sin consuelo.

A la aldea llegué con la noche. Doblé la última esquina, y, al entrar a la calle en que estaba mi casa, alcancé a ver a una persona sentada a solas en el poyo de la puerta. Estaba sola. Muy sola. Tanto, que, ahogando el duelo místico de mi alma, me dio miedo. También sería por la paz casi inerte con que, engomada por la media fuerza de la penumbra, adosábase su silueta al encalado paramento del muro. Particular revuelo de nervios secó mis lagrimales. Avancé. Saltó del poyo mi hermano mayor, Angel, y recibióme desvalido entre sus brazos. Pocos días hacía que había venido de la hacienda por causa de negocios.

Aquella noche, luego de una mesa frugal, hicimos vela hasta el alba. Visité las habitaciones, corredores y cuadras de la casa; y Angel, aún cuando hacía visibles esfuerzos para desviar este afán mío por recorrer el amado y viejo caserón, parecía también gustar de semejante suplicio de quien va por los dominios alucinantes del pasado más mero de la vida.

Por sus pocos días de tránsito en Santiago, Angel habitaba ahora solo en casa, donde, según él, todo yacía tal como quedara a la muerte de mamá. Referíame también como fueron los días de salud que precedieron a la mortal dolencia, y cómo su agonía. ¡Cuantas veces entonces el abrazo fraterno y escarbó nuestras entrañas y removió nuevas gotas de ternura congelada y de lloro!

—¡Ah, esta despensa, donde le pedían pan a mamá, lloriqueando de engaños!— Y abrí una pequeña puerta de sencillos paneles desvencijados.

Como en todas las rústicas construcciones de la sierra peruana, en las que a cada puerta únese casi siempre un poyo, cabe el umbral de la que acababa yo de franquear, hallábase recostado uno, el mismo inmemorial de mi niñez, sin duda, rellenado y enlucido incontables veces. Abierta la humilde portezuela, en él nos sentamos, y allí también pusimos la linterna ojitriste que portábamos. La lumbre de ésta fue a golpear de lleno el rostro de Angel, que extenuábase de momento en momento, conforme transcurría la noche y reverdecíamos más la herida, hasta parecerme a veces casi transparente. Al advertirle así en tal instante, le acaricié y cubrí de ósculos sus barbadas y severas mejillas que volvieron a empaparse de lágrimas.

Una centella, de esas que vienen de lejos, ya sin trueno, en época de verano en la sierra, le vació las entrañas a la noche. Volví restregándome los párpados a Angel. Y ni él ni la linterna, ni el poyo, ni nada 4estaba allí. Tampoco oí ya nada. Sentíme como en una tumba…

Después volvñía ver a mi hermano, la linterna, el poyo. Pero creí notarle ahora a Angel el semblanrte como refrescado, apacible y quizás me equivocaba —diríase restablecido de su aflicción y flaqueza anteriores. Tal vez, repito, esto era un error de visión de mi parte, ya que tal cambio no se puede ni siquiera concebir.

—Me parece verla todavía —continué sollozando— no sabiendo la pobrecita qué hacer para la dádiva y arguyéndome: —¡Ya te cogí, mentiroso; quieres decir que lloras cuando estás riendo a escondidas! ¡Y me besaba a mí más que a todos ustedes, como yo era el último también!

Al término de la velada de dolor, Angel parecióme de nuevo muy quebrantado, y, como antes de la centella, asombrosamente descarnado. Sin duda, pues, había yo sufrido una desviación de la vista, motivada por el golpetazo de luz del meteoro, al encontrar antes en su fisonomía un alivio y una lozanía que, naturalmente, no podía haber ocurrido.

Aún no asomaba la aurora del día siguiente, cuando monté y partí para la hacienda, despidiéndome de Angel que quedaba todavía unos días más, por los asuntos que habían motivado su arribo a Santiago.

Finada la primera jornada del camino, acontecióme algo inaudito. En la posada hallábame reclinado en un poyo descansando, y he aquí que una anciana del bohío, de pronto mirándome asustada, preguntóme lastimera:

—¿Qué le ha pasado, señor, en la cara? ¡Parece que la tiene usted ensangrentada, Dios mío!…

Salté del asiento. Y al espejo advertíme en efecto el rostro encharcado de pequeñas manchas de sangre reseca. Tuve un fuerte escalofrío, y quise correr de mí mismo. ¿Sangre? ¿De dónde? Yo había juntado el rostro al de Angel que lloraba… Pero… No. No ¿De dónde era esa sangre? Comprenderáse el terror y la alarma que anudaron en mi pecho mil presentimientos. Nada es comparable con aquella sacudida de mi corazón. No habrán palabras tampoco para expresarla ahora ni nunca. Y hoy mismo, en el cuarto solitario donde escribo está la sangre añeja aquella y mi cara en ella untada y la vieja del tambo y la jornada y mi hermano que llora y a quien no besó mi madre muerta y…

… Al trazar las líneas anteriores he huido disparado a mi balcón, jadeante y sudando frío. Tal es de espantoso y apabullante el recuerdo de esa escarlata misteriosa…

¡Oh noche de pesadilla en esa inolvidable choza, en que la imagen de mi madre muerta alternó, entre forcejeos de extraños hilos, sin punta, que se rompían luego de sólo ser vistos, con la de Angel, que lloraba rubíes vivos, por siempre jamás!

Seguí ruta. Y por fin, tras una semana de trote por la cordillera y por tierras calientes de montañas, luego de atravesar el Marañón, una mañana entré en parajes de la hacienda. El nublado espacio reverberaba a saltos con lontanos truenos y solanas fugaces.

Desmonté junto al bramadero del portón de la casa que da al camino. Algunos perros ladraron en la calma apacible y triste de la fuliginosa montaña. ¡Después de cuanto tiempo tornaba yo ahora a esa mansión solitaria, enclavada en las quiebras más profundas de las selvas!

Una voz que llamaba y contenía desde adentro a los mastines, entre el alerta gárrulo de las aves domésticas alborotadas pareció ser olfateada extrañamentepor el fatigado y tembloroso solípedo que estornudó repetidas veces, enristró casi horizontalmente las orejas hacia delante, y, encabritándose, probó a quitarme los frenos dela mano en son de escape. La enorme portada estaba cerrada. Diríase que toquéla de manera casi maquinal. Luego aquella misma voz siguió vibrando muros adentro, y llegó un instante en que, al desplegarse, con medroso restallido, las gigantescas hojas del portón, ese timbre bucal vino a pararse en mis propios veintiséis años totales y me dejó de punta a la Eternidad. Las puertas hiciéronse a ambos lados.

¡Meditad brevemente sobre suceso increíble, rompedor de las leyes de la vida y de la muerte, superador de toda posibilidad; palabra de esperanza y de fe entre el absurdo y el infinito, innegable desconexión de lugar y de tiempo; nebulosa que hace llorar de inarmónicas armonías incognosibles!

¡Mi madre apareció a recibirme!

—Hijo mío —exclamó estupefacta—. ¿Tú vivo? ¿Has resucitado? ¿Qué es lo que veo, Señor de los Cielos?

¡Mi madre! ¡Mi madre en alma y cuerpo. Viva! Y con tanta vida, que hoy pienso que sentí ante su presencia entonces, asomar por las ventanillas de mi nariz, de súbito, , dos desolados granizos de decrepitud que luego fueron a caer y pesar en mi corazón hasta curvarme senilmente, como si, a fuerza de un fantástico trueque de destino, acabase mi madre de nacer y yo viniese , en cambio desde tiempos tan viejos, que me daban una emoción paternal respecto de ella.

Sí. Mi madre estaba allí. Vestida de negro unánime. Viva. Ya no muerta. ¿Era posible? No. No era posible. De ninguna manera. No era mi madre esa señora. No podía serlo. Y luego ¿qué había dicho al verme? ¿Me creía, pues, muerto?

