10 febrero 2013

¡Nos debemos la muerte, Oviedo!

 
Recuerda que somos mortales,
arreglemos nuestras cuentas.


Huayno popular peruano

 
Al principio encendió un cigarrillo guiado por un viejo hábito, como si estuviese petrificado al pie de su catre, arropado con un abrigo negro y un desvaído pantalón vaquero. Se sirvió una taza de café frío a pesar del viento glacial, esa mañana, sin quitarse los guantes, sin darse cuenta de que los pétalos podridos de los jazmines caían al pie de la ventana como picas de papel en la penumbra. Oviedo, apoltronado en su silla, sorbió pausadamente el café, soltó bocanadas de humo, sus ojos flotaron sobre los vidrios opacos de la puerta tentados de alcanzar la calle, de alcanzar la estación del tren y abordar el de las doce. Sin embargo, debió guardar la taza vacía en un rincón de adobes tiznados, consumir por completo el cigarrillo, cerciorarse de que el boleto estaba ahí, en el bolsillo trasero, y debió por fin consultar su reloj pulsera, entrecerrando los ojos como era su costumbre, para que se diera cuenta de que era hora de dar paso al destino, de arrancarle por última vez una hoja al almanaque, de cerrar el zaguán con aldaba y caminar hasta la estación tratando de ocultar esa extraña inquietud por llegar a Huancayo y arreglar viejas cuentas.
Pronto abandonó su chalet de los suburbios y ganó las calles céntricas de Huancavelica, con su andar leve de fiera esquelética. Oviedo sólo llevaba encima un decolorado sombrero que encubría la calvicie modelada por el tiempo, y una fotografía en blanco y negro de él y sus camaradas en una recóndita callejuela de Huancayo, allá por el 87, que le recordaba inexorablemente la incertidumbre de la guerra. Y aquello era suficiente. Dominó la ciudad acorazada, sin horizontes. Vio las casas grises sofocadas por centenarias enredaderas y se convenció de que hacía mucho tiempo habían dejado de ser simplemente casas y ahora en cambio se iban pareciendo a los hombres cuando mueren. Quizá por ello esta vez no se ofuscó con los ruidos de la gente y las bocinas de la calle Versalles, que durante un mes exactamente —desde que abandonó la prisión y arribó al azar a esta ciudad— le estorbaron, martirizaron su oficio de relojero ambulante. Consultó su reloj entrecerrando los ojos, como era su costumbre, y supo que había tiempo para encender un cigarrillo y recordar casi en voz alta que hace exactamente treinta y cinco años, once meses y seis días que esperaba zanjar una cuenta, y fumó impasible entre muchedumbres indiferentes. Oviedo era posiblemente el tipo más satisfecho sobre la tierra sosteniendo su cigarrillo rumbo a la estación del tren; no le importaba ahora la estrepitosa tos que sacudía su rostro constantemente exhibiendo su barba rala, blanca como la cal; ni tampoco el hecho de que haya tropezado con el pie izquierdo al salir de su barraca, incidente que otras veces en el pasado le había inquietado hasta la alucinación, encerrándolo indefectiblemente en casa durante todo el día, recordando que la última vez que vio al teniente Patiño en la emboscada, había tropezado con el mismo pie.
Le cogió una llovizna gris y apuró el cigarrillo. Abandonó sus contemplaciones y se incorporó al presente, a su momento, recorrió la última cuadra, sus dedos arácnidos constataron que el boleto se
hallaba en el bolsillo trasero. Arribó a la estación mientras la llovizna se hacía más dura, abordó el vagón y ocupó su asiento. Sacudió su sombrero algo tranquilizado, acomodó en un bolsillo la foto y nuevamente —sin percatarse que el tren se ponía en marcha— se entregó a los recuerdos oscilando entre los episodios oscuros de aquellos años en Púcuta y en tres o cuatro palabras que le dijo el teniente Patiño tratando de negociar la liberación de sus soldados. Recordó, por ejemplo, los incendios de las haciendas, de las fincas y las iglesias donde el mismo Patiño clamaba: « ¡Mamani está ahí! ¡Lo quiero vivo o muerto!». Y aquellas torturas, tres días en el pozo con agua hasta las narices y las rodillas quebradas por la electricidad. Empalideció, aún ahora, su rugoso rostro. Pensó en la desolación de 1964 donde se incubaba un amasijo de ideas en medio de la selva, y en la gran emboscada en que murieron treinta y cinco hombres y él, Oviedo, fue capturado junto a Mamani por el Ejército siguiendo las órdenes de Patiño. Recordó la espesa niebla de aquella mañana, la misma llovizna que ahora veía por la ventanilla del tren, la dinamita, las balas penetrando en los cuerpos de uno y otro bando, la incertidumbre de los repentinos silencios, y por fin, la arremetida, el desarme y la tortura: lo colgaron desnudo de los brazos en un bohío, llovieron macanas contra los huesos y los músculos que cedían y estallaban, la electricidad acuchillaba sus rodillas, y al cabo su cuerpo húmedo y laxo, atado enérgicamente, fue arrojado a la tierra junto al rostro inerte del camarada Nilmar, a quien le habían arrancado los párpados para que nunca cerrase los ojos… Y luego los treinta años en prisión…
El silbato repentino del tren lo sustrajo temporalmente de sus pensamientos, se hundió en su butaca, asqueado, ofuscado por no poder fumar en el vagón. Pronto olvidó la molestia, retornó a sus recuerdos y le sobrevino una rara emoción. Trató de recordar una a una las palabras de Patiño cuando éste lo abordó soberbio en el pasillo de la cárcel luego de la sentencia: «No lo olvide Oviedo, esta guerra es entre los dos. Debiste matarme cuando me tuviste de rehén. Sin embargo, esto no ha terminado. Tuviste tus razones y ahora yo tengo las mías». Y le dio en un papel garabateado el lugar, la fecha y la hora exacta en que debían arreglar sus cuentas. Y ese día era hoy después de treinta y cinco años, once meses y seis días. Quizá por eso ahora supo que toda esa eternidad no fue sino un detenerse a pensar en el camino y retomarlo más decididamente. Por eso no contó las cinco horas de viaje ni las quince cuadras que caminó hasta el centro de Huancayo hasta la Plaza Constitución, o los 69 pasos que avanzó hasta un banco donde creyó que estaría a la vista de los transeúntes… de Patiño. Consultó su reloj, entrecerrando la vista como era su costumbre, y supo que las agujas indicaban las siete menos cinco minutos. Encendió un cigarrillo, apreció la noche, el cielo algo gris como corresponde en invierno. Los árboles iluminados por los faroles, contiguas luces que infinitamente seguían el rastro paralelo de las avenidas. Todo había cambiado en treinta y cinco años. Sólo la plazoleta mantenía su forma, excepto por alguno que otro árbol que ya no existía y la luminosidad que ahora lo penetraba todo y destruía las sombras. Oviedo, en la plazoleta, no tenía sombra y soltó una risita de alegría. Podía estar contento ahora, en completa inercia, observándolo todo, discurriendo en cosas más insignificantes, ahora que le acometía una satisfacción, pensó en las gigantescas agujas del reloj de la Catedral, pensó en el vuelo espiral de las palomas, en los edificios que lo rodeaban. Y sólo cuando el tañer de las campanas dejó entrever que eran las siete de la noche, vio a alguien de considerable estatura envuelto en una gabardina negra, chalina y guantes, que despacio se acercó hacia él.
—Buenas noches, Teniente —dijo Oviedo consultando su reloj—. Siete en punto. Algo se aprende en el ejército.
—Cómo estás, Oviedo —saludó apacible el mayor Patiño tratando de ocultar quizá la misma emoción que sentía Oviedo y estrechó su mano afectuosamente.
—Creo que bien, Teniente, aunque con algo de frío por supuesto; el tiempo ha cambiado. Hace treinta y cinco años…
—Así es. Pero qué ocurrencia confiarse en invierno. Me sorprende de usted.
—Aunque es mayor el frío en la prisión. Usted sabe, el cemento, las rejas…
—Bueno, bueno, dejemos eso. ¿Toma algo? Digo, para conversar más tranquilamente. Han pasado tantas cosas.
—Usted dirá.
Oviedo se levantó del banco y echaron a caminar como dos sombras envejecidas, como dos viejos amigos que se debían la muerte el uno al otro. Caminaron algunas cuadras casi en silencio. Entraron en una cantina. El Teniente pidió dos
calientes1 mientras se acomodaba en una silla.