—¡Hijo de mi alma! —rompió a llorar mi madre y corrió a estrecharme contra su seno, con ese frenesí y ese llanto de dicha con que siempre me amparó en todas mis llegadas y mis despedidas.

Yo habíame puesto como piedra. La vi echarme sus brazos adorados al cuello, besarme ávidamente y como queriendo devorarme y sollozar sus mimos y sus caricias que ya nunca volverán a llover en mis entrañas. Tomóme luego bruscamente el impasible rostro a dos manos, miróme así, cara a cara, acabándome de preguntas. Yo, después de algunos segundos, me puse también a llorar, pero sin cambiar de expresión ni de actitud: mis lágrimas parecían agua pura que vertían dos pupilas de estatua.

Por fin enfoqué todas las dispersadas luces de mi espíritu. Retiréme algunos pasos atrás. E hice entonces comparecer ¡oh, Dios mío! a esa maternidad a la que no quería rtecibir mi corazón y la desconocía y le tenía miedo; las hice comparecer ante no sé qué cuando sacratísimo, desconocido para mí hasta ese momento, y di un grito mudo y de dos filos en toda su presencia, con el mismo compás del martillo que se acerca y aleja del yunque, con que lanza el hijo su primer quejido, al ser arrancado del vientre de la madre, y con el que parece indicarle que ahí va vivo por el mundo y darle al mismo tiempo, una guía y una señal para reconocerse entrambos por los siglos de los siglos. Y gemí fuera de mí mismo:

—¡Nunca! ¡Nunca! Mi madre murió hace tiempo. No puede ser…

Ella incorporóse espantada ante mis palabras y como dudando de si yo era yo. Volvió a estrecharme entre sus brazos, y ambos seguimos llorando llanto que jamás lloró ni llorará ser vivo alguno.

—Sí— le repetía. — Mi madre murió ya. Mi hermano Angel también lo sabe.

Y aquí las manchas de sangre que advirtiera en mi rostro, pasaron por mi mente como signos de otro mundo.

—¡Pero hijo de mi corazón! —susurraba casi sin fuerza ella. — ¿Tú eres mi hijo muerto y al que yo misma vi en su ataúd? Sí. ¡Eres tú mismo! ¡Creo en Dios! ¡Ven a mis brazos! Pero ¿qué?… ¿No ves que soy tu madre? ¡Mírame! ¡Mírame! ¡Pálpame, hijo mío! ¿Acaso no lo crees?

Contempléla otra vez. Palpé su adorable cabecita encanecida. Y nada. Yo no creía nada.

—Sí, te veo —le respondí— te palpo. Pero no creo. No puede suceder tanto imposible.

¡Y me reí con todas mis fuerzas!

20 febrero 2012

Antepasados

Manuel Mejía Vallejo.

Los contados viajeros que atraviesan el páramo hablan de un pueblo fantasma. Entre largos silencios, frente al fuego que da calor a su fatiga y su asombro, tratan de hilar una historia de sueño y pesadilla. Al narrar, ellos mismos parecen habitantes de aquel pueblo fantasma.
-Hacía tanto frío, que era necesario recordar intensamente un buen tiempo de calor para contrarrestar las heladas.
Si llamaban: -¡Sol! , la palabra sol apenas alumbraba un trecho del camino más cercano a la voz y nunca llegaba a producir sombra ni tibieza. Porque no había calor. El calor era nostalgia de un sol que, según leyenda callada, existió un tiempo sobre los eriales ateridos.
—Había tanta deshabitación, que sus habitantes, alejados, tenían que concentrarse en el recuerdo de otros seres para no morir de soledad.
Si llamaban: - ¡Roberto! , la palabra no lograba traer claramente la figura. De cuando en cuando una silueta borrada era la sola respuesta. Porque no había presencias, y el llamado invocaba únicamente vacíos: en el sueño, en el recuerdo de lo jamás sucedido, en el eco dormido de la propia voz.
-Había tan pocas alas en el aire, que si alguna se atrevía contra el viento, los suyos eran aletazos de protesta.
Si llamaban: - ¡Pájaro! , moría un silbo en las vertientes apeñuscadas, en forma de despedida. Porque no había pájaros. Sólo en sus recuerdos cruzaban dos o tres, grises y torpes, incómodo el vuelo en esos recuerdos desesperados. -Había tal escasez de agua, que debían calmar sus sedes en la evocación de arroyo distantes.
Si llamaban: - ¡Arroyo! , la palabra se iba humedeciendo en un camino de bruma y arena. Allí acababan las sílabas, sin llegar nunca a ser lo que nombraban. Porque el agua era presencia de la sed, rumor de corrientes ajenas sobre rocas en espera inútil. Algunas ausencias de peces saltaban con chapoteos de aire seco.
—Había tanto silencio, que trataban de inventar canciones traídas por la memoria. Pero nadie sabía cantar, porque también su voz se hizo para el silencio.
Si llamaban: - ¡Canción! , apenas sí un leve llanto escondido parecía temblar entre los chamízales. Porque tampoco había voces. Callar fue otra manera de hablar a voz en cuello, sin posibilidad de silenciosos respondedores.
—No había árboles. El viento y las arenas volantes convirtieron en muñones lo que pudo ser ramazones al cielo.
Si llamaban: -¡Árbol! , caían de ninguna parte hojas secas, sabedoras únicamente del vuelo de su caída.
—No había flores. Cada botón era fracaso último de últimos ensayos por florecer. Cada hoja tenía fuerza suficiente para alargar su agonía.
Si llamaban: - ¡Flor! , un rubor se insinuaba al extremo de un tallo nacido para morir, porque el viento arenoso desteñía la posibilidad de cáliz o pétalo.
Así, poco a poco los habitantes fueron desapareciendo de frío, de soledad, de sed, de silencio, y las palabras se confundían, desamparadas en el paisaje.
Sólo un sobreviviente alcanzó a experimentar las primeras sensaciones de calor, de compañía, de aguas abundantes, de pájaros, de voces y baladas amigas.
Al morir supo que en adelante existiría esa región creada por la angustia, por el recuerdo apretado, por la sed y la muerte. Sobre su roca hizo desgonzar una esperanza última al entrever un sitio amable fabricado a lo largo de tantas invocaciones desgarradas. Alcanzó a escuchar la fuga del silencio, el sonar de un arroyo que brotaba entre las rocas del páramo, la suave caída de un sol que entibiaba silbos recién llegados y grupos de jóvenes cantando canciones primeras.
Así se formó aquel extraño lugar. Los contados viajeros que logran atravesar el páramo hablan de sombras y luces y árboles y personas y animales soñados por una gran desesperanza.

18 febrero 2012

El sueño de la pesadilla

Manuel Mejía Vallejo.

Cada noche pensaba un fragmento de su muerte futura. Al amanecer unía los fragmentos de sueño y reflexión, decaía su afán desorientado.
—Esta noche no soñaré —se dijo, pero el pensar que no soñaría con un pedazo de muerte lo hizo pensar en su muerte, y en la noche soñó otra pesadilla sobre lo que había pensado; al día siguiente pensó en su sueño, y ya no pudo detenerse el círculo.
Si con vigilias forzadas intentaba sustraerse al sueño, no podía repeler la idea de temor y muerte que intentaba expulsar. Así el cansancio se fue haciendo más visible: días y noches en vela impedían saber si soñaba que no quería soñar, si pensaba que no debía soñar, si soñaba y pensaba en morir, si moría por pensar que no debía pensar en el sueño ni en la muerte. Sólo cuando lo hallamos totalmente inmóvil —casi eterno— entendimos cómo el despertar era otro regreso de la pesadilla.

13 febrero 2012

Profeta del pasado

Cuento de Manuel Mejía Vallejo.