—Es lo que toman los hombres —dijo.
Oviedo asintió indiferente mientras ocupaba su asiento adyacente a un muro colmado de luces de neón. Examinó algunos rostros paulatinamente, quizá con el propósito de descubrir en alguno de ellos una cara conocida, camarada… Y luego volvió a lo suyo, extrajo del bolsillo interior de su abrigo su cajetilla semivacía de cigarrillos, encendió uno y ladeándose hacia al Teniente que llenaba su vaso, invitó:
— ¿Desea uno?
— ¡Qué descortés! —dijo Patiño avergonzado—. Perdone Oviedo, hacerle venir hasta aquí y no ofrecerle un cigarrillo. ¡Eso es imperdonable siendo yo el anfitrión!
Cogió uno en seguida más reconfortado, cómodo, y de no ser que entre ambos fortuitos compañeros mediaba un ancestral duelo, habría deseado permanecer así impasible con un cigarrillo entre los dedos perpetuamente. Se acercó satisfecho a la lumbre de Oviedo, avivó el tabaco y «golpeó» arrojando una bocanada de humo que desdibujaba sus rostros, que se difuminaba con la luz verde de la taberna, revolviéndose con la música que llegaba desde algún cubículo secreto.
—Debe ser la emoción de volverlo a ver, Oviedo.
—No se preocupe —señaló Oviedo mientras retiraba los codos de la mesa para recostarse en la pared—. En la prisión nadie se toma atenciones para nadie.
—No me diga que no tuvo quien lo visitara, ¿su madre al menos? —murmuró el Teniente ofreciéndole la copa vacía.
—El primer año la veía cada fin de semana. Después ya no —comentó sobrio depositando la mirada en la gente que entraba o salía o fumaba en otras mesas esperando insensiblemente que pasase el tiempo.
—Parece que no es bueno hablar de eso ahora. En fin, en fin… han pasado tantas cosas.
—Y qué fue de usted, Teniente. A usted sí le fue bien según veo —interrogó el guerrillero reafirmándose en la conversación.
—Algo. Después de tu proceso y de algunos más, decidí retirarme. La situación en la selva era compleja. Yo ya tenía demasiado con la complicación de mis rodillas. Tú sabes, después de una tortura como la que me dieron tus hombres nadie vuelve a ser el mismo. Y la lesión devino en artrosis. Aún ahora sigo un tratamiento.
—Supe de su retiro por las noticias que traían los nuevos a la cárcel. Y no crea que usted llevó la peor parte. Yo quedé casi ciego. Dicen que fue por las descargas de electricidad… Fuimos tus rehenes, era lógico. Pero de todos modos estuve treinta y cinco años encerrado después de aquello, hasta el mes pasado —dijo y sonrió hastiado cediendo el vaso a su involuntario confidente.
—Bueno, ambos la pasamos mal —dijo Patiño prolongando siempre una mueca de ironía—. ¿No tienes otro cigarrillo? El médico me los prohibió, pero en una ocasión así tiene perdón.
—Claro, claro. He reservado el último para mi viejo amigo —invitó haciendo notar en la última palabra cierta causticidad.
—Pero no piense que he cambiado mi forma de pensar; es más, creo que ahora soy más «eficiente» —se mofó Patiño levantando sutilmente el vaso y el cigarrillo que dominaba con la derecha—. Si volvería a mi puesto y tendría a Mamani acorralado… ¡Salud!
—Veo que recuerda bien a pesar de los años. Usted me dirá entonces cómo es que murió Mamani. Porque a mí me tuvieron todo el tiempo vendado en la avioneta antes de enrumbar a Jauja luego de la emboscada. Sólo pude percibir el cuerpo frío, ensangrentado, la cabeza destrozada de Mamani.
—Usted, Oviedo, habrá creído que se suicidó. No fue así; ordené que lo arrojaran al vacío, desde un avión, en una zona rocosa. Y ahí acabó todo. Se divulgó después, desde mi despacho, que Mamani se suicidó golpeándose la cabeza en la pared de la choza en la que lo tuvimos atado de manos antes de subirlo a la avioneta. Eso es todo —exclamó el militar desbordando nuevamente su copa.
—No creímos eso —interpuso Oviedo—. En la prisión, los camaradas, siempre supimos que Mamani no pudo haber hecho algo así.
—Quizá tengas razón, pero había que salvar el momento, la situación era convulsa y la prensa metiéndose en lo que no le importa…
—Usted cumplió con su trabajo y nosotros con el nuestro. La victoria, sin embargo, no fue suya ni nuestra; creo que es algo que nuestros ojos ya no verán —sentenció.
—En todo caso le agradezco por haber venido esta noche. Es grato tener al «segundo cabecilla» nuevamente frente a mí, créame, es realmente satisfactorio. Sin exagerar le digo que desde entonces he vivido por una sola razón: arreglar algo que quedó pendiente con usted en el pasado.
—A eso he venido —precisó Oviedo consultando su reloj, entrecerrando la vista como era su costumbre, algo serio, pensativo—. Son las diez y media. Usted dirá…
—Tengo una habitación alquilada donde suelo reunirme con algunos amigos. La ocupo cuando deseo. ¿Le parece?
—Bueno.
Abandonaron media botella y sobrios aún salieron del bar enfrentándose a la noche, a la garúa que había empezado a caer en toda la ciudad. Las luces de la calle hacían ver las avenidas más desiertas, la niebla emergía de las comisuras borrando por momentos la imagen de los hombres que luego de algunas cuadras abordaron un taxi que los llevaría a San Carlos. Luego de unos minutos se hallaban frente a la eventual habitación de Patiño; sin prisa, entraron en el cuarto.
—Tome asiento —invitó el Teniente mientras aseguraba con llave la única puerta—. Disculpe el desorden, no vengo muy a menudo por aquí —señaló.
—Descuide.
—No crea que he planeado todo esto. Dejé que pasen estos treinta y cinco años sin preparar ningún artificio —dijo el Teniente y colocó una pequeña mesa de vidrio en el centro de la habitación, entre Oviedo y él.
La noche fluía tranquila, húmeda. Sólo el sonido de sus voces graves desbarataba el silencio. Tratando inútilmente de disimular su impaciencia el teniente Patiño abrió el cajón de un viejo estante y sacó un revólver. «Es mi nena», dijo soplando el polvo del cañón. En seguida, se acomodó en su asiento, puso el arma sobre la mesa y exclamó viendo a los ojos de su oponente:
—La ruleta rusa. Se me ocurrió cuando iba a la plaza.
—Si así lo prefiere usted, yo no tengo ningún inconveniente —asintió Oviedo, quitándose los guantes.
—Entonces cañón manda —sentenció el Teniente y colocó la bala en el tambor del arma—. Gírela usted, Oviedo, es el invitado. Tome. Hoy es el día…
Oviedo recibió el arma y despacioso hizo girar el tambor para que la bala se perdiese.
—Ya está —dijo Oviedo—, ahora sortéela usted. Tómese su tiempo, nadie espera ya a dos viejos que han perdido todo, incluso su destino.
Y el Teniente tomó el arma, la colocó en la mesa, sus dedos firmes impulsaron el artefacto haciéndola girar. El arma giró pesada envenenando el ambiente, reluciendo el armazón, la empuñadura y se detuvo despacio apuntando al Teniente.
—No le tiene mucha estima su arma —sonrió Oviedo incorporándose atentamente.
—Así parece, pero mi nena sólo quiere darme un susto —murmuró el Teniente y tomó su revólver llevándose lentamente el cañón hacia su sien—. Usted, Oviedo, tuvo la oportunidad de matarme cuando me tomó de rehén en la primera emboscada. Pero mataste a quince de mis oficiales.
—Sólo nos defendíamos, Teniente. Ustedes iniciaron el fuego.
—Bueno, bueno, como sea, mataron, incluso, a nuestro médico. Y en lugar de matarme de una buena vez, ¡me torturaste! Aún ahora me parece sentir las patadas, las macanas, los puñetazos. ¡Y no lo hiciste, no acabaste conmigo! ¡Dejaste libre al animal herido! Querías darme una lección —dijo Patiño presionándose el cañón en la sien, acariciando el disparador—. No tuviste el valor suficiente para hacerlo, ¿no es así? ¿Por qué no me mataste, Oviedo?
Un sordo sonido de gatillo llenó la habitación, sin que la bala abandonara el revólver.
— ¿Por qué no me mataste entonces?—insistió el Teniente alcanzando el arma a su rival.
—Nosotros sólo nos defendimos y a pesar de ello tuvimos bajas —dijo Oviedo cogiendo el arma, acomodándose en su butaca.
— ¡Pero mataron a mis hombres! —interpuso el Teniente golpeando la mesa con el puño sacudiendo las arrugas de su rostro robusto.
— ¡Tú mataste a los míos! Nosotros sólo nos defendimos teniendo en cuenta que en aquella emboscada éramos inferiores en número, en armas y estábamos hambrientos —rebatió el guerrillero encañonándose sin apartar la mirada hacia su competidor.
— ¡Aprieta ya, Oviedo! ¿O tienes miedo? ¡Haz lo que debí haber hecho hace mucho tiempo!
Oviedo apretó sin más vacilaciones el arma abandonándose al destino sin que se produjese algún ruido de bala.
—Ahora usted, Teniente, es su turno —afrentó Oviedo dejando aflorar leves gotas de sudor.
El teniente Patiño cogió el arma adelantándose ligero hacia el rostro de Oviedo, y en un movimiento repentino sus expeditivos dedos se apresuraron en presionar el gatillo en tanto que mascullaba iracundo: « ¡Nos debemos la muerte, Oviedo!». Las gotas de su rostro inmóvil brillaban con la débil luz de la lámpara de la habitación surcando ligeramente sus ojos cerrados, sus pómulos, su boca que temblaba rechinando los dientes... En unos segundos retomó su asiento, abrió los ojos e ileso entregó el revólver al guerrillero quien mostraba una tranquilidad pétrea en su rostro.
— ¡Cójala, Oviedo! ¡Cumpla con su destino!
El ex guerrillero recibió el arma y, depositando la mirada en su enemigo, en silencio apretó el gatillo; sintió un sonido breve en el cráneo al que hizo seguir una sonrisa de soberbia, de triunfo. La noche se desarrollaba fría, la garúa se hacía más copiosa. En la penumbra del cuarto la luz tenue de la lámpara desdibujaba dos rostros de piedra, sin movimiento.
—Cójala, Teniente. No haga esperar a su invitado. Su nena, por lo visto, está disgustada con usted —musitó satisfecho Oviedo cediendo lentamente el arma a su dueño.
El teniente Patiño tomó el arma. La llevó agitado a su sien sin pronunciar palabra alguna. « ¡Así se es más hombre!», pensó esta vez sin cerrar los ojos, sonriendo levemente, colmado de un temor y una satisfacción que durante de treinta y cinco años, once meses y seis días había atizado en su espíritu, y lo menos que debía hacer era ver a su rival frente a él y convencerse de que alguien había triunfado, que había un vencedor después de todo, porque así eran las leyes de la guerra, aunque fuese el enemigo quien victorioso lo estuviese viendo a punto de caer muerto. Cerró los ojos, finalmente, resignado pero satisfecho, mientras su rival consultaba su reloj entrecerrando los ojos como era su costumbre, y cuando sus dedos espantados se disponían a presionar el gatillo oyó una risotada que mató el silencio de la noche.
—Son las doce y tres, Teniente. Deje el arma. El tiempo se ha acabado. Usted debió morir ayer.