Según sus palabras, la historia es algo que tiene memoria: nosotros sólo tratamos de recordar lo ya efectuado; por eso, lo que estamos viviendo es un recuerdo de lo vivido; nos acercaría a esta posibilidad cierta sensación de pesadilla que despiden los acontecimientos.

En cuanto a la alucinación del futuro, se acerca al fuego fatuo, emanación de lo aparentemente escondido, porque todo pensamiento de futuro parece un regreso. Así corroboró que la historia es un ciclo y por lo tanto la posteridad queda atrás.

-Aunque ignoro dónde empieza este camino que da vuelta a la tierra, es el verdadero camino eterno, porque su futuro es su pasado: lo que está adelante es verdaderamente lo que ha quedado atrás.

Igualmente descubrió que el sueño podía ser verdad, pero de vez en cuando, ya que en muchos aspectos lo motiva el azar.

-Yo soy yo más lo que sueño, más lo que acepto: el sueño es prolongación de nuestras creencias.

En cambio, el recuerdo se acerca a lo verdadero; consiste en una distorsión del tiempo que los hechos deben sufrir: ellos existieron antes -existen-, pues todo acaecer es intemporal, de tal modo que no hay hechos pasados.

Con el fin de probarlo recordó públicamente el incendio de La Capilla Veraniega, y murió estoicamente en esas llamas.

07 febrero 2012

Cielo cerrado

Cuento.
(Manuel Mejía Vallejo)


Los ojos oblicuos miraron hacia arriba, arrugaron el entrecejo, y en las pupilas comenzó la tormenta.

-¡Diablos, el invierno!

Zumbó el viento en las alas de los sombreros, en las ramazones, en los gruesos ponchos.

-¡El invierno!

Zumbó en las puertas golpeantes, en el campanario, en los aleros de paja.

-¡Diablos!

Goterones con viento aporrearon sus toscas habitaciones se fueron errando las nueves y sobre la tierra empezó a llover.

De día. De noche.

Por los ranchos pajizos chorreó el agua hacia los caños, en los caños se formaron arroyos, de los arroyos nacieron torrentes, los torrentes se volvieron ríos que arrasaban los sembrados. De día. De noche.

Fue entonces una voz de los indios, hacia un mismo punto sus miradas, contra igual silencio su desesperación. Se acabaron las oraciones, se acabó la paciencia, se acabaron las velas de cera al pie de las imágenes. Y revivieron escondidos ancestros.

En la cumbre pedían a los dioses de sus antepasados, a los protectores de la huerta y la montaña. Un poco de sol para sus maizales. Para sus cafetos. Para sus patatas. Un poco de sol para sus pájaros. Y los dioses no escucharon el temblor murmurante de los labios indígenas.

El agua seguía cayendo en chorros. De día. De noche. Se dañaron las espigas. Se dañaron las mazorcas tiernas. Se dañaron los tubérculos de papa y yuca. Se dañó la esperanza.

-Estamos solo- dijeron, y parecía que no hubieran hablado.

Sentían dolor físico al golpear el aguacero contra las plantas, al llanto de los niños, al aullido de los perros. En su complejo del olvido creían natural el olvido del cielo, del Dios cristiano, de sus antiguos dioses. Pero iban donde el cura para decirle:

-rece o mande rezar.

-se pudren las maticas.

En las cumbres, la jerga del brujo intercedía para que cayera el sol en la espalda de hombres y cerros. Rezaba a los duendes del aire y la montaña, a los señores del trueno y de las nubes. Pero el agua no menguaba y un día fueron hasta el brujo y le dijeron:

-Tus rezos no sirven.

-No te escuchan los dioses.

-Te mataremos.

Y con sus machetes lo descuartizaron. Dos ídolos se salpicaron con la sangre del brujo, pero la sangre se coaguló y las piedras siguieron impávidas ante el sacrificio, bajo los nubarrones sin espacio para el sol de las plantas.

De día. De noche.

Desde cada choza vigilaban el firmamento. Los perros tiritaban, fijos sus ojos en las gotas al caer en los baches. Despabilaban a la luz de un relámpago y volvían al parpadeo tardío. Agua y más agua desde arriba anegaba los pejugales. Un poco de sol para las hojas, para los grumos, para las pupilas indígenas hacia arriba, desoladas.

De la desesperación nació otra fe, y así los indios, inclinados para resistir el chubasco, acudieron al Cura de la aldea, que había predicado nuevos dioses, Uno, y sus santos, amos de cielo y tierra. A veces creían más en el perro de San Roque, en el caballo que en Santiago Apóstol.

-Llama y cruz, nube y piedra.

Pero iban a misa porque el latín sonaba a palabras de magia aptas para la comunicación con las deidades. Quemaban incienso salvaje igual que a sus ídolos. Sin embargo el sol no venía y protestaron ante el Cura:

-No reza bien tu rezador.

-Cambia de rezador, o lo matamos.

-Como al brujo mataremos a tu rezador.

Desconfiaban del sacristán porque compraba a menos precio las cosechas, porque amenazaba con las fauces del siete infiernos, porque menospreciaba sus costumbres.

El Cura recibía ofrendas y rezaba para que cayera sol a las plantas. Y el sol no caía y los indios volvieron a la casa parroquial

-No sirve tu rezador, tata.

-Cambia de rezador que no sirve.

-Humo y oscurana tiene en su corazón.

Lo asustó la calma de las frases. Desde el púlpito soltó su voz:

-Paciencia, Dios los está probando.

Se mostraba duro ese Dios con los humildes. Y era el Dios de los humildes y lo amaban porque sufría azotado por unos soldados extraños, atado a una columna, punzado en el corazón, crucificado contra unos maderos.

-Siendo Dios, ¿porqué se dejó matar?

-No sería bastante bravo.

-Era la bondad infinita.

-Lo amaban a su modo, con El se identificaban al repartir los panes y peces, al llorar su cuerpo sangre en los olivos. Pero ya en su trono se volvía inaccesible. No les gustaba contemplarlo en la gloria de la resurrección, en la comodidad de un cielo entre coros de arcángeles, era como si se apartara de ellos, como si se elevara a un punto tan distante, que el viento no podría llevarle la voz de las campanas, ni los invisible protectores alcanzarían a susurrarles las palabras mágicas del latín, querían al Cristo y seguían rogándole. Y el agua no dejaba de llover.

Veinte días. Veinte noches.

-Padre, las rogativas.

-Tenemos rabia con Dios.

-No nos gusta ya el Dios.

El Cura los echó de la Iglesia.

-¡indios bárbaros!

El sacristán reiteró: ¿no se lo dije, Padre? Son brutos, no entienden ni les importa la religión. Hoy no tocaré las campanas y el agua siguió cayendo. De día. De noche. Sobre los ranchos, sobre las yucas, sobre el café, sobre el maíz, sobre las papas, sobre los niños. Y volvieron a la iglesia y dijeron bajo la lluvia:

-Que toquen las campanas.

-Ya no nos gusta el Dios.

-El rezador no nos gusta.

Roncos sonaban los goterones al caer a sombreros de caña, a los ponchos. El sacerdote se restregaba las manos para calentárselas, para librarse del temor, para implorar paciencia.

-Aguanten buenos hombres, Dios los está probando.

-Ojalá le sepamos a mierda pa que no nos pruebe más.

El Cura volvió a echarlos del templo.

De regreso a sus ranchos pensaron que Dios estaba enojado porque veía enojado con el Cura, y odiaron con mayor odio y mayor silencio. Silencio que se oyó cuando todos hablaron por uno, como si no tuvieran bocas:

-Queremos rogativas. Queremos sol.