Hugo Velazco.

Huancavelica, 2008

14 enero 2013

Ángel de Ocongate

Edgardo Rivera Martinez

Quién soy sino apagada sombra en el atrio de una capilla en ruinas, en medio de una puna inmensa. Por instantes silba el viento, pero después todo regresa a la quietud. Hora incierta, gris, al pie de ese agrietado imafronte. En ella resulta más ansioso y febril mi soliloquio. Y aún más extraña mi figura —ave, ave negra, que inmóvil habla y reflexiona. Esclavina de paño y seda sobre los hombros, tan gastada y, sin embargo, espléndida. Sombrero de raído plumaje y jubón, camisa de lienzo y blondas. Exornado tahalí. Todo en harapos y tan absurdo. ¿Cómo no habían de asombrarse los que por primera vez me veían? ¿Cómo no iban a pensar en un danzante extraviado en la meseta? Decían, en la lengua de sus ayllus: «¿Quién será? ¿De qué baile será esa ropa? ¿Dónde habrá danzado?». Y los que se topaban conmigo me preguntaban: «¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu pueblo?». Y como yo callaba y notaban el raro fulgor de mis pupilas, y mi abstraimiento, mi melancolía, acabaron por considerar que había perdido el juicio a la vez que la memoria, quizás por el frenesí mismo de la danza en que había participado. Y comentaban: «Pobre, no recuerda ya a su padre ni a su madre, ni la tierra donde vino al mundo. Y nadie, tal vez, lo busca...». Las ancianas se santiguaban al verme. Y las muchachas se lamentaban: «Joven y hermoso es, y tan triste...». Y así, por obra de esa supuesta insania, y de mi apariencia y mi gravedad, aumentó la sensación de extrañeza que mi presencia provocaba. Una sensación tan intensa que por fuerza excluía toda posibilidad de burla. Hubo incluso pastores que, movidos por un respeto mágico, ponían a mi alcance bolsitas de coca en calidad de ofrenda. Y como nadie me escuchó hablar nunca, ni siquiera un monosílabo, se concluyó que también había perdido el uso de la palabra. Pensamiento comprensible, pues solo a mí mismo me dirijo, en un discurso que no se traduce en el más leve movimiento de los labios. Solo a mí, en una fluencia silenciosa, pues una tenaz resistencia interna me impide toda forma de comunicación con los demás y, con mayor razón, todo diálogo. Y así es mejor, sin duda. Sea como fuere, esa imagen de forastero enajenado y mudo, que se difundió con rapidez, redundó en beneficio de mi libertad, porque no ha habido gobernadores ni varayocs que me detuvieran por deambular como lo hago. Compartían más bien esa mezcla de sorpresa, temor y compasión que experimentaban frente a mí sus paisanos. En unos y otros pesaban, además, creencias ancestrales, por cuya causa mi «locura» adquiría un rango casi sobrenatural. ¡Mi demencia! No me ha incomodado, en ningún momento, el rumor que al respecto se expandió, pero de cuando en cuando me asaltaba la duda. ¿Y si era verdad aquello? ¿Si realmente fui alguna vez un danzante y lo olvidé todo? ¿Si tuve en otro tiempo un nombre, una casa, una familia? Inquieto, me acercaba a las fuentes y me contemplaba. Tan cetrino mi rostro y velado siempre por un halo fúnebre. Idéntico siempre a sí mismo, en su adustez, en su hermetismo. Me observaba y se afirmaba en mí la seguridad de que jamás había desvariado, y de que jamás tampoco fui bailante. Certeza intuitiva, solamente, pero no por ello menos vigorosa. Pero entonces, si nunca se extravió mi espíritu, ¿cómo entender la taciturna corriente que me absorbe y me aísla? ¿Cómo explicar este atavío y la obstinación con que a él me aferro? ¿Por qué mi desazón a la vista del lago? No, no podía responder a estas preguntas, y era en vano asimismo buscar una justificación para unas manos tan blancas y un hablar que no es de misti ni de campesino. Y más inútil aún tratar de contestar a la interrogación fundamental: ¿quién soy, entonces? Era como si en un punto indeterminable del pasado hubiese surgido yo de la nada, vestido ya como estoy, y balbuceando, angustiándome. Errante ya y ajeno a juventud, amor, familia. Encerrado en mí mismo y sin acordarme de un principio ni avizorar una meta. Iba, pues, por los caminos y los páramos, sin dormir ni un momento ni hacer alto por más de un día. Absorto siempre en mi callado monólogo, aunque me acercase a ayudar a un anciano bajo la lluvia, a una mujer con sus pequeños, a un pongo moribundo en una pampa desolada. Concurría a los pueblos en fiesta, y escuchaba con temerosa esperanza la música de las quenas y los sicuris, y miraba una tras de otra las cuadrillas, sobre todo las que venían de muy lejos, y en especial las de Copacabana, de Oruro, de Zepita, de Combapata. Me conmovían sus interpretaciones, mas no reconocí jamás una melodía ni hallé una vestimenta que se asemejara a la mía.
Transcurrieron así los años y todo habría continuado de esa manera si el azar —¿el azar, en verdad?— no me hubiera llevado, al cabo de ese andar sin rumbo, al tambo de Raurac. No había nadie sino un hombre viejo que descansaba y me miró con atención. Me habló de pronto y dijo en un quechua que me pareció muy antiguo: «Eres el bailante sin memoria. Eres él, y hace mucho tiempo que caminas. Anda a la capilla de la Santa Cruz, en la pampa de Ocongate. ¡Anda y mira!». Tomé nota de su consejo y de su insistencia, y a la mañana siguiente, muy temprano, me puse en marcha. Y así, después de tres jornadas, llegué a este santuario abandonado, del que apenas si quedan la fachada y los pilares. Subí al atrio y a poco mis ojos se posaron en el friso, bajo esos arcos adosados. Y allí, en la losa quebrada otrora por un rayo, hay cuatro figuras en relieve. Cuatro figuras de danzantes. Visten esclavina, jubón, sombrero de plumas, tahalí. Imágenes no de santos sino de ángeles, como los que aparecen en los cuadros de Pomata y del Cuzco. Son cuatro, mas el último fue donde golpeó la centella, y solo quedan su silueta e impresas unas líneas de las alas y el plumaje. Cuatro ángeles, sobre una floración de hojas, frutos y arabescos de piedra. ¿Qué baile es el que danzan? ¿Qué música la que siguen? ¿Es el suyo un acto de celebración y de alegría? Los contemplo en el silencio glacial y terrible de este sitio, y me detengo en el contorno vacío del ausente. Cierro luego los ojos. Sí, solo una sombra soy, una apagada sombra. Y ave, ave negra sin memoria, que no sabrá nunca la razón de su caída. En silencio, siempre, y sin término la soledad, el crepúsculo, el exilio...
(1982)

25 diciembre 2012

Qué solo un solo nombre...

 
Tu partida cuando me vaya más allá de los dos. Tránsito desclavado cuyas sombras pasean por cada senda solemne. Desplázanse los cuerpos que lamen las junturas. Qué solo un solo nombre. Para este cuerpo una jamás mañana que se allegaron los dos. Que van hasta por sus relieves del camino. Aperfila en luz escueto aire gozoso.
 
Retina hora que me absorto al preguntar a fondo, húmedo sosegado, él, el otro. A él ascienden silencios callados que distan por tus distancias. Que ha llegado a imaginarte esta vez que escapo por tu costado.
 
Camino, reloj paciente que apenas figura del semblante y aún de lo que estuvo aquí en mí, reciente. La mañana de ser entre pasar y volver que hasta nos afuera más a uno de nosotros. A la mañana sin que adentre para el frente, ha de tocarte donde la mitad nos anuda la conciencia; donde nos juzga lacerada lejanía interior. Donde allí ha sido mi primera inicial. Apenas quedamos de ignoto. Tornamos de aquí a darle vuelta hasta tu puro mañana. Ahora tus sustantivos apacibles ungimientos.
 
Todo allí más justo recuerdo que recién iba, paralelo momento dulzurado. Sombra ablucionada, aquí venida aún ahora de su manera casi más amada. Entraña en cuyo círculo me marchase sustantivo venidero, yéndome en flancos. Valor que mana, esperada facial acariciada.
 
No has saboreado las aguas cuando las vamos a querer todavía para que pasen llameantes naturalezas. Entero nacimiento. Abierto siquiera el cuerpo al punto interino. Atisbado cuando se ha sido bueno hasta la lágrima que se untase. Aunque se amanezca por la conciencia, por las horas oracionadas. Y se asome litúrgica armonía voluntada un día al entrar en buena tierra sollozada. Y se dejaría en el roce palpitante, amarillo enfrente de todo menos la mañana de ahora; creadora lágrima de tu distancia.
 
Sin embargo, este aquel que nos empuja a persistir a la hora que debió no ser contra nosotros este yo, aquel tú, este tú, aquel yo; con mi propia vuelta en que únense piadosos roces inmóviles, conocido perfil.
 
Palabras innatas. Exclamaciones engendradas que cantaron nuestros labios sus duetos cantares, llamando de cerca al cuerpo que estuvo prendido alumbrando aquella hora de nuestra disyunción piadosa.
 
Llamado que en fin, que quizá aún; que todo vaya para mi aquel esperado. Inseparable cuando me acuerdo de las libres entradas dimensionales. Que bajan para su altura voces puras por donde heme corporal amado, innombrable este.
 
Imagen que te ausentas. Inevitable ahora; vendrías a suscitarme el espejo. A colocarlo aunque sea de perfil para que pueda estar finito a gusto mi aquel este.
 
Interior que te deslluvias, caídas de gracia al pie de las estáticas bienamadas lejanías. Cuando heme vuelto al placer que se rompe si nosotros somos los dos, así, y nos interioramos para que se aparte la inflexión que nos atañe alguna naturaleza muchedumbre. Hasta habernos juzgado las vocales que extrañasen nuestros labios después. El nacimiento de ellas que nos allora el descuerpo; el retorno; el recuerdo.
 
Nombre por donde el género atraviesa sigilos inmutables; cavilaciones próximas.
 
Por mí mismo se te hubiera caído el dolor al vacío. El dolor que nos viene aún hasta cuando dormimos; aún hasta cuando nos sobra un poco la vida. El dolor que tenems hasta de otro. Por eso, es posible que tengamos semejanza hasta en las eximencias, hasta en la lejanía; idéntica medida de voces; semejante desfondo de silencios.
 
Apacible cuerpo que nos descuerpa, que nos individualiza al volver el uno del otro. Dos prójimos a la altura de cada órgano; al tamaño de cada instante; a la criatura de cada cuerpo; a la palabra de cada cuerpo. Espacio en el momento, cuerpo en el momento. Distancia en horas.
Asunto además de la lágrima, de su enorme acepto, de su caso palpante. La parte en pie cuando el gesto nos desierta al mirarnos a gusto de una pausa hasta el sosiego.
 
Dos humanos con nombre en letras de silencio. Puede nuestro movimiento quedarse en esta mañana. Nuestra distancia andar por las horas. Nuestro cuerpo abstractarse. Nuestro silencio repitiendo canciones. Nuestra vida encontrarse pasionada...