Aunque los sabía irreductibles, tenía fe en la obra, en la perseverancia. ¿No habían construido, acaso una iglesia? La iglesia creció. Nunca pudo crecer la aldea, es verdad, porque se resistían a grandes concentraciones, querían estar con sus animales, sobre su palada de tierra, en el rancho, entre sus árboles.

Irreductibles y extraños. Recordaban las originales confesiones en vísperas de primer viernes o en trances definitivos:

-“Me acuso que robé”.

-“no vuelvas a roba”.

-“volveré a robar si necesito”.

-“lo prohíbe la santa madre iglesia”.

-“¡…!

-“lo prohíbe Dios”

-“ dígale al Dios que maté con un rayo al Jacín Cua”

-“es pecado pedir tal cosa”.

-“es malo el Jacín Cua?”

-“no debemos desear la muerte al prójimo”.

-“el Jacín Cua no es prójimo, es dañero”.

-“Tenemos que perdonar a nuestros enemigos”.

-“dígale al Dios que liquide al Jacin Cua, o yo lo liquidaré”.

Sin embargo lo conmovían ciertos detalles de la superstición indígena, ese querer destruir a los dioses cuando no escuchaban, más que la súplica del hombre, la orden de servirlo. Aquellas imprecaciones de una rebeldía desolada:

-“eres mal nacido porque te rogamos por las plantas y las arrasaste; porque te pedimos ayuda y nos arruinaste; porque te tragaste las oraciones y no cumpliste el deber retornándolas en obras…”

Y la del más desgarrado corazón ante la indiferencia de los dioses.

-“nosotros los hombres somos vuestro espectáculo y vuestro teatro de quienes os reís y regocijáis. Nuestros caminos y obras no están en nuestras manos sino en las manos de quien nos mueve.

Le habéis hecho vuestra silla en la que os asentáis, y los habéis hecho como flauta vuestra”.

Por eso se preocupó cuando dijo el sacristán:

-Tengo miedo, saquemos a San Isidro en rogativas.

El padre escudriñó el cielo plomizo.

-No es tiempo, creo que no escucharía San Isidro.

El sacristán miraba con temor marrullero.

¿desconfiaría el sacerdote de la mediación del buen Isidro?. Sabía que los caminos del cielo son inescrutables y trata de adivinarlos sería pretensión hermana de la soberbia. Si se equivocaba en los designios celestiales ¿no sería grande el daño contra la fe de esas gentes?. De ahí que el sacristán lo viera atisbar con un seño fruncido los horizontes, y exclamar:

-todavía no asomará el sol, no es tiempo de Rogativas. Que aguarden estos indios, tócales bien las campanas.

El sacristán tocó solemnemente las campanas, y los indios se animaron al oír esa voz formidable que debía ser oída por los dioses de la tierra y de los hombres. Sol para sus matas. Para sus miradas tendidas contra las nueves.

-¡oigan las campanas hasta que revienten- renegaba el campanero-sacristán a cada jalón de los rejos- ¿quieren más, indios brutos? ¡por tantos diezmos que traen! ¡Por tantas gallinas!

Pero el agua seguía. Agua polvorosa corrió al principio por los caños. Agua con hojas secas. Agua con barro y hojas verdes. Agua con barro y frutillas. Pantano y agua sucia después. Días. Noches.

Cuando salía un rayo de sol, aparecían pequeños pájaros que se llevaban en el pico a los rastrojos. Y por los caños el agua arrastraba pichones sin plumas.

Con sus raíces descubiertas las matas se doblegaban sobre el terreno pegajoso. Las flores de los cafetos desaparecieron, desaparecieron los frutos recién nacidos. Los indios volvieron a la aldea, en silencio rabioso, y hablaron al sacristán:

-no sirvieron tus campanazos.

-dijimos que rezaras fuerte pa que oyera Cristico.

-te dio pereza y te dio sueño.

-venimos a matarte.

Los ojos del sacristán tomaron el brillo opaco de los machetes que desenvainaban. El llamado a dioses se volvió llamado a muerte, despertó en los indios una sombría urgencia de exterminar en réplica humana a lo infinito, en desesperado acto de rebeldía.

A medida que los indios se le acercaban, más se aferraban sus manos a los rejos que movían los badajos en la honda canción de agonizantes. Los ojos se abrieron del todo para desbordar el terror. Pero con el primer golpe quisieron reventar, hasta que se quedaron fijos cuando otros machetazos picaron su cuerpo. La sangre se diluyó en los charcos, a poco fue un barrizal sanguinolento en el agua que bajaba por los muros de la iglesia.

-¡beban sangre dioses crueles!- dijeron todos por uno al cielo cerrado.

-¡beban sangre!

El Cura vio desde el balcón de la casa parroquial y quiso huir pero le salió al paso la masa de indios, ensangrentados sus machetes en los puños inmóviles. Su frío era otro ingrediente del terror, pero ellos miraban sin remordimiento, empapados los harapos y los sobreros de paja.

-lo matamos porque no le oía el Dios.

-porque era mal rezador.

-te dijimos que cambiaras de rezador.

-que sacaras al Santo pa las Rogativas.

-claro, hijos, cuando quieran sacamos al buen Santo, El les traerá sol, les resucitará las matas, les…

-queremos al Santo pa cargarlo ya.

-vamos a cargar ya mismo al Santo.

El Padre fue seguido por los indios, se arrodillaron, prendieron sus últimas candelas al pie del crucifijo. Y empezaron a rezar como si no tuvieran boca:

-mándanos sol, Tatica Dios. El maíz se muere, se muere el plátano y el trigo y los repollos y el cafeto y moriremos también nosotros. Y si morimos, morirás tu, porque te alimentas con nuestros diezmos, nuestras candelas, con nuestros rezos. Mándanos sol o te mataremos de hambre porque no rezaremos, porque no daremos diezmos, porque no prenderemos candelas. Oye las campanas y abre el cielo pa que alumbre el sol en los hojas, en los ranchos, en el pantano. Se nos muere el maíz, se nos muere el café, Tata Dios…

El Cura tañía las campanas como nunca nadie tañó un par de campanas. Para despertar a Dios. Para despertar a San Isidro. Para invocar a los coros celestiales.

-Vamos a salir con el Santo en Rogativas.

-nos acompañarás en las Rogativas con el Santo.

Cuando dijeron, ya traían en andas la imagen de San Isidro Labrador, parecido a ellos en su angustia vieja.

El sacerdote los vio acercarse silenciosos, crueles, amargos. No alcanzarían a diferenciar un rostro: era una inmensa cosa gris.

Antes podía distinguir la cara y la voz de Pedro:

-aquí está la gallinita, gracias por los rezos.

Antes podía distinguir la voz y el rostro del Anselmo:

-pinta buena la cosecha, tendrá su misa el Santo y una turega de chócolos.

Antes podía distinguir la sonrisa de la Cata, el sueño del niño aferrado al pecho:

-bonito el mamantón, lo cristianamos con la luna llena.

Ahora únicamente veía algo sin forma, reptante, que hacía con el Santo un objeto animalizado frente a él, bajo el aguacero de la tarde.

-rece de modo que oiga Tata Dios- exigieron los indios por boca de todos, sin abrirla nadie.

El Cura salió con el aguacero encima

-“Señor, que nos des y nos conserves los frutos de la tierra. Te rogamos que nos oigas”.

-no va a oír El.

-alto, de modo que Oiga.

Y el Cura levantó la voz, golpeado por el chubasco su rostro al cierro cerrado:

-Danos Señor, Tus bondades y Tus bendiciones.

- no tiene magia el rezo- reclamaron los indios, sin boca para la exigencia. Entonces el Cura empezó a orar en latín, idioma de palabras mágicas para la indiada. Se alegraron por dentro al oír el habla que hablaba y entendía Dios, con el habla de las campanas, altas en la torre para que las captar más fácilmente.

-“glorifica mi alma el Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha puesto Sus ojos en la bajeza de Su esclava…

Difícil recordar todas las palabras mágicas en tales circunstancias. A veces no era latín sino un idioma que inventó su miedo. Dios oiría y le perdonaría, el miedo de los justos es amable al corazón de lo alto.

Pero fue sintiendo vergüenza, y una dignidad olvidada enjuagó su expresión, hizo rítmico el paso, armónicos los gestos, segura la voz que salía no de la presión indígena, sino de su corazón refrescado. Y el habla era él mismo en tranquila elección:

-No está solo el hombre, Señor. Oye el silencia de los que no quieren odiarte, escucha a Tus criaturas, barro del barro que formaste, imagen de Tu perdón. Dános un poco de sol, brilla Tu en él para que brille la esperanza de estos hombres oscuros, la esperanza de todos nosotros, los hombres…

Los indios veían caer el aguacero sobre el Santo, resbalar el agua por su rostro descolorido. Uno se quedó mirándolo, hasta que subió por sobre los hombros de los cargadores y sin detener nadie el paso se quitó el sombrero de caña, grande para la cabeza de la escultura, pequeño para su deseo de abrigo. Otro subió también, tomó el sombrero y vistió a la imagen con el poncho. Volvió a colgar el sombrero en la cabeza de madera antes de bajarse, amorfo en la romería silenciosa.

Las últimas casas de la aldea se perdían entre el espeso aguacero, de ahí en adelante se multifurcaba en andaderos las chozas.

-iremos por estos sembraos con el Santo.

En los barrizales se hundían los pies del Cura y de los romeros. También sus silencios sabían a oración.

-queremos seguir solos, Tata.

-llevaremos al Santo por los rincones pa que vea el invierno.

-lo llevaremos nosotros solos, Tata Cura.

-pa que el Santo vea el daño que nos hace.

La oración del sacerdote siguió anegando la fe desvalida de los indios, que ya se alejaban con las andas por un camino desigual hacia la ruina de sus siembras.

-dáles, Señor, la fe. Dáles, Señor, el sol para ellos, para sus matas, para Tu gloria.

Bajo el torrente iban despareciendo, hacia la bruma de angustia, el Santo y los indios. Bajo la lluvia las mejillas del Cura tenían agua tibia y honda.

Largo rato permaneció mirándolos, mirándose a sí mismo, con vergüenza, con esperanza. Y fue lento su paso de regreso a las campanas heladas.

Agua y más agua.

Cuarenta días. Cuarenta noches.

Estaban más bravos los indios y fueron a la imagen que seguía entre sus siembras, y le quitaron el sombrero de ala escurrida.

-pa que te mojes la cabeza porque no oíste el ruego del hombre

Al amanecer del día siguiente fue otro y lo despojó del poncho.

-pa que sepas lo que son las malas lluvias, Santo fregao.

Y el Santo se mojaba con las tupidas gotas del aguadero. De día. De noche. Agua y más agua.

Quedaba nada de sementeras. Se comieron las semillas, aullaban sus perros bajo los aleros, se encogían de frío y agua los animales domésticos. Al acabarse las palabras para el rezo, volvieron los indios al sitio donde enclavaron las andas de la imagen y con rejos y ramas lo vapulearon.

-Santo fregao, no estás oyendo al hombre.

Con la lluvia, San Isidro resistía el aguacero de azotes. Entonces volvieron con hachas y machetes y dijeron:

-te rajaremos en astillas.

-no nos quieres.

-no te queremos, Santo malo.

-Santo fregao, no te queremos

-te rajaremos en astillas.

Y a machetazos acabaron con la imagen, acabaron con ella los hachazos. Hundieron sus restos en un pantano entre las siembras.

Un día más.

Una noche más.

A la mañana siguiente en los ojos oblicuos empezó a despuntar el sol, y hubo nubes que se fueron con mejor viento, y se despejó el cielo para nueva fe, y se derramó alegre el día en los ojos y en los charcos. Y salieron los animales, y cantaron los pájaros, y la indiada fue al barrizal donde sepultó las astillas del santo.

-hay que ser duros con estos dioses-

-pa que aprendan a servir y respetar al hombre

Y empezaron a sacarlo y a lavar los restos con arrepentimiento sonreído. Los dioses estaban a su servicio, por eso les llamaban, por eso vivían vida sin tiempo

Entonces llevaron al pueblo los despojos del Santo, y el Cura de nuevo pudo reconocer los rostros de Pedro, de Juana, del Anselmo, de la Cata y de su hijo mamantón. Tuvo deseos de llorar cuando entraron en la iglesia a decirle:

-aquí está el Santico.

-haremos otro

-de buena madera lo haremos.

Este ya no nos oía, no hacía buenos milagros.

-no oyó las campanas, no oyó los rezadores.

El Cura escuchaba, abstraídos los ojos en un rayo de sol que untaba el altar

-destruyeron al Santo…-dijo con dolor sereno.

-sí, quedó malito-contestaron los indios-

A todos nos jodió el invierno.

19 enero 2012

EL FORASTERO

(Manuel Mejía Vallejo)


Había venido de lejos, todos lo sabíamos por su mirada.

—Fíjate, el que llegó.

Traía con él su mirada, como envuelto en ella, como si ella no le dejara ver. Pero observaba las calles empedradas del pueblo, sus balcones con macetas y muchachas, los zaguanes amplios, la sombra que el sol arrojaba contra las aceras: al recorrerlas parecía caminar dentro de sí
mismo para rescatar su vida de antes, su vida ligada al pueblo estancado en un tiempo de soledad, eso parecía.

No hablaba. Pero cuando le preguntamos:

- ¿ D ó n d e estuviste? ,

propició sus ojos, tendió la mirada como una pantalla grande, y todos vimos historias vividas en mares y tierras no conocidos antes por ojos distintos a los suyos.

Únicamente de lejos seguimos su paso. Nada quedó sin que lo repasara cuidadosamente. Sólo al perderse de nuevo con andar difícil llegamos a saber que detrás no quedaban balcones ni macetas ni calles ni historia, y que todo comenzaba a parecerse a un gran olvido. Porque el hombre, al
salir, se llevaba el pueblo en su mirada.

15 enero 2012

"La lluvia"