17 noviembre 2012

La honra


        Había amanecido nortiando; la Juanita limpia; lagua helada; el viento llevaba zopes y olores. Atravesó el llano.
        La nagua se le amelcochaba y se le hacía calzones. El pelo le hacía alacranes negros en la cara. La Juana iba bien contenta, chapudita y apagándole los ojos al viento. Los árboles venían corriendo. En medio del llano la cogió un tumbo de norte. La Juanita llenó el frasco de su alegría y lo tapó con un grito; luego salió corriendo y enredándose en su risa. La chucha iba ladrando a su lado, queriendo alcanzar las hojas secas que pajareaban.
        El ojo diagua estaba en el fondo de una barranca, sombreado por quequeishques y palmitos. Más abajo, entre grupos de güiscoyoles y de ishcacanales, dormían charcos azules como cáscaras de cielo, largas y oloríferas. Las sombras se habían desbarrancado encima de los paredones y en la corriente pacha, quebradita y silenciosa, rodaban piedrecitas de cal.
        La Juanita se sentó a descansar: estaba agitada; los pechos -bien ceñidos por el traje- se le querían ir y ella los sofrenaba con suspiros imperiosos. El ojo diagua se le quedaba viendo sin parpadear, mientras la chucha lengüeaba golosamente el manantial, con las cuatro patas ensambladas en la arena virgen. Río abajo, se bañaban unas ramas. Cerca unos peñascales verdosos sudaban el día.
        La Juanita sacó un espejo, del tamaño de un colón y empezó a espiarse con cuidado. Se arregló las mechas, se limpió con el delantal la frente sudada y como se quería cuando a solas, se dejó un beso en la boca, mirando con recelo alrededor, por miedo a que la bieran ispiado. Haciendo al escote comulgar con el espejo, se bajó de la piedra y comenzó a pepenar chirolitas de tempisque para el cinquito.
        La chucha se puso a ladrar. En el recodo de la barranca apareció un hombre montado a caballo. Venía por la luz, al paso, haciendo chingastes el vidrio del agua. Cuando la Juana lo conoció, sintió que el cora­zón se la había ahorcado. Ya no tuvo tiempo de esca­parse y, sin saber por qué, lo esperó agarrada de una hoja. El de a caballo, joven y guapo, apuró y pronto es­tuvo a su lado, radiante de oportunidad. No hizo caso del ladrido y empezó a chuliar a la Juana con un galope incontenible como el viento que soplaba. Hubo defensa claudicante, con noes temblones y jaloncitos flacos; después ayes, y después... El ojo diagua no parpadeaba. Con un brazo en los ojos, la Juana se quedó en la sombra.
        Tacho, el hermano de la Juanita, tenía nueve años. Era un cipote aprietado y con una cabeza de huizayote. Un día vido que su tata estaba furioso. La Juana le bía dicho quíen sabe qué, y el tata le bía metido una penquiad'el diablo.
        -¡Babosa! -había oído que le decía-. ¡Habís perdido lonra, que era lúnico que tráibas al mundo! ¡Si biera sabido quibas ir a dejar lonra al ojo diagua, no te ejo ir aquel diya; gran babosa!...
        Tacho lloró, porque quería a la Juana como si hubiera sido su nana; e ingenuamente, de escondiditas, se jue al ojo diagua y se puso a buscar cachazudamente lonra e la Juana. El no sabía ni poco ni mucho cómo sería lonra que bía perdido su hermana, pero a juzgar por la cólera del tata, bía de ser una cosa muy fácil de hallar. Tacho se maginaba lonra, una cosa lisa, redondita, quizás brillosa, quizás como moneda o como cruz. Pelaba los ojos por el arenal, río abajo, río arriba, y no miraba más que piedras y monte, monte y piedras, y lonra no aparecía. La bía buscado entre lagua, en los matorrales, en los hoyos de los palos y hasta le bía dado güelta a la arena cerca del ojo, y ¡nada!
        -Lonra e la Juana, dende que tata la penquiado -se decía-, ha de ser grande.
        Por fin, al pie de un chaparro, entre hojas de sombra y hojas de sol, vido brillar un objeto extraño. Tacho sintió que la alegría le iba subiendo por el cuerpo, en espumarajos cosquilleantes.
        -¡Yastuvo! -gritó.
        Levantó el objeto brilloso y se quedó asombrado. -¡Achís! -se dijo-. No sabía yo que lonra juera así...
        Corrió con toda la fuerza de su alegría. Cuando llegó al rancho, el tata estaba pensativo, sentado en la piladera. En la arruga de las cejas se le bía metido una estaca de noche.
        -¡Tata! -grito el cipote jadeante-: ¡El ido al ojo diagua y el incontrado lonra e la Juana; ya no le pegue, tome!...
        Y puso en la mano del tata asombrado, un fino puñal con mango de concha.
        El indio cogió el puñal, despachó a Tacho con un gesto y se quedó mirando la hoja puntuda, con cara de vengador.
        -Pues es cierto... -murmuró. Cerraba la noche.
Salarrué.

13 octubre 2012

Salomon y Azrael

Un hombre vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y los labios descoloridos.
Salomón le preguntó:
-¿Por qué estás en ese estado?
Y el hombre le respondió:
-Azrael, el ángel de la muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a la India para poner a salvo mi cuerpo y mi alma!
Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre. Y, al día siguiente, el profeta preguntó a Azrael:
-¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado tanto miedo que ha abandonado su patria.
Azrael respondió:
-Ha interpretado mal mi mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en la India, y me dije: ¿Cómo podría, a menos que tuviese alas, trasladarse a la India?


Al-Din Rumi, Yalal
Persia.

El espejo chino


Un campesino chino se fue a la ciudad para vender la cosecha de arroz y su mujer le pidió que no se olvidase de traerle un peine.
Después de vender su arroz en la ciudad, el campesino se reunió con unos compañeros, y bebieron y lo celebraron largamente. Después, un poco confuso, en el momento de regresar, se acordó de que su mujer le había pedido algo, pero ¿qué era? No lo podía recordar. Entonces compró en una tienda para mujeres lo primero que le llamó la atención: un espejo. Y regresó al pueblo.
Entregó el regalo a su mujer y se marchó a trabajar sus campos. La mujer se miró en el espejo y comenzó a llorar desconsoladamente. La madre le preguntó la razón de aquellas lágrimas.
La mujer le dio el espejo y le dijo:
-Mi marido ha traído a otra mujer, joven y hermosa.
La madre cogió el espejo, lo miró y le dijo a su hija:
-No tienes de qué preocuparte, es una vieja.

Anónimo.