Cuento
Arturo Uslar Pietri


La luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como la lluvia. En la sombra acuchillada de láminas claras oscilaba el chinchorro lento del viejo zambo; acompasadamente chirriaba la atadura de la cuerda sobre la madera y se oía la respiración corta y silbosa de la mujer que estaba echada sobre el catre del rincón.
La patinadura del aire sobre las hojas secas del maíz y de los árboles sonaba cada vez más a lluvia, poniendo un eco húmedo en el ambiente terroso y sólido.
Se oía en lo hondo, como bajo piedra, el latido de la sangre girando ansiosamente.
La mujer sudorosa e insomne prestó oído, entreabrió los ojos, trató de adivinar por las rayas luminosas, atisbó un momento, miró el chinchorro, quieto y pesado, y llamó con voz agria:
—¡Jesuso!
Calmó la voz esperando respuesta y entretanto comentó alzadamente.
—Duerme como un palo. Para nada sirve. Si vive como si estuviera muerto...
El dormido salió a la vida con la llamada, desperezóse y preguntó con voz cansina:
—¿Qué pasa Usebia? ¿Qué escándalo es ese? ¡Ni de noche puedes dejar en paz a la gente!
—Cállate, Jesuso y oye.
—¿Qué?
—Está lloviendo, lloviendo, ¡Jesuso! y no lo oyes. ¡Hasta sordo te has puesto!
Con esfuerzo, malhumorado, el viejo se incorporó, corrió a la puerta, la abrió violentamente y recibió en la cara y en el cuerpo medio desnudo la plateadura de la luna llena y el soplo ardiente que subía por la ladera del conuco agitando las sombras. Lucían todas las estrellas.
Alargó hacia la intemperie la mano abierta, sin sentir una gota.
Dejó caer la mano, aflojó los músculos y recostóse en el marco de la puerta.
—¿Ves vieja loca, tu aguacero? Ganas de trabajar la paciencia. La mujer quedóse con los ojos fijos mirando la gran claridad que entraba por la puerta. Una rápida gota de sudor le cosquilleó en la mejilla. El vaho cálido inundaba el recinto.
Jesús tornó a cerrar, caminó suavemente hasta el chinchorro, estiróse y se volvió a oír el crujido de la madera en la mecida. Una mano colgaba hasta el suelo resbalando sobre la tierra del piso.
La tierra estaba seca como una piel, áspera, seca hasta en el extremo de las raíces, ya como huesos; se sentía flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba los hombres.
Las nubes oscuras como sombras de árbol se habían ido, se habían perdido tras de los últimos cerros más altos, se habían ido como el sueño, como el reposo. El día era ardiente. La noche era ardiente, encendida de luces fijas y metálicas.
En los cerros y los valles pelados, llenos de grietas como bocas, los hombres se consumían torpes, obsesionados por el fantasma pulido del agua, mirando señales, escudriñando anuncios...
Sobre los valles y los cerros, en cada rancho, pasaban y repasaban las mismas palabras.
—Cantó el carrao. Va a llover...
—¡No lloverá! Se la daban como santo y seña de la angustia.
—Ventó del abra. Va a llover...
—¡No lloverá!
Se lo repetían como para fortalecerse en la espera infinita.
—Se callaron las chicharras. Va a llover...
—¡No lloverá!
La luz y el sol eran de cal cegadora y asfixiante.
—Si no llueve, Jesuso, ¿qué va a pasar?
Miró la sombra que se agitaba fatigosa sobre el catre, comprendió su intención de multiplicar el sufrimiento con las palabras, quiso hablar, pero la somnolencia le tenía tomado el cuerpo, cerró los ojos y se sintió entrando al sueño.

Con la primera luz de la mañana Jesuso salió al conuco y comenzó a recorrerlo a paso lento. Bajo sus pies descalzos crujían las hojas vidriosas. Miraba a ambos lados las largas hileras del maizal amarillas y tostadas, los escasos árboles desnudos y en lo alto de la colina, verde profundo, un cactus vertical. A ratos deteníase, tomaba en la mano una vaina de frejol reseca y triturábala con lentitud haciendo saltar por entre los dedos los granos rugosos y malogrados.
A medida que subía el sol, la sensación y el color de aridez eran mayores. No se veía nube en el cielo de un azul llama. Jesuso, como todos los días iba, sin objeto, porque la siembra estaba ya perdida, recorriendo las veredas del conuco, en parte por inconsciente costumbre, en parte por descansar de la hostil murmuración de Usebia.
Todo lo que se dominaba del paisaje, desde la colina, era una sola variedad de amarillo sediento sobre valles estrechos y cerros calvos, en cuyo flanco una mancha de polvo calcáreo señalaba el camino.
No se observaba ningún movimiento de vida, el viento quieto, la luz fulgurante. Apenas la sombra si se iba empequeñeciendo. Parecía aguardarse un incendio.
Jesuso marchaba despacio, deteniéndose a ratos como un animal amaestrado, la vista sobre el suelo, y a ratos conversando consigo mismo.
—¡Bendito y alabado! ¿Qué va a ser de la pobre gente con esta sequía? Este año ni una gota de agua y el pasado fue un inviernazo que se pasó de aguado, llovió más de la cuenta, creció el río, acabó con las vegas, se llevó el puente... Está visto que no hay manera... Si llueve, porque llueve... Si no llueve, porque no llueve...
Pasaba del monólogo a un silencio desierto y a la marcha perezosa, la mirada por tierra, cuando sin ver sintió algo inusitado, en el fondo de la vereda y alzó los ojos.
Era el cuerpo de un niño. Delgado, menudo, de espaldas, en cuclillas fijo y abstraído mirando hacia el suelo.
Jesuso avanzó sin ruido, y sin que el muchacho lo advirtiera, vino a colocársele por detrás, dominando con su estatura lo que hacía. Corría por tierra culebreando un delgado hilo de orina, achatado y turbio de polvo en el extremo, que arrastraba algunas pajas mínimas. En ese instante, de entre sus dedos mugrientos, el niño dejaba caer una hormiga.
—Y se rompió la represa... y ha venido la corriente... bruum... bruuuum... bruuuuuum... y la gente corriendo... y se llevó la hacienda de tío sapo... y después el hato de tía tara... y todos los palos grandes... zaaas... bruuuuum... y ahora tía hormiga metida en esa aguazón...
Sintió la mirada, volvióse bruscamente, miró con susto la cara rugosa del viejo y se alzó entre colérico y vergonzoso.
Era fino, elástico, las extremidades largas y perfectas, el pecho angosto, por entre el dril pardo la piel dorada y sucia, la cabeza inteligente, móviles los ojos, la nariz vibrante y aguda, la boca femenina. Lo cubría un viejo sombrero de fieltro, ya humano de uso, plegado sobre las orejas como bicornio, que contribuía a darle expresión de roedor, de pequeño animal inquieto y ágil.
Jesuso terminó de examinarlo en silencio y sonrió.
—¿De dónde sales muchacho?
—De por ahí...
—¿De donde?
—De por ahí.
Y extendió con vaguedad la mano sobre los campos que se alcanzaban.
—¿Y qué vienes haciendo?
—Caminando.
La impresión de la respuesta dábale cierto tono autoritario y alto, que extrañó al hombre.
—¿Cómo te llamas?
—Como me puso el cura.
Jesús arrugó el gesto, degradado por la actitud terca y huraña.
El niño pareció advertirlo y compensó las palabras con una expresión confiada y familiar.
—No seas malcriado —comentó el viejo, pero desarmado por la gracia bajó a un tono más íntimo—. ¿Por qué no contestas?
—¿Para qué pregunta? —replicó con candor extraordinario.
—Tú escondes algo. O te has ido de casa de tu taita.
—No, señor.
Preguntaba casi sin curiosidad, monótonamente, como jugando un juego.
—O has echado alguna lavativa.
—No, señor.
—O te han botado por maluco.
—No, señor.
Jesuso se rascó la cabeza y agregó con sorna:
—O te empezaron a comer las patas y te fuistes, ¿ah, vagabundito?
El muchacho no respondió, se puso a mecerse sobre los pies, los brazos a la espalda, chasqueando la lengua contra el paladar.
—¿Y para dónde vas ahora? —Para ninguna parte.
—¿Y qué estás haciendo?
—Lo que usted ve.
—¡Buena cochinada!
El viejo Jesuso no halló más que decir; quedaron callados frente a frente, sin que ninguno de los dos se atreviese a mirarse a los ojos. Al rato, molesto por aquel silencio y aquella quietud que no hallaba cómo romper, empezó a caminar lentamente como un animal enorme y torpe, casi como si quisiera imitar el paso de un animal fantástico, advirtió que lo estaba haciendo, y lo ruborizó pensar que pudiera hacerlo para divertir al niño.
—¿Vienes? —preguntó simplemente—. Calladamente el muchacho se vino siguiéndolo.
En llegando a la puerta del rancho halló a Usebia atareada encendiendo el fuego. Soplaba con fuerza sobre un montoncito de maderas de cajón de papeles amarillos.
—Usebia, mira —llamó con timidez—. Mira lo que ha llegado.
—Ujú —gruñó sin tornarse, y continuó soplando.
El viejo tomó al niño y lo colocó ante sí, como presentándolo, las dos manos oscuras y gruesas sobre los hombros finos.
—¡Mira, pues!
Giró agria y brusca y quedó frente al grupo, viendo con esfuerzo por los ojos llorosos de humo.
—¿Ah?
Una vaga dulzura le suavizó lentamente la expresión.
—Ajá. ¿Quién es?
Ya respondía con sonrisa a la sonrisa del niño.
—¿Quién eres?
—Pierdes tu tiempo en preguntarle, porque este sinverguenza no contesta.
Quedó un rato viéndolo, respirando su aire, sonriéndole, pareciendo comprender algo que escapaba a Jesuso. Luego muy despacio se fue a un rincón, hurgó en el fondo de una bolsa de tela roja y sacó una galleta amarilla, pulida como metal de dura y vieja. La dio al niño y mientras este mascaba con dificultad la tiesa pasta, continuó contemplándolos, a él y al viejo alternativamente, con aire de asombro, casi de angustia.
Parecía buscar dificultosamente un fino y perdido hilo de recuerdo.
—¿Te acuerdas, Jesuso, de Cacique? El pobre.
La imagen del viejo perro fiel desfiló por sus memorias. Una compungida emoción los acercaba.
—Ca-ci-que... —dijo el viejo como aprendiendo a deletrear.
El niño volvió la cabeza y lo miró con su mirada entera y pura. Miró a su mujer y sonrieron ambos tímidos y sorprendidos.
A medida que el día se hacía grande y profundo, la luz situaba la imagen del muchacho dentro del cuadro familiar y pequeño del rancho. El color de la piel enriquecía el tono moreno de la tierra pisada, y en los ojos la sombra fresca estaba viva y ardiente.
Poco a poco las cosas iban dejando sitio y organizándose para su presencia. Ya la mano corría fácil sobre la lustrosa madera de la mesa, al pie hallaba el desnivel del umbral, el cuerpo se amoldaba exacto al butaque de cuero y los movimientos cabían con gracia en el espacio que los esperaba.
Jesuso, entre alegre y nervioso, había salido de nuevo al campo y Usebia se atareaba, procurando evadirse de la soledad frente al ser nuevo. Removía la olla sobre el fuego, iba y venía buscando ingredientes para la comida, y a ratos, mientras le volvía la espalda, miraba de reojo al niño.
Desde donde lo vislumbraba quieto, con las manos entre las piernas, la cabeza doblada mirando los pies golpear el suelo, comenzó a llegarle un silbido menudo y libre que no recordaba música.
Al rato preguntó casi sin dirigirse a él:
—¿Quién es el grillo que chilla?
Creyó haber hablado muy suave, porque no recibió respuesta sino el silbido, ahora más alegre y parecido a la brusca exaltación del canto de los pájaros.
—¡Cacique! —insinuó casi con verguenza—. ¡Cacique!
Mucho gozo le produjo al, oír el ¡ah! del niño.
—¿Cómo te está gustando el nombre?
Una pausa y añadió:
—Yo me llamo Usebia.
Oyó como un eco apagado:
—Velita de sebo...
Sonrió entre sorprendida y disgustada.
—¿Cómo que te gusta poner nombres? —Usted fue quien me lo puso a mí.
—Verdad es.
Iba a preguntarle si estaba contento, pero la dura costra que la vida solitaria había acumulado sobre sus sentimientos le hacía difícil, casi dolorosa, la expresión.
Tornó a callar y a moverse mecánicamente en una imaginaria tarea, eludiendo los impulsos que la hacían comunicativa y abierta. El niño recomenzó el silbido.
La luz crecía, haciendo más pesado el silencio. Hubiera querido comenzar a hablar disparatadamente de todo cuanto le pasaba por la cabeza, o huir de la soledad para hallarse de nuevo consigo misma.
Soportó callada aquel vértigo interior hasta el límite de la tortura, y cuando se sorprendió hablando ya no se sentía ella, sino algo que fluía como la sangre de una vena rota.
—Tú vas a ver como todo cambiará ahora, Cacique. Ya yo no podía aguantar más a Jesuso...
La visión del viejo oscuro, callado, seco, pasó entre las palabras. Le pareció que el muchacho había dicho "lechuzo", y sonrió con torpeza, no sabiendo si era resonancia de sus propias palabras.
—...no sé como lo he aguantado toda la vida. Siempre ha sido malo y mentiroso. Sin ocuparse de mí...
El sabor de la vida amarga y dura se concentraba en el recuerdo de su hombre, cargándolo con las culpas que no podía aceptar.
—...ni el trabajo del campo lo sabe con tantos años. Otros hubieran salido de abajo y nosotros para atrás y para atrás. Y ahora este año, Cacique...
Se interrumpió suspirando y continuó con firmeza y la voz alzada, como si quisiera que la oyese alguien más lejos:
—...no ha venido el agua. El verano se ha quedado viejo quemándolo todo. ¡No ha caído ni una gota!
La voz cálida en el aire tórrido trajo un asia de frescura imperiosa, una angustia de sed. El resplandor de la colina tostada, de las hojas secas, de la tierra agrietada, se hizo presente como otro cuerpo y alejó las demás preocupaciones.
Guardó silencio algún tiempo y luego concluyó con voz dolorosa:
—Cacique, coge esa lata y baja a la quebrada a buscar agua.