29 septiembre 2012

La cuesta de las comadres


Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito antes de morirse. Ahora eso de que no los quisieran en Zapotlán no tenía ninguna importancia, porque tampoco a mí me querían allí, y tengo entendido que a nadie de los que vivíamos en la Cuesta de las Comadres nos pudieron ver con buenos ojos los de Zapotlán. Esto era desde viejos tiempos.
         Por otra parte, en la Cuesta de las Comadres, los Torricos no la llevaban bien con todo mundo. Seguido había desavenencias. Y si no es mucho decir, ellos eran allí los dueños de la tierra y de las casas que estaban encima de la tierra, con todo y que, cuando el reparto, la mayor parte de la Cuesta de las Comadres nos había tocado por igual a los sesenta que allí vivíamos, y a ellos, a los Torricos, nada más un pedazo de monte, con una mezcalera nada más, pero donde estaban desperdigadas casi todas las casas. A pesar de eso, la Cuesta de las Comadres era de los Torricos. El coamil que yo trabajaba era también de ellos: de Odilón y Remigio Torrico, y la docena y media de lomas verdes que se veían allá abajo eran juntamente de ellos. No había por qué averiguar nada. Todo mundo sabía que así era.
         Sin embargo, de aquellos días a esta parte, la Cuesta de las Comadres se había ido deshabitando. De tiempo en tiempo, alguien se iba; atravesaba el guardaganado donde está el palo alto, y desaparecía entre los encinos y no volvía a aparecer ya nunca. Se iban, eso era todo.
         Y yo también hubiera ido de buena gana a asomarme a ver qué había tan atrás del monte que no dejaba volver a nadie; pero me gustaba el terrenito de la Cuesta, y además era buen amigo de los Torricos.
         El coamil donde yo sembraba todos los años un tantito de maíz para tener elotes, y otro tantito de frijol, quedaba por el lado de arriba, allí donde la ladera baja hasta esa barranca que le dicen Cabeza del Toro.
         El lugar no era feo; pero la tierra se hacía pegajosa desde que comenzaba a llover, y luego había un desparramadero de piedras duras y filosas como troncones que parecían crecer con el tiempo. Sin embargo,
el maíz se pegaba bien y los elotes que allí se daban eran muy dulces. Los Torricos, que para todo lo que se comían necesitaban la sal de tequesquite, para mis elotes no, nunca buscaron ni hablaron de echarle tequesquite a mis elotes, que eran de los que se daban en Cabeza del Toro.
         Y con todo y eso, y con todo y que las lomas verdes de allá abajo eran mejores, la gente se fue acabando. No se iban para el lado de Zapotlán, sino por este otro rumbo, por donde llega a cada rato ese
viento lleno del olor de los encinos y del ruido del monte. Se iban callados la boca, sin decir nada ni pelearse con nadie. Es seguro que les sobraban ganas de pelearse con los Torricos para desquitarse de
todo el mal que les habían hecho; pero no tuvieron ánimos.
         Seguro eso pasó.
         La cosa es que todavía después de que murieron los Torricos nadie volvió más por aquí. Yo estuve esperando. Pero nadie regresó. Primero les cuidé sus casas; remendé los techos y les puse ramas a los agujeros de sus paredes; pero viendo que tardaban en regresar, las dejé por la paz. Los únicos que no dejaron nunca de venir fueron los aguaceros de mediados de año, y esos ventarrones que soplan en
febrero y que le vuelan a uno la cobija a cada rato. De vez en cuando, también, venían los cuervos; volando muy bajito y graznando fuerte como si creyeran estar en algún lugar deshabitado.
         Así siguieron las cosas todavía después de que se murieron los Torricos.
         Antes, desde aquí, sentado donde ahora estoy, se veía claramente Zapotlán. En cualquier hora del día y de la noche podía verse la manchita blanca de Zapotlán allá lejos. Pero ahora las jarillas han crecido muy tupido y, por más que el aire las mueve de un lado para otro, no dejan ver nada de nada.
         Me acuerdo de antes, cuando los Torricos venían a sentarse aquí también y se estaban acuclillados horas y horas hasta el oscurecer, mirando para allá sin cansarse, como si el lugar este les sacudiera sus pensamientos o el mitote de ir a pasearse a Zapotlán. Sólo después supe que no pensaban en eso. Únicamente se ponían a ver el camino: aquel ancho callejón arenoso que se podía seguir con la mirada desde el comienzo hasta que se perdía entre los del cerro de la Media Luna.
         Yo nunca conocí a nadie que tuviera un alcance de vista como el de Remigio Torrico. Era tuerto. Pero el ojo negro y medio cerrado que le quedaba parecía acercar tanto las cosas , que casi las traía junto a sus manos. Y de allí a saber que bultos se movían por el camino no había ninguna diferencia. Así, cuando su ojo se sentía a gusto teniendo en quien recargar la mirada, los dos se levantaban de su divisadero y desaparecían de la Cuesta de las Comadres por algún tiempo
         Eran los días en que todo se ponía de otro modo aquí entre nosotros. La gente sacaba de las cuevas del monte sus animalitos y los traía a amarrar en sus corrales. Entonces se sabía que había borregos y guajolotes. Y era fácil ver cuántos montones de maíz y de calabazas amarillas amanecían asoleándose en los patios. El viento que atravesaba los cerros era más frío que otras veces; pero, no se sabía por que, todos allí decían que hacía muy buen tiempo. Y uno oía en la madrugada que cantaban los gallos como en cualquier lugar tranquilo, y aquello parecía como si siempre hubiera habido paz en la Cuesta de las Comadres.
         Luego volvían los Torricos. Avisaban que venían desde antes que llegaran, porque sus perros salían a la carrera y no paraban de ladrar hasta encontrarlos. Y nada más por los ladridos todos calculaban la distancia y el rumbo por donde irían a llegar. Entonces la gente se apuraba a esconder otra vez sus cosas. Siempre fue así el miedo que traían los difuntos Torricos cada vez que regresaban a la Cuesta de las Comadres.
         Pero yo nunca llegué a tenerles miedo. Era buen amigo de los dos y a veces hubiera querido ser un poco menos viejo para meterme en los trabajos en que ellos andaban. Sin embargo, ya no servía yo para mucho. Me di cuenta aquella noche en que les ayudé a robar a un arriero. Entonces me di cuenta de que me faltaba algo. Como que la vida que yo tenía estaba ya muy desperdiciada y no aguantaba más estirones. De eso me di cuenta.
         Fue como a mediados de las aguas cuando los Torricos me convidaron para que les ayudara a traer unos tercios de azúcar. Yo iba un poco asustado. Primero, porque estaba cayendo una tormenta de esas en que el agua parece escarbarle a uno por debajo de los pies. Después, porque no sabía adónde iba. De cualquier modo, allí vi yo la señal de que no estaba hecho ya para andar en andanzas.
         Los Torricos me dijeron que no estaba lejos el lugar adonde íbamos. “En cosa de un cuarto de hora estamos allá”, me dijeron. Pero cuando alcanzamos el camino de la Media Luna comenzó a oscurecer y cuando llegamos a donde estaba el arriero era ya alta la noche.
         El arriero no se paró a ver quién venía. Seguramente estaba esperando a los Torricos y por eso no le llamó la atención vernos llegar. Eso pensé. Pero todo el rato que trajinamos de aquí para allá con los tercios de azúcar, el arriero se estuvo quieto, agazapado entre el zacatal. Entonces le dije eso a los Torricos. Les dije:
         —Ese que está allí tirado parece estar muerto o algo por el estilo.
         —No, nada más ha de estar dormido —me dijeron ellos—. Lo dejamos aquí cuidando, pero se ha de haber cansado de esperar y se durmió.
         Yo fui y le di una patada en las costillas para que despertara; pero el hombre siguió igual de tirante.
         —Está bien muerto —les volví a decir.
         —No, no te creas, nomás está tantito atarantado porque Odilón le dio con un leño en la cabeza, pero después se levantará. Ya verás que en cuanto salga el sol y sienta el calorcito, se levantará muy aprisa y se irá en seguida para su casa. ¡Agárrate ese tercio de allí y vámonos! —fue todo lo que me dijeron.
         Ya por último le di una última patada al muertito y sonó igual que si se la hubiera dado a un tronco seco. Luego me eché la carga al hombro y me vine por delante. Los Torricos me venían siguiendo.
         Los oí que cantaban durante largo rato, hasta que amaneció. Cuando amaneció dejé de oírlos. Ese aire que sopla tantito antes de la madrugada se llevó los gritos de su canción y ya no pude saber si me seguían, hasta que oí pasar por todos lados los ladridos encarrerados de sus perros.
         De ese modo fue como supe qué cosas iban a espiar todas las tardes los Torricos, sentados junto a mi casa de la Cuesta de las Comadres.
         A Remigio Torrico yo lo maté.
         Ya para entonces quedaba poca gente entre los ranchos. Primero se habían ido de uno en uno, pero los últimos casi se fueron en manada. Ganaron y se fueron, aprovechando la llegada de las heladas. En años pasados llegaron las heladas y acabaron con las siembras en una sola noche. Y este año también. Por eso se fueron. Creyeron seguramente que el año siguiente sería lo mismo y parece que ya no se sintieron con ganas de seguir soportando las calamidades del tiempo todos los años y la calamidad de los Torricos todo el tiempo.
         Así que, cuando yo maté a Remigio Torrico, ya estaban bien vacías de gente la Cuesta de las Comadres y las lomas de los alrededores.
         Esto sucedió como en octubre. Me acuerdo que había una luna muy grande y muy llena de luz, porque yo me senté afuerita de mi casa a remendar un costal todo agujerado, aprovechando la buena luz de la luna, cuando llegó el Torrico.
         Ha de haber andado borracho. Se me puso enfrente y se bamboleaba de un lado para otro, tapándome y destapándome la luz que yo necesitaba de la luna.
         —Ir ladereando no es bueno —me dijo después de mucho rato—. A mí me gustan las cosas derechas, y si a ti no te gustan, ahí te lo haiga, porque yo he venido aquí a enderezarlas.
         Yo seguí remendando mi costal. Tenía puestos todos mis ojos en coserle los agujeros, y la aguja de arria trabajaba muy bien cuando la alumbraba la luz de la luna. Seguro por eso creyó que yo no me preocupaba de lo que decía:
         —A ti te estoy hablando —me gritó, ahora sí ya corajudo—. Bien sabes a lo que he venido.
         Me espanté un poco cuando se me acercó y me gritó aquello casi a boca de jarro". Sin embargo, traté de verle la cara para saber de qué tamaño era su coraje y me le quedé mirando, como preguntándole a qué había venido.
         Eso sirvió. Ya más calmado se soltó diciendo que a la gente como yo había que agarrarla desprevenida.
         —Se me seca la boca al estarte hablando después de lo que hiciste —me dijo—; pero era tan amigo mío mi hermano como tú y sólo por eso vine a verte, a ver cómo sacas en claro lo de la muerte de Odilón.
         Yo lo oía ya muy bien. Dejé a un lado el costal y me quedé oyéndolo sin hacer otra cosa.
         Supe cómo me echaba a mí la culpa de haber matado a su hermano. Pero no había sido yo. Me acordaba quién había sido, y yo se lo hubiera dicho, aunque parecía que él no me dejaría lugar para platicarle cómo estaban las cosas.
         —Odilón y yo llegamos a pelearnos muchas veces —siguió diciéndome—. Era algo duro de entendeder y le gustaba encararse con todos, pero no pasaba de allí. Con unos cuantos golpes se calmaba. Y eso es lo que quiero saber: si te dijo algo, o te quiso quitar algo o qué fue lo que pasó. Pudo ser que te haya querido golpear y tú le madrugaste. Algo de eso ha de haber sucedido.
         Yo sacudí la cabeza para decirle que no, que yo no tenía nada que ver...
         —Oye —me atajó el Torrico—, Odilón llevaba ese día catorce pesos en la bolsa de la camisa. Cuando lo levanté, lo esculqué y no encontré esos catorce pesos. Luego ayer supe que te habías comprado una frazada.
         Y eso era cierto. Yo me había comprado una frazada. Vi que se venían muy aprisa los fríos y el gabán que yo tenía estaba ya todito hecho garras, por eso fui a Zapotlán a conseguir una frazada. Pero para eso había vendido el par de chivos que tenía, y no fue con los catorce pesos de Odilón con lo que la compré. Él podía ver que si el costal se había llenado de agujeros se debió a que tuve que llevarme al chivito chiquito allí metido, porque todavía no podía caminar como yo quería.
         —Sábete de una vez por todas que pienso pagarme lo que le hicieron a Odilón, sea quien sea el que lo mató. Y yo sé quién fue —oí que me decía casi encima de mi cabeza.
         —De modo que fui yo? —le pregunté.
         —¿Y quién más? Odilón y yo éramos sinvergüenzas y lo que tú quieras, y no digo que no llegamos a matar a nadie; pero nunca lo hicimos por tan poco. Eso sí te lo digo a ti.
         La luna grande de octubre pegaba de lleno sobre el corral y mandaba hasta la pared de mi casa la sombra larga de Remigio. Lo vi que se movía en dirección de un tejocote y que agarraba el guango que yo siempre tenía recargado allí. Luego vi que regresaba con el guango en la mano.
         Pero al quitarse él de enfrente, la luz de la luna hizo brillar la aguja de arria, que yo había clavado en el costal. Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé.
         Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido y con el susto asomándosele por
el ojo.
         Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo.
         Entonces vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.
         Ya debía haber estado muerto cuando le dije:
         —Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón estaba agonizando. Y sabes por qué? Comenzando porque Odilón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos saber qué fue a hacer él a meterse con ellos.
         «Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi sarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. El lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.
         »Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada.»
         Eso le dije al difunto Remigio.
         Ya la luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta de las Comadres con la canasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara la sangre. Yo la iba a necesitar muy seguido y no me hubiera gustado ver la sangre de Remigio a cada rato.
         Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban quemando cohetes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes.
         De eso me acuerdo.

Juan Rulfo.