Miraba a Usebia atarearse en los preparativos del almuerzo y sentía un contento íntimo como si se preparara una ceremonia extraordinaria, como si acaso acabara de descubrir el carácter religioso del alimento.
Todas las cosas usuales se habían endomingado, se veían más hermosas, parecían vivir por primera vez.
—¿Está buena la comida, Usebia? La respuesta fue tan extraordinaria como la pregunta.
—Está buena, viejo.
El niño estaba afuera, pero su presencia llegaba hasta ellos de un modo imperceptible y eficaz.
La imagen del pequeño rostro agudo y huroneante, les provocaba asociaciones de ideas nuevas. Pensaban con ternura en objetos que antes nunca habían tenido importancia. Alpargatitas menudas, pequeños caballos de madera, carritos hechos con ruedas de limón, metras de vidrio irizado.
El gozo mutuo y callado los unía y hermoseaba. También ambos parecían acabar de conocerse, y tener sueños para la vida venidera. Estaban hermosos hasta sus nombres y se complacían en decirlos solamente.
—Jesuso...
—Usebia...
Ya el tiempo no era un desesperado aguardar, sino una cosa ligera, como fuente que brotaba.
Cuando estuvo lista la mesa, el viejo se levantó, atravesó la puerta y fue a llamar al niño que jugaba afuera, echado por tierra, con una cerbatana.
—¡Cacique, vente a comer!
El niño no lo oía, abstraído en la contemplación del insecto verde y fino como el nervio de una hoja. Con los ojos pegados a la tierra, la veía crecida como si fuese de su mismo tamaño, como un gran animal terrible y monstruoso. La cerbatana se movía apenas, girando sobre sus patas, entre la voz del muchacho, que canturreaba interminablemente:
—"Cerbatana, cerbatanita, ¿de qué tamaño es tu conuquito?"
El insecto abría acompasadamente las dos patas delanteras, como mensurando vagamente. La cantinela continuaba acompañando el movimiento de la cerbatana, y el niño iba viendo cada vez más diferente e inesperado el aspecto de la bestezuela, hasta hacerla irreconocible en su imaginación.
—Cacique, vente a comer.
Volvió la cara y se alzó con fatiga, como si regresase de un largo viaje.
Penetró tras el viejo en el rancho lleno de humo. Usebia servía el almuerzo en platos de peltre desportillados. En el centro de la mesa se destacaba blanco el pan de maíz, frío y rugoso.
Contra su costumbre, que era estarse lo más del día vagando por las siembras y laderas, Jesuso regresó al rancho poco después del almuerzo.
Cuando volvía a las horas habituales, le era fácil repetir gestos consuetudinarios, decir las frases acostumbradas y hallar el sitio exacto en que su presencia aparecía como un fruto natural de la hora, pero aquel regreso inusitado representaba una tan formidable alteración del curso de su vida, que entró como avergonzado y comprendió que Usebia debía estar llena de sorpresa.
Sin mirarla de frente, se fue al chinchorro y echóse a lo largo. Oyó sin extrañeza como lo interpelaba.
—¡Ajá! ¿cómo que arreció la flojera?
Buscó una excusa.
—¿Y qué voy a hacer en ese cerro achicharrado?
Al rato volvió la voz de Usebia, ya dócil y con más simpatía.
—¡Tanta falta que hace el agua! Si acabara de venir un aguacero, largo y bueno. ¡Santo Dios!
—La calor es mucha y el cielo purito. No se mira venir agua de ningún lado.
—Peo si lloviera se podría hacer otra siembra.
—Sí, se podría.
—;Y daría más plata, porque se ha secado mucho conuco.
—Sí, daría.
—Con un solo aguacero se pondría verdecita toda esa falda.
—Y con la plata podríamos comprarnos un burro, que nos hace mucha falta. Y unos camisones para tí, Usebia.
La corriente de ternura brotó inesperadamente y con su milagro hizo sonreír a los viejos.
—Y para tí, Jesuso, una buena cobija que no se pase.
Y casi en coro los dos:
—¿Y para Cacique?
—Lo llevaremos al pueblo para que coja lo que le guste.
La luz que entraba por la puerta del rancho se iba haciendo tenue, difusa, oscura, como si la hora avanzase y sin embargo no parecía haber pasado tanto tiempo desde el almuerzo. Llegaba brisa teñida de humedad que hacía más grato el encierro de la habitación.
Todo el medio día lo habían pasado casi en silencio, diciendo sólo, muy de tiempo en tiempo, algunas palabras vagas y banales por lo que secretamente y de modo basto asomaba un estado de alma nuevo, una especie de calma, de paz, de cansancio feliz.
—Ahorita está oscuro —dijo Usebia, mirando el color ceniciento que llegaba a la puerta.
—Ahorita —asintió distraídamente el viejo.
E inesperadamente agregó:
—¿Y qué se ha hecho Cacique en toda la tarde?... Se habrá quedado por el conuco jugando con los animales que encuentra. Con cuanto bichito mira, se para y se pone a conversar como si fuera gente.
Y más luego añadió, después de haber dejado desfilar lentamente por su cabeza todas las imágenes que suscitaban sus palabras dichas: —...y lo voy a buscar, pues.
Alzóse del chinchorro con pereza y llegó a la puerta. Todo el amarillo de la colina seca se había tornado en violeta bajo la luz de gruesos nubarrones negros que cubrían el cielo. Una brisa aguda agitaba todas las hojas tostadas y chirriantes.
—Mira, Usebia —llamó.
Vino la vieja al umbral preguntando:
—¿Cacique está allí?
—¡No! Mira el cielo negrito, negrito.
—Ya así se ha puesto otras veces y no ha sido agua.
Ella quedó enmarcada y él salio al raso, hizo hueco con las manos y lanzó un grito lento y espacioso.
—¡Cacique! ¡Caciiiique!
La voz se fue con la brisa, mezclada al ruido de las hojas, al hervor de mil ruidos menudos que como burbujas rodeaban a la colina.
Jesuso comenzó a andar por la vereda más ancha del conuco.
En la primera vuelta vio de reojo a Usebia, inmóvil, incrustada en las cuatro líneas del umbral, y la perdió siguiendo las sinuosidades.
Cruzaba un ruido de bestezuelas veloces por la hojarasca caída y se oía el escalofriante vuelo de las palomitas pardas sobre el ancho fondo del viento inmenso que pasaba pesadamente. Por la luz y el aire penetraba una frialdad de agua.
Sin sentirlo, estaba como ausente y metido por otras veredas más torcidas y complicadas que las del conuco, más oscuras y misteriosas. Caminaba mecánicamente, cambiando de velocidad, deteniéndose y hallándose de pronto parado en otro sitio.
Suavemente las cosas iban desdibujándose y haciéndose grises y mudables, como de sustancia de agua.
A ratos parecía a Jesuso ver el cuerpecito del niño en cuclillas entre los tallos del maíz, y llamaba rápido: —"Cacique" —pero pronto la brisa y la sombra deshacían el dibujo y formaban otra figura irreconocible.
Las nubes mucho más hondas y bajas aumentaban por segundos la oscuridad. Iba a media falda de la colina y ya los árboles altos parecían columnas de humo deshaciéndose en la atmósfera oscura.
Ya no se fiaba de los ojos, porque todas las formas eran sombras indistintas, sino que a ratos se paraba y prestaba oído a los rumores que pasaban.
—¡Cacique!
Hervía una sustancia de murmullos, de ecos, de crujidos, resonante y vasta.
Había distinguido clara su voz entre la zarabanda de ruidos menudos y dispersos que arrastraba el viento.
—Cerbatana, cerbatanita...
Entre el humo vago que le llenaba la cabeza, una angustia fría y aguda lo hostigaba acelerando sus pasos y precipitándolo locamente. Entró en cuclillas, a ratos a cuatro patas, hurgando febril entre los tallos de maíz, y parándose continuamente a no oir sino su propia respiración, que resonaba grande.
Buscaba con rapidez que crecía vertiginosamente, con ansia incontenible, casi sintiéndose él mismo, perdido y llamado.
—¡Cacique! ¡Caciiiique!
Había ido dando vueltas entre gritos y jadeos, extraviado, y sólo ahora advertía que iba de nuevo subiendo la colina. Con la sombra, la velocidad de la sangre y la angustia de la búsqueda inútil, ya no reconocía en sí mismo al manso viejo habitual, sino un animal extraño presa de un impulso de la naturaleza. No veía en la colina los familiares contornos, sino como un crecimiento y una deformación inopinados que se la hacían ajena y poblada de ruidos y movimientos desconocidos.
El aire estaba espeso e irrespirable, el sudor le corría copioso y él giraba y corría siempre aguijoneado por la angustia.
—¡Cacique!
Ya era una cosa de vida o muerte hallar. Hallar algo desmedido que saldría de aquella áspera soledad torturadora. Su propio grito ronco parecía llamarlo hacia mil rumbos distintos, donde algo de la noche aplastante lo esperaba.
Era agonía. Era sed. Un olor de surco recién removido flotaba ahora a ras de tierra, olor de hoja tierna triturada.
Ya irreconocible, como las demás formas, el rostro del niño se deshacía en la tiniebla gruesa, ya no le miraba aspecto humano, a ratos no le recordaba la fisonomía, ni el timbre, no recordaba su silueta.
—¡Cacique!
Una gruesa gota fresca estalló sobre su frente sudorosa. Alzó la cara y otra le cayó sobre los labios partidos, y otras en las manos terrosas.
—¡Cacique!
Y otras frías en el pecho grasiento de sudor, y otras en los ojos turbios, que se empañaron.
—¡Cacique! ¡Cacique! ¡Cacique!...
Ya el contacto fresco le acariciaba toda la piel, le adhería las ropas, le corría por los miembros lasos.
Un gran ruido compacto se alzaba de toda la hojarasca y ahogaba su voz. Olía profundamente a raíz, a lombriz de tierra, a semilla germinada, a ese olor ensordecedor de la lluvia.
Ya no reconocía su propia voz, vuelta en el eco redondo de las gotas. Su boca callaba como saciada y parecía dormir marchando lentamente, apretado en la lluvia, calado en ella, acunado por su resonar profundo y basto.
Ya no sabía si regresaba. Miraba como entre lágrimas al través de los claros flecos del agua la imagen oscura de Usebia, quieta entre la luz del umbral